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El chef José Andrés: de postureo en postureo

El pasado fin de semana, el chef asturiano José Andrés volvió a darnos una clase magistral de postureo humanitario de alto standing. En el programa de Jimmy Kimmel apareció luciendo la camiseta de la selección ucraniana de fútbol como si fuera un hincha de toda la vida. Cuando Kimmel le preguntó por la prenda, Andrés soltó el discurso que ya conocemos de memoria: “Mi equipo querido es el español, por supuesto… pero hoy Ucrania es mi equipo. No llegaron al Mundial, pero hoy están jugando el partido más grande: por la libertad y la democracia”.

Hasta ahí, uno podría pensar que se trata de un gesto simpático y solidario. Pero el chef no se quedó ahí. Siguió con el pecho hinchado y soltó la perla definitiva: “Y os voy a decir una cosa más: ningún civil debería ser bombardeado. Ni en Ucrania, ni en Gaza, ni en Líbano, ni en Israel. ¡No a la guerra! Por eso hoy son mi equipo”.

Ahí está el José Andrés de siempre. El que en un minuto pasa de apoyar a Ucrania a meter en el mismo saco a Gaza, Líbano e Israel con la misma moralina barata de “no war, guys”. Como si todos los conflictos fueran idénticos, como si no importara quién empezó. Es el relativismo moral en formato jersey azul y amarillo.

Este es el mismo hombre que dirige World Central Kitchen, su ONG estrella con la que lleva años recorriendo el mundo dando de comer a damnificados de huracanes, guerras y catástrofes. Una labor que, sobre el papel, es loable. El problema es que José Andrés ha convertido esa labor en un negocio de imagen personal de primer nivel. Aparece en platós de televisión, publica libros, gana premios, cobra conferencias y se codea con la élite globalista mientras vende la narrativa de que él es el cocinero que salva el mundo.

Pero la realidad es más incómoda. Precisamente en Gaza, donde dice que “ningún civil debería ser bombardeado”, murieron siete de sus trabajadores de World Central Kitchen en un ataque israelí (un incidente lamentable y muy discutido). Sin embargo, Andrés nunca ha sido especialmente duro ni concreto sobre este asunto. Prefiere la frase grandilocuente y vacía que queda bien en un late night americano.

Eso es lo que hace tan ridículo a José Andrés: su activismo es selectivo y cómodo. Apoya a Ucrania (correcto), pero inmediatamente diluye el mensaje para que no moleste a las sensibilidades progres de Hollywood y de la costa este. Habla de “democracia” mientras Ucrania lleva años sin elecciones. Predica “no a la guerra” desde un plató de Los Ángeles, después de haber construido un imperio mediático y filantrópico que le permite vivir muy bien dando lecciones de moral.

Es el clásico globalista de manual: el que cree que todos los problemas del mundo se solucionan con una buena paella, un discurso emotivo y una foto para Instagram. El que nunca asume que hay agresores y agredidos, que hay civilizaciones incompatibles o que la paz no llega solo con buenas intenciones y un jersey de fútbol.

José Andrés lleva años vendiéndonos la moto. La moto de que un chef famoso con ONG es automáticamente un santo laico. La moto de que su visión pacifista y equidistante es profunda y valiente, cuando en realidad es superficial y cobarde. La moto de que está por encima de los bandos, cuando en el fondo solo está por encima de las consecuencias.

Mientras tanto, el ridículo continúa. Y cada vez que sale en televisión con su cara de bondad universal y su discurso prefabricado, solo consigue recordarnos que el postureo humanitario también es un gran negocio. Un negocio que a él le va de maravilla.

Slava Ukraini, dice. Pero sobre todo: Slava al marketing personal.

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