Cuando el próximo 11 de junio el estadio de Gran Canaria acoja la misa multitudinaria presidida por el papa León XIV, miles de canarios y fieles españoles se congregarán ilusionados.
Sin embargo, uno de los momentos centrales de la liturgia –la Oración de los Fieles– incluirá una plegaria recitada en wolof, la lengua principal de Senegal, mientras que el español compartirá protagonismo con el inglés y el francés
El wolof no es una lengua de la Iglesia en España. No es cooficial en este país. No la entiende casi nadie de los más de cuarenta y seis mil inscritos que llenarán el estadio. Y —este es el punto que conviene no eludir— tampoco la rezan, en su mayoría, aquellos a quienes se supone que honra: el wolof es la lengua de Senegal, un país musulmán en más del noventa por ciento, de modo que el inmigrante ilegal wolófono medio de la ruta atlántica ni es católico ni está en esa misa.
Una petición que ni los presentes comprenden ni los aludidos profesan no está dirigida a unos ni a otros. Está dirigida hacia fuera. A la cámara. Al titular. A la lectura que de todo esto se hará mañana.
Este gesto, lejos de ser un mero detalle multicultural, resulta profundamente simbólico y cuestionable en un territorio español donde el idioma oficial y vehicular es el castellano.
El Vaticano ha decidido priorizar la lengua de origen de muchos de los inmigrantes irregulares que llegan a las costas canarias por encima de la de los anfitriones.
Nadie discute la caridad cristiana ni la necesidad de acompañar espiritualmente a las personas migrantes. La Iglesia siempre ha sido universal. Pero hay una diferencia abismal entre incluir a los presentes y convertir la misa principal en un ejercicio de señalamiento ideológico.
Gran Canaria no es un país neutral ni un campamento de acogida abstracto. Es parte de España, un Estado con una lengua común que une a canarios, peninsulares y a cientos de millones de hispanohablantes.
¿Era realmente necesario desplazar el español a un segundo plano en un acto de esta magnitud? ¿No habría bastado con una traducción o con reservar el wolof para una celebración específica con las comunidades africanas católicas?
El mensaje que se transmite es claro: en Canarias, tierra de España, la sensibilidad hacia el inmigrante ilegal que paga a las mafias para que le introduzcan irregularmente en España, pesa más que el respeto a la identidad y a la mayoría de los fieles locales.
Mientras los canarios ven cómo sus recursos se tensionan por la presión migratoria, el Vaticano parece más preocupado por dar visibilidad lingüística al origen de los cayucos que por reforzar el sentido de pertenencia de quienes sostienen la sociedad de acogida.
La Iglesia católica es universal en su doctrina, pero esa universalidad no puede significar la dilución sistemática de las identidades nacionales europeas. En Barcelona alternarán catalán y español; en Gran Canaria, wolof.
Uno se pregunta dónde queda el castellano, esa lengua que evangelizó América y que sigue siendo el gran vehículo de la fe católica en decenas de millones de fieles.
Este tipo de gestos no fortalecen la integración. Alimentan la fragmentación y transmiten a los inmigrantes el mensaje equivocado: que no es necesario aprender el idioma del país que les acoge porque incluso las más altas autoridades religiosas validan el mantenimiento de sus lenguas de origen en actos oficiales españoles. Es multiculturalismo de escaparate, (ideología fracasada en Europa), a costa de la cortesía elemental con los anfitriones españoles.
Los obispos españoles y las autoridades locales que han facilitado este evento deberían haber exigido mayor sensibilidad. Una misa del Papa en suelo español merece que el español ocupe un lugar principal, no que se convierta en uno más entre varios idiomas.
La caridad no está reñida con el sentido común ni con el orgullo sano de la propia cultura. El estadio de Gran Canaria será testigo de un acontecimiento histórico. Lamentablemente, también de una oportunidad perdida para reafirmar que la fe católica en España se vive, se reza y se celebra, ante todo, en español.

