Por Alfonso de la Vega
No se puede disimular la calamitosa posición en la que está quedando Trump por sus vicios y mala cabeza, que está arrastrando consigo al otrora más grandioso imperio que vieron los siglos. Se acerca el plazo para llevar la legalidad de la guerra al Legislativo de manera que los descontentadizos pero avisados de siempre esperaban un oportuno atentado de falsa bandera para remontar las penosas encuestas o intentar legitimar futuras agresiones bélicas. Presumiblemente, creían, de fabricación sionista, pero lo de ayer se encontraría entre lo ridículo y lo grotesco, demasiado burdo para la letalidad profesional de los sospechosos habituales.
Llena de bufones velazqueños la corte imperial trumpiana ofrece espectáculo: cuando no es el recitado del miserere diabólico made in Paula White o las circenses y pintorescas cadenas de unión energética animal en el despacho oval, son las insólitas declaraciones de la actual primera dama y ex señorita de compañía personal del conocido filántropo judío Epstein. O las purgas en el Ejército de los militares que por profesionalidad o patriotismo osan llevar la contraria, o entre antiguos colaboradores desencantados y arrepentidos de haber promocionado al déspota.
Creo que fue la portovoza u otra señorita oficialmente empoderada quien en entrevista previa al guateque sarao ya anunció que iba a haber sorpresas y disparos. Sin embargo, el espectáculo resultó deslucido porque la acción principal no se desarrolló en el escenario a la vista del público sino entre bambalinas. Un notable defecto de la puesta en escena debido a que por mucho Hollywood de que se presuma se desconocen sorprendentes efectos teatrales como los de Tamayo y Baus en Un Drama nuevo.

En esta obra se mete el teatro dentro del teatro por así decirlo, durante la representación se desarrolla otra de la vida real. Cuenta la historia de una compañía teatral en la que un actor cómico maduro está casado con una mujer más joven, enamorada de un actor joven protegido por su marido; hay otro personaje de por medio: un actor dramático ya consagrado que se siente menospreciado y relegado en la compañía. El cómico se empeña en representar un papel dramático, como desafío personal, en una obra nueva que están preparando. Su personaje es un marido engañado por su joven esposa, amante de su ahijado y acosada por un amigo despechado y vengativo. Los papeles se reparten como sucede en la vida real y al avanzar la obra la ficción y la realidad se superponen y coinciden plenamente cuando la compañía representa el drama nuevo que han estado preparando y se precipita una cascada de acontecimientos. La escena culminante se ha entendido como fusión de vida y teatro, dado que los tres actores se confunden con los tres personajes y se consuma el drama. Al final el público asistente termina confuso pues no sabe bien qué tragedia ha pasado en el escenario, si el guion de la obra de teatro o la vida misma. Algunos conspiranoicos barruntan que puede existir más de una interpretación. Así por ejemplo el castigo a la primera dama lenguaraz o simplemente puro teatro dentro del teatro.
La función, como la muerte, tenía un precio: a 500 dólares el cubierto. Pero la función real «urbi et orbi» no dejaría de ser contemplar a toda esta gente vestida con sus mejores o cursis galas agachadas por los suelos detrás de las mesas sin comprender si aún seguían siendo espectadores o ahora eran actores. O ambas cosas. Gentes del hoy degradado mundillo del periodismo. No es lo mismo jalear el cobarde bombardeo de poblaciones civiles indefensas ajenas que experimentar la violencia y el miedo en carne propia. Toda una lección para una nación venida a menos y que ignora quién en verdad escribe la obra ni hace de director de escena.
Unas aprovechaban para hacerse “selfies” tras retocarse el peinado, otros huían despavoridos dejando atrás a sus parejas que no acertaban a quitase los manolos para correr más descalzas.
Para aliviar el susto parte del respetable se llevó las botellas de vino o licores que no pudo trasegar in situ.
Y Trump aprovechó para insistir, como berrinche de niño caprichoso o mal educado, con la perra de que quiere un salón dentro de la Casa Blanca, para evitar futuros sustos o engañosos simulacros que pudiera cargar el diablo.

