jueves, julio 18, 2024
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Sobre el naufragio de Ulises

Por Alfonso de la Vega

Cada 16 de junio se celebra el aniversario homenaje a una obra emblemática del siglo XX, me refiero al “Bloomsday” del famoso Ulises de James Joyce.  La odisea homérica aquí se reduce a la peripecia de sobrevivir como se pueda en medio de un mar de vulgaridad y sin ninguna fiel Penélope fatalmente abducida por el enemigo hembrista que le espere en la ignota Ítaca.

El Ulises es la obra de Dublín por antonomasia, escrita por un descreído ex alumno de los jesuitas, irlandés errante en busca de un mundo algo menos inhóspito que acaso sólo se hallaba en su pensamiento. Constituyó un escándalo para su época y tuvo muchas dificultades para verse publicada. Pero más allá del tema y de su tratamiento escabroso, la singular novela de Joyce nos invita a tomar conciencia del alcance que tiene para nosotros el lenguaje.

En efecto, no debiéramos dejar pasar otro Bloomsday sin reflexionar sobre el estado de nuestra consciencia y su vehículo, el lenguaje.  Una cuestión de gran actualidad más de un siglo después del vagabundeo de Leopold Bloom sobre las calles de Dublín el 16 de junio de 1904. Una aventura vulgar, odisea de nuestros tiempos sin héroes, pero con muchos enmucetados villanos, que nos muestra mucho, acaso demasiado para resultar grato, sobre el papel que representa el lenguaje en la construcción, desenvolvimiento y permanencia de nuestra propia identidad. En que el pensamiento, como la famosa paloma kantiana en el aire, se sustenta en el lenguaje. Un lenguaje a base de símbolos, como el de máquina de los ordenadores, propio del diccionario para hablar con lo numinoso, con lo divino. El Ulises también supone una especie de contra Pentecostés pagano, vulgar y frívolo.

Dentro del proceso de descodificación del arte y de los grandes mitos realizado o mejor perpetrado durante el pasado siglo el Ulises de Joyce juega un rol capital en el de la Literatura.

Sin embargo, en uno de sus textos inéditos aparecidos en la biblioteca de la Universidad de Padua y publicados allá por el año 1976 en la Revista de Occidente, el propio Joyce teorizaba sobre la influencia del Renacimiento en la aparente atrofia de las facultades espirituales del hombre como la que parece manifestar el Ulises con sus íntimos circunloquios, con esa palabra interior que brota no siempre de la divina cristalina fuente de la que nos hablaba nuestro Juan de Yepes.

Dice Joyce: …”el tan alabado progreso de este siglo consiste en gran parte en una maraña de máquinas cuya finalidad es justamente recoger a prisa y corriendo los elementos dispersos de lo útil y lo conocible y redistribuirlos a todo miembro de la comunidad que esté en condiciones de pagar una tenue tasa. Admito que este sistema social puede presumir de grandes conquistas mecánicas, de grandes y benéficos descubrimientos. Basta, para convencerse de ello, con hacer una sumaria lista de todo lo que se ve en la calle de una gran ciudad moderna…pero en medio de esta civilización compleja y multifacético, la mente humana, casi aterrorizada por la grandeza material, se pierde, reniega de sí misma, se reblandece. ¿O habrá que llegar a la conclusión de que el materialismo actual, que desciende en línea recta del Renacimiento, atrofia las facultades espirituales del hombre, impide su desarrollo, embota su finura?…

… Del hombre moderno se podrá decir, desde luego, que tiene una epidermis en lugar de alma. La potencia sensorial de su organismo se ha desarrollado enormemente, pero se ha desarrollado en detrimento de su facultad espiritual. Carecemos de fuerza moral y quizás también de fuerza imaginativa”.

Una reflexión muy lúcida y especialmente actual cuando la agenda 2030 y los instintos criminales de Davos nos amenazan con el transhumanismo y la Inteligencia Artificial.

¿Qué diría hoy Joyce de las nuevas modernidades tales como internet o el teléfono móvil?  El hombre actual parece que se ha convertido en un periférico o dispositivo informático del sistema. Hoy busca cobertura o un wifii disponible donde engancharse como antes trataba de entender la realidad de las cosas y de su propia identidad, su razón de ser, que no es un mero estar y consumir. De algún modo su consciencia se ha externalizado. Muchas de las funciones tradicionales de nuestra mente, incluida la memoria se están atrofiando o directamente se ignoran al confiarse a dispositivos cuyo rol está derivando de auxiliares a esclavizantes.  La palabra interior que brota en la consciencia de Leopold Bloom está siendo sustituida por la acción de una “app” más o menos eficaz o de moda.

Si a Joyce, en su etapa colegial como educando de los jesuitas, le decían que Dios conoce lo más íntimo de nuestros pensamientos, la cosa parece haber cambiado con las nuevas modernidades. Ahora gracias a los nuevos trastos nos espían gentes e instituciones cuya existencia barruntamos más que conocemos.

Y la propia palabra interior, más o menos elaborada por nuestros conocimientos, se está degradando en una fea jerga de abreviaturas y anglicismos. Un Finnegans Wake cada vez más absurdo, incongruente, antesala del embrutecimiento y la pesadilla de una nueva esclavitud.

En los viejos mitos el héroe daba cuenta de la vida, recreaba la Creación, intentaba dominar la Naturaleza y la Sociedad en función de determinados valores metafísicos o estéticos. Decía nuestro gran Cervantes que la pluma era la lengua del alma. El teclado del móvil parece la del autómata.

Si hoy dejásemos de lado tanto chisme prodigioso quizás podríamos comprender nuestro propio naufragio. Como la fuerza de una tecnología impuesta por intereses comerciales pero ya fuera de nuestro control personal nos está arrojando a una playa solitaria, sin cobertura, donde ni siquiera tenemos ya una amorosa y dulce Nausicaa que nos recoja, atienda y consuele.

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