Cazador de cazadores es un revolucionario libro de David de Arribas sobre el mundo desconocido de los animales salvajes y lo que algunas personas se creen que pueden hacer. Diego creció entre paisajes salvajes y aprendió desde niño a amar a los animales como iguales. Años después, convertido en soldado, descubrirá que el mayor enemigo no está en otros países ni en otras guerras, sino en el propio ser humano y su capacidad para destruir todo lo que le rodea. Junto a Murdok, un compañero tan leal como implacable, iniciará una cruzada personal contra quienes maltratan, trafican y exterminan animales sin ningún tipo de escrúpulo.
Lo que comienza como una reacción emocional ante injusticias concretas evoluciona rápidamente hacia una lucha organizada y peligrosa. Influido también por Alma, una activista comprometida con la causa, Diego se adentra en un mundo donde el activismo, la moral y la violencia chocan constantemente. Mientras algunos defienden cambiar las cosas sin hacer daño, él y Murdok empiezan a creer que hay personas que han cruzado una línea sin retorno y que ellos también lo pueden hacer.
A lo largo de la historia, el grupo se enfrenta a redes ilegales, laboratorios clandestinos, cazadores furtivos y responsables de auténticas masacres contra la fauna. Sus acciones les llevan a recorrer distintos países, participar en operaciones encubiertas y desafiar tanto a criminales como a las propias autoridades. Con el tiempo, su lucha deja de ser individual y pasa a formar parte de un entramado mayor, un comando internacional dispuesto a actuar allí donde la ley no llega.
Pero cuanto más avanzan, más difusa se vuelve la frontera entre justicia y venganza. Diego comienza a cuestionarse hasta dónde es correcto llegar, mientras Murdok representa el extremo animalista más radical: una visión en la que eliminar al culpable es la única solución. Esa tensión interna convierte cada misión en algo más que una operación: es una decisión moral.
Cazador de cazadores es una novela de acción con un fuerte trasfondo ético que plantea una pregunta incómoda: si el ser humano es el mayor depredador del planeta, ¿quién debe detenerlo? Y, sobre todo, ¿qué precio hay que pagar por hacerlo?


