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Así es como se engañó con la supuesta efectividad de los «bozales» en EEUU

Durante la farsemia, las mascarillas se convirtieron en uno de los símbolos más visibles y controvertidos de las medidas de salud pública. Aunque inicialmente los CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE.UU.) no las recomendaban de forma general para la población sana, cambiaron de postura en abril de 2020 y las impulsaron con fuerza. Un análisis reciente revela que este cambio se apoyó en gran medida en estudios de baja calidad publicados en su propio boletín Morbidity and Mortality Weekly Report (MMWR).

Un estudio revelador sobre la calidad de la evidencia

Tres investigadores, entre ellos Vinay Prasad y Tracy Beth Hoeg, analizaron 77 estudios relacionados con mascarillas publicados en el MMWR entre 1978 y 2023. Los resultados son llamativos:

  • Todos los estudios analizados se publicaron después de 2019. No existía ninguna evidencia previa en el MMWR que respaldara el uso de mascarillas contra virus respiratorios.
  • El 97,4% de los estudios provenían de Estados Unidos.
  • Ninguno (0/77) era un ensayo aleatorizado controlado (el estándar de oro en investigación científica).
  • El diseño más común fue observacional sin grupo de comparación (28,6% de los casos), lo que limita enormemente su validez.
  • Solo el 30% de los estudios intentaba realmente evaluar la efectividad de las mascarillas.
  • Apenas el 14,3% mostró resultados estadísticamente significativos.
  • Sin embargo, el 75,3% (58 de 77) afirmó que las mascarillas eran efectivas.

Además, más de la mitad de los estudios utilizaron lenguaje causal (sugiriendo que las mascarillas causaban una menor transmisión), a pesar de la ausencia de evidencia sólida para sostener esa conclusión.

Cómo se usó esta información para justificar políticas

Los CDC citaron estos trabajos de baja calidad para respaldar recomendaciones y mandatos. Un ejemplo emblemático es el estudio de dos estilistas de Missouri que usaban mascarillas, el cual se utilizó para promover el uso generalizado. En julio de 2020, la entonces directora de los CDC, Rochelle Walensky, afirmó que las mascarillas podían reducir el riesgo de infección en más del 80%, basándose en una encuesta telefónica observacional.

Este tipo de publicaciones influyó directamente en políticas a nivel estatal y local, incluyendo el uso obligatorio de mascarillas en escuelas para niños desde los 2 años y en el transporte público.

El contexto científico más amplio

Los autores del análisis destacan que la evidencia de mayor calidad —como revisiones sistemáticas de ensayos aleatorizados (por ejemplo, Cochrane)— ha sido consistentemente negativa o inconclusa respecto al impacto de las mascarillas de tela o quirúrgicas en la transmisión comunitaria de virus respiratorios. El MMWR, sin embargo, presentó predominantemente conclusiones positivas basadas en datos débiles.

Esto genera preguntas serias sobre la fiabilidad de una publicación clave para informar políticas de salud pública. Como señalan los investigadores: “El nivel de evidencia generado fue bajo y las conclusiones extraídas frecuentemente no estaban respaldadas por los datos”.

Consecuencias a largo plazo

El uso de evidencia débil para promover una medida tan visible como las mascarillas contribuyó a erosionar la confianza pública en las instituciones sanitarias. Años después, todavía hay personas que continúan usándolas de forma habitual, influenciadas por el mensaje repetido durante la farsemia.

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