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La casa de los horrores de Oviedo: el fruto envenenado de la histeria covidicia alimentada por políticos y medios

¿Recuerdan aquel caso de unos padres que tenían encerrados a sus hijos en la ‘casa de los horrores de Oviedo’ durante años desde el 2021?

Los políticos y los medios de comunicación hicieron muchísimo daño, hasta llegar a trastornos como el de esta pareja de alemanes. Lo que fueron capaces de hacer con sus propios hijos por miedo al «cuentagio» es el triste epílogo de una histeria colectiva alimentada desde el poder.

Este lunes hemos tenido conocimiento de que La Audiencia Provincial de Asturias ha condenado a los padres —un matrimonio alemán— a dos años y cuatro meses de prisión por un delito de violencia psíquica habitual en el ámbito familiar, más seis meses por abandono de familia. En total, casi tres años de cárcel, inhabilitación para ejercer la patria potestad durante más de tres años, prohibición de acercarse a los menores y una indemnización de 30.000 euros por hijo.

Los tres niños, de edades comprendidas entre los ocho y diez años aproximadamente, vivían aislados en un chalé de Fitoria (Oviedo) desde hace cuatro años. Con escasísimo contacto con el exterior, sin escolarizar y en condiciones deplorables: basura acumulada, suciedad, excrementos de animales.. Dormían en cunas pese a su edad, usaban pañales y llevaban mascarillas incluso dentro de casa. Cuando fueron encontrados, reaccionaban aterrorizados ante el mundo exterior.

Los padres alegaron que actuaban por “miedo insuperable al contagio”. Desarrollaron una conducta obsesiva que los llevó a proteger a sus hijos de esa manera extrema. La justicia los ha condenado, y es comprensible que se castigue el abandono y el daño psicológico infligido a los menores. Pero este caso no surge de la nada precisamente, sino que es el fruto envenenado de años de terror mediático y político.

Durante el encierro ilegal e inconstitucional decretado por el gobierno y los años posteriores, gran parte de los medios convirtieron el bicho invisible en una amenaza apocalíptica constante. Mensajes de miedo 24/7, imágenes repetidas de hospitales saturados, niños presentados como posibles vectores mortales, campañas de culpabilización contra quien se atreviera a cuestionar las medidas más drásticas. “Quédate en casa”, “salvar vidas”, “nueva normalidad”. Cualquier discrepancia era tachada de negacionismo o irresponsabilidad.

Ese bombardeo constante generó trastornos de ansiedad, hipocondría y paranoias colectivas. Algunos padres telecreyentes, especialmente vulnerables, interiorizaron el mensaje hasta el extremo patológico. ¿Resultado? Niños convertidos en rehenes de un pánico inducido desde las instituciones. Los mismos que luego se lavan las manos y señalan con el dedo a estos “monstruos”.

Mientras tanto, se ignoraban o minimizaban los daños reales de ese encierro masivo: aumento de problemas mentales en niños y adolescentes, retrasos educativos, obesidad, aislamiento social, casos de violencia doméstica silenciados. Los verdaderos expertos que advertían de estos efectos colaterales eran marginados, censurados e incluso ridiculizados. La ciencia se invocaba solo cuando convenía al relato oficial.

Este caso de Oviedo es especialmente trágico porque los padres no actuaron por maldad sádica, sino por un miedo desproporcionado y enfermizo. Un miedo que les vendieron como responsabilidad cívica. Ahora pagan con cárcel y separación de sus hijos, mientras los verdaderos arquitectos de la psicosis colectiva —políticos, asesores, tertulianos y directores de medios— siguen sin rendir cuentas.

Los niños merecen protección, educación y contacto con el mundo. Pero es hipócrita condenar solo a estos padres sin mirar el contexto cultural y político que hizo posible tal desvarío. ¿Cuántos otros casos menos más o menos extremos, menos visibles, se produjeron en hogares de todo el país por el mismo motivo? ¿Cuántos niños sufrieron ansiedad, depresión o retrasos por el miedo parental amplificado?

La lección es clara: cuando el Estado y los medios siembran pánico de forma irresponsable, destruyen la salud mental de la población, especialmente de los más frágiles. Luego, el sistema judicial actúa sobre las consecuencias individuales, pero rara vez cuestiona las causas colectivas.

Este veredicto cierra un caso concreto, pero no borra la responsabilidad mayor. El gobierno que impuso confinamientos prolongados, las televisiones que emitieron miedo en bucle y los “expertos” que ocultaron los daños colaterales tienen también las manos sucias. Los niños de Oviedo son víctimas, sí. Pero también lo fueron de una sociedad que perdió la razón durante demasiado tiempo.

Y lo peor, según estamos viendo, es que los mismos políticos y medios que sembraron el pánico durante la era covidicia siguen actuando de la misma forma macabra con el hantacirco: titulares alarmistas, cobertura 24/7 y un relato apocalíptico que ya empieza a generar miedo colectivo. No han aprendido nada. O quizá sí: han aprendido que el terror vende, controla y distrae.

(Por Lourdes Martino)

 

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