miércoles, abril 22, 2026
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La hinchada trumpista contraataca

Por Alfonso de la Vega

Una de las cosas más curiosas entre los forofos más contumaces de Trump es que no son capaces de asumir el fiasco que el belicoso “ungido” ha supuesto para los que antes pensábamos, reconozco mi propio error de apreciación, que hubiera podido contribuir a mejorar la inquietante situación mundial en lugar de agravarla hasta límites extremos. Por desgracia, Trump ha resultado un fraude absoluto, un narcisista maligno con ribetes de peligrosísima locura blasfema mesiánica. Otro títere del famoso centro de formación y selección de élites judaizantes de la isla de las Lolitas. Sin embargo, como el tópico “tonto de la linde” estas gentes en vez de asumir los hechos por lamentables y desesperanzadores que resulten se comportan igual que los más fanáticos seguidores del socialismo, parafraseando algunos de sus disparates: No quieren enterarse de sus fechorías o las disculpan porque así al menos no gobierna la izquierda.

Pero no se trata de eso sino de la vigencia de los valores cristianos o al menos tradicionales de naturaleza ética y moral: la vida y la dignidad, los derechos y la libertad, el sentido de la justicia, el patriotismo, el civismo o el servicio a la patria, la responsabilidad sobre el propio destino y el compromiso de adopción personal de elevados ideales morales, la defensa de la familia o de la prioridad de lo espiritual sobre lo material… Izquierda, derecha, términos equívocos y mucho más ahora, cuando lo importante o prioritario es salvaguardar la dignidad humana, nuestra condición de hombres libres, de almas vivientes, que no de robots al servicio de intereses materialistas. Un mensaje que siempre ha sido defendido por el Catolicismo como civilización a lo largo de la Historia y que ahora se encuentra gravemente amenazado por la pax judaica que se quiere imponer a sangre, fuego y misiles. Una concepción del hombre incompatible con la supremacista, fanática, violenta, atea, del sionismo. Bien es verdad que el Catolicismo a veces nos puede parecer una “carga” personal demasiado exigente o pesada de cumplir, así lo muestra la leyenda de san Cristóbal.

Sin embargo, por mucho que la premeditada deformación cognitiva actual intente ocultarlos, cegando tal fuente de luz, cada uno de nosotros lleva en su interior una conciencia de amor que nos corresponde preservar y cultivar. Debiéramos tener la vocación de mantener en nosotros y compartir con el resto del mundo esa cualidad, esta capacidad de amar y de vivir juntos. Y si no, al menos en coexistencia pacífica. Como católicos, siguiendo los mejores valores de nuestra civilización cuya misión histórica en el plano político social es preservar y mantener lo mejor y lo más noble del ser humano, defender la soberanía de las naciones y los pueblos, contribuir a velar por la paz y la prosperidad espiritual y material de la humanidad. No por casualidad fue el catolicismo inspirado por la reina Isabel la Católica de nuestra Escuela de Salamanca el pionero en definir y establecer el derecho de gentes con la protección del débil, los rudimentos del derecho internacional o la legitimidad del tiranicidio. Don Quijote nuestro héroe arquetípico nacional por antonomasia también encarna esos mismos ideales de servicio a la humanidad y de poner las armas al servicio de la Dama, el mundo espiritual.

Una pena tener hoy que lamentarnos de tales pérdidas entre los escombros de nuestra civilización. Pero en cambio, traicionando la tradición, estamos asistiendo a intentos  de blanquear monstruosidades contra el derecho de gentes. Se intenta justificar el más cobarde infanticidio o la devastación criminal de comunidades enteras. Según acaba de confesar el propio Trump los impuestos están para hacer sus guerras no para el beneficio del contribuyente. Toda una declaración de intenciones por si antes había dudas, 

Incluso en el colmo de este desquiciado mundo al revés, algunos católicos defienden sin sonrojo los ataques del emperador nada menos que al Papa al que tildan de izquierdista por atreverse a criticar sus acciones: “débil ante el crimen” y “terrible para la política exterior”. Algo que desde luego mejor pudiera decirse al revés. Trump se atribuyó la elección del Papa al haber pagado ciertos gastos cuando el último cónclave. Unas declaraciones papales que incluso cabría considerarlas demasiado comedidas para la gravedad y magnitud de hechos tales como la agresión bélica a Irán, un nuevo infame Pearl Harbour a traición, nocturnidad y alevosía, en plenas negociaciones diplomáticas, vulnerando cualquier indicio de oportunidad, proporcionalidad o derecho de gentes. León XIV al inicio de su viaje a África, declaró a los periodistas: “no le temo al gobierno de Trump”. Tampoco “hablar en voz alta del mensaje del Evangelio, que es para lo que creo que estoy aquí”. En todo caso, la amenaza al Papa es inadmisible en el que se supone sea el más poderoso líder político occidental. 

La moraleja política para todo patriota de cualquier nación es que Trump se ha mostrado a ojos de todo el mundo como un fantoche perdulario, un paria moral chantajeado al servicio del sionismo. Un personaje tóxico del que como se acaba de comprobar en Hungría más vale alejarse todo lo posible. Sin embargo, parece que aquí hay un intento conjunto de blanquear la figura del belicoso presidente, obviando no ya que nos lleva a la ruina sino incluso lo que debiera ser tan importante para algunos, sus planteamientos blasfemos o sus amenazas. Para España y para Europa la moraleja debiera ser que precisamos con urgencia un renacimiento libre de sionistas de uno u otro disfraz que como idea de progreso paradójicamente recupere la antigua tradición europea de Cristianismo e Ilustración. Una postura sinceramente anti WOKE es incompatible en lo espiritual, lo moral y en lo político con el genocidio de Gaza o las agresiones a Irán o el Líbano. Paradojas de la situación: la actual crisis conlleva cambios en la valoración geoestratégica del Mediterráneo que tanto España como Italia debieran considerar.

En este periodo de cambio necesitamos más que nunca las referencias que dan las mejores tradiciones religiosas y la Cultura. La civilización actual ha acabado amenazando con la extinción, al menos moral y espiritual, de la humanidad y del propio ser humano, al borrar o subvertir los valores tradicionales antes citados en los que se basaba su existencia y su devenir histórico.

Se quiera admitir o no, la cultura y la civilización contemporáneas parecen estar inmersas en un proceso programado de degradación del ser humano. Esta deriva beneficia a las élites actuales, ya que desarma todas las formas de resistencia al orden socioeconómico impuesto por la plutocracia, cada vez más injusto y nefasto para la humanidad. Sin embargo, la defensa de la Patria y el patriotismo son condiciones necesarias para esta misión civilizatoria. Otra cosa es la democracia, un instrumento jurídico político que no fin en sí misma, convertida hoy en la antítesis de la meritocracia como se puede comprobar en las lamentables cortes de Trump, de la Von Leyen o de don Felipe. Las élites genuinas producto del mérito están ausentes o «canceladas».  La deseducación en humanidades y la propaganda occidental WOKE han embrutecido tanto a su propia gente que, para ser elegido, ahora hay que amoldarse a su condición. El de la democracia es un proceso transitorio según explicaban Platón o Aristóteles y confirmado por la historia. Sabemos que las repúblicas griegas fueron sustituidas por despotismos; la república romana por el imperio; la francesa por Napoleón, la de Weimar por Hitler, o la americana por una plutocracia sionista y sus títeres como el propio Trump cuya figura se quiere blanquear esperemos que sin éxito.

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