En cualquier democracia medianamente madura, los escándalos de corrupción que salpican al poder ejecutivo provocan movilizaciones masivas en la calle, dimisiones en cascada y un verdadero debate público. En España, sin embargo, la televisión —ese viejo electrodoméstico que sigue marcando la agenda de millones— ha perfeccionado un mecanismo más sutil y eficaz: entretener al rebaño para que no salga del redil.
La mayoría de los grandes canales y tertulias siguen alineados con el relato oficial. Cuando eso se vuelve demasiado evidente y la indignación empieza a crecer, aparecen los programas “valientes”, los espacios que supuestamente dan voz a la crítica. Horizonte en Cuatro, el programa de Antonio Naranjo en Telemadrid y otros formatos similares cumplen esa función a la perfección: mantienen enganchada a una audiencia frustrada, la hacen sentir que “alguien dice las cosas claras” y, sobre todo, canalizan la rabia hacia el sofá en lugar de hacia la calle.
Es la estrategia clásica del controlado disidente. Mientras en Reino Unido la presión ciudadana contribuyó a la caída de Starmer o en Serbia las manifestaciones derribaron al primer ministro, aquí el descontento se consume en prime time con palomitas. El ganado lanar se siente representado y, lo más importante, permanece domesticado.
La cara B de los “disidentes”
Mucha gente ve Horizonte y cree estar ante auténtica disidencia. Pero conviene recordar quién está detrás. Hasta marzo de 2026, la presidente de Mediaset España —grupo al que pertenece Cuatro— fue Cristina Garmendia, exministra de Ciencia e Innovación con José Luis Rodríguez Zapatero. Una socialista de pura cepa al frente del consejo de una de las principales cadenas privadas. Eso no convierte automáticamente a todo el grupo en un apéndice del PSOE, pero sí obliga a cuestionar la narrativa de “televisión libre e independiente”.
En las tertulias del programa aparecen voces que supuestamente representan el contrapunto. Juan Soto Ivars, por ejemplo, se vende ahora como analista incisivo. Sin embargo, hace poco criticaba al juez Peinado en X, dejándose llevar por la ola de indignación progresista, por un párrafo del auto del juez relacionado con los escoltas de Begoña Gómez, sin haberse leído completo el documento. El párrafo en cuestión respondía a una pregunta de la propia defensa. Ese tipo de precipitación selectiva revela más de lo que oculta: el plumero progre sigue bien visible.
Otro tertuliano habitual del universo Horizonte, Jorge Calabrés, trabaja en El Español de Pedro J. Ramírez. Ese mismo medio cedió espacio para que Begoña Gómez hablara de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 y, según reconoció el propio Calabrés en algún momento, su medio había sido cliente de la empresa de las hijas de Zapatero. Independencia, la justa.
A mi modo de ver, y basándome en lo que he visto en redes, el único que parece ir más por libre es el psiquiatra habitual, José Cabrera, que cuando se excede un poco en sus críticas ya tiene al presentador encima recordándole que no conviene meterse en líos. El mensaje es claro: hasta aquí llegamos, no vaya a ser…
Subvenciones y dependencia estructural
No es solo cuestión de personas. Cadenas como Telemadrid (pública madrileña) o Cuatro (dentro de Mediaset) viven, en mayor o menor medida, de dinero público. Subvenciones autonómicas, ayudas estatales por el dividendo digital… El poder siempre tiene palancas económicas para marcar límites. Quien paga, manda o, al menos, condiciona.
La consecuencia es una opinión pública anestesiada. La gente cree que está informada porque ve tertulias donde “hay de todo”. Pero el marco del debate está perfectamente acotado: se discute lo accesorio, se personaliza lo sistémico y nunca se llega al meollo de cómo se ejerce realmente el poder en España.
No se trata de conspiraciones de salón con hombres de negro. Es algo más prosaico y eficaz: incentivos alineados, puertas giratorias entre política y medios, y la comodidad del espectador que prefiere el circo televisivo antes que asumir que le están tomando el pelo.
La próxima vez que un escándalo monumental ocupe las portadas y, sin embargo, las calles permanezcan tranquilas, no busquen solo en Moncloa. Miren también las parrillas de televisión. Ahí está una de las explicaciones: mientras el rebaño se sienta a ver cómo “debaten” o quién mete el mejor «zasca!, el pastor sigue haciendo lo que quiere. Desconecten un rato. Lean, contrasten, salgan. La borregada solo se libera cuando deja de pastar donde le dicen.
(Por Lourdes Martino)

