lunes, julio 22, 2024
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Cuatro años de dictadura y muerte

Han pasado cuatro largos años. La declaración de pandemia por la OMS y la publicación del estado de alarma en el BOE, nos empujó a una suerte de laberinto del que no se puede regresar sin haber dado muerte al minotauro. Esa es la condición. Metáforas aparte, marzo de 2020 es un tiempo clave que marca oficialmente el fin de un ciclo. Podemos llamarlo Apocalipsis, ateniéndonos a nuestra tradición judeocristiana, Kaliyuga, según la nomenclatura oriental, o la Cuarta revolución industrial, cantada por los psicópatas del Foro de Davos, anclada en los diecisiete objetivos de la satánica Agenda 2030, un plan siniestro y oscuro, por mucho que se presente adornado con los luminosos colores del espectro visible.

De la noche a la mañana, la sociedad quedó paralizada por el miedo, sin capacidad de reacción. Solo cabía la obediencia, tal como estaba previsto en el gran plan. Y llegó el confinamiento. Así, los ciudadanos adoptaron la posición fetal y se convirtieron en sumisos corderos, encerrados en casa, aplaudiendo a las siete de la tarde, escuchando los partes de guerra diarios, atiborrándose de telebasura política, integrando y repitiendo como loros la jerga covidiana de positivos, contagiados, ingresados, intubados, muertos, variantes y asintomáticos, lavándose las manos hasta dejarse la piel, adoptando el bozal sin rechistar y eliminando el contacto humano, los abrazos, los besos y las despedidas a los seres queridos mayores que eran sedados en virtud del “triaje de guerra”, una medida inaceptable en una sociedad civilizada; en definitiva, entregando su libertad y aceptando un buen puñado de mentiras de diseño, prefabricadas, manipuladoras, incoherentes, pero muy eficaces, mientras se esperaba la mesiánica vacuna. Sin pérdida de tiempo, los diferentes gobiernos adoptaron la socorrida técnica de la información de doble vínculo –anunciar una norma y la contraria— y la dialéctica hegeliana de “problema-reacción-solución”. Aparecieron entonces los “policías de balcón”, seres amargados que denunciaban a sus vecinos si salían más de la cuenta o si el paseo del perro era demasiado largo. También hubo agentes de la policía que se dedicaron a ir a los descampados a perseguir a ciudadanos indefensos. ¡Una pena manchar el uniforme por tan poco!

Después vendría la psicosis colectiva y síndromes individuales, como el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) –cada vez más complejo—, la androfobia, el síndrome de la cabaña, aparte de las comunes depresiones, la ansiedad crónica y el aumento de suicidios. Decir que todo estaba programado puede parecer un dislate, pero no lo es y así lo venimos advirtiendo desde hace tiempo, basándonos en documentos. Urge madurar mentalmente para superar esta condición psicológica humana que aflora en situaciones de crisis, y que tan bien conocen los expertos en control de masas.

Cuando esto ocurrió, la parte más despierta de la sociedad comprendió que había llegado la hora sin posible retorno. Había que prepararse para lo que se avecinaba. En los últimos años, los “amos del mundo” habían ido dando pistas que dejaban al descubierto su prisa por asestar el golpe final y nos preguntábamos por qué en este momento. Creo que vamos teniendo algunas respuestas, aunque no fácilmente visibles y fáciles de entender si no se dispone de las diferentes incógnitas de la ecuación.

En cualquier caso, nunca fue un problema de virus, bien naturales o de laboratorio, las llamadas quimeras. Es cierto que en los primeros meses de 2020 mantuvimos este discurso, pero afortunadamente enseguida afloró la información de profesionales independientes –sin conflicto de intereses— que nos hizo deslizar el foco hacia otros puntos. El famoso virus “asesino” nunca fue aislado, purificado y secuenciado. Es importante que lo sepan los que aún siguen en la dinámica de los contagios, repitiendo lo que le cuentan los tertulianos a sueldo y los apesebrados divulgadores de las noticias falsas de los telediarios y demás prensa adscrita al plan globalista.

Lo que se esconde tras la cortina del gran teatro covidiano es mucho más complejo. Las teorías víricas son solo estrategias para provocar el miedo a la muerte –la emoción más profunda del ser humano— y, consecuentemente, la obediencia ciega ante cualquier orden o imposición. Esto no quiere decir que no se esté experimentando en laboratorio desde hace décadas; y de ello tenemos un variado catálogo de esperpénticos ejemplos. La práctica del bioterrorismo por parte de los Estados es un secreto a voces, del que todos somos cómplices silentes.

En estos cuatro años se ha avanzado en el camino al despertar, pero no es suficiente, ni tiene la profundidad y consistencia requeridas para el gran cambio. Una pequeña parte de la sociedad ha empezado a vislumbrar que casi nada es lo que parece, pero aún continúa con anteojeras y orejeras. Se podría decir que, como en el sueño, existen varias fases, sustanciadas en grados de conocimiento. Es cierto que muchos ciudadanos se han dado cuenta de que la ONU es una organización corrupta, que la OMS se financia con dinero privado de los magnates y falsos filántropos; que a las farmacéuticas no les interesa nuestra salud, sino sus beneficios; que las vacunas covid no sirven y que, a causa de ellas, está habiendo miles de muertos; que los políticos nos mienten; e incluso muchos quizá sepan ya de la existencia de un poder en la sombra que dirige los designios del mundo a través de los políticos. Saben asimismo –porque es muy evidente— del hundimiento de la economía y de las nuevas leyes restrictivas al estilo de los regímenes comunistas. ¡Y muchos ya no se fían de su médico de cabecera, en el que antes tenían fe ciega! Todo esto está bien como primera lección de conspirología y perspicacia, pero saber esto sirve de muy poco si no se integra y va acompañado de un cambio de actitud ante la vida y un interés por llegar al fondo del asunto; indagar en todos los porqués, sus causas y las causas de las causas –no es un juego de palabras— para comprender lo que está ocurriendo y, después, transmitirlo y ayudar a otros a espabilar y a abandonar la manada. Cuando hablamos de “abandonar” nos referimos, claro está, a una actitud mental de desprendimiento del comportamiento grupal, incluso de aislamiento físico del gregarismo cuando sea posible y necesario.

Esto requiere cierto esfuerzo, dado que la situación del mundo es compleja y poliédrica, con muchas caras, ángulos y aristas; como un gran puzle con las piezas desordenadas sobre la mesa, sin un tutorial para irlas encajando. Por eso es tan difícil visionar el conjunto y encadenar hechos aparentemente inconexos. Para entender esto es importante conocer la intrahistoria de nuestro pasado –más que la historia que nos transmiten los notarios oficiales— sobre guerras, tratados, acuerdos y conquistas; y también el interés de los poderes de cada momento en el diseño de la sociedad y el afán de dominio y control del ser humano para su propio provecho. No me refiero a los políticos que ostentan el mando –ellos son meros títeres obedientes—, sino a “esa cosa” medio abstracta y viscosa que hoy denominamos “élites globalistas”, cuyas caras desconocemos en su mayoría, dirigidos a su vez por sus jefes invisibles de las alturas.

¿Podremos dar muerte al minotauro y salir airosos del laberinto? No será por falta de tesón, esperanza y confianza en la humanidad, aunque muchas veces den ganas de tirar la toalla. En esos momentos siempre recordamos la parábola del grano de mostaza, que crece y crece, y nos imaginamos a las aves del cielo viniendo cantarinas a anidar en sus ramas.

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Magdalena del Amo
Periodista, psicóloga, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.
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4 COMENTARIOS

  1. Estamos en la peor de las dictaduras y las masas que han perdido la cordura no son capaces de ver ya que prefieren creer a los payasos de la tele y a los excrementos de los medios de comunicación terroristas, creen a ese payaso que las élites financieras nos colocaron para someternos y humillarnos, no son capaces de ver las mentiras que nos cuenta cada día. la sociedad española está perdida, quedan muy pocos con quien se pueda razonar.

  2. Cuatro años gobernados por marranos que dicen que hemos vencido, la verdad es que no he entendido a quien hemos vencido, a un bicho invisible inexistente por el cual encerraron a la gente y la arruinaron mientras los cerdos y sus amos se forraron? no no hemos vencido, hemos perdido derechos y libertad por una falsa seguridad, nunca se trató de virus ni de ninguna enfermedad, se trataba de empezar a implantar una dictadura mundial y en España no es casual que nos pusieran de tirano al marrano más inhumano. De momento el pueblo no ha vencido, estamos siendo sometidos a una tiranía y el rebaño aún se sigue creyendo el engaño y van contentos y felices al matarife.

  3. «Hoy no tenemos más remedio que enfrentar la verdad…

    Que nuestros gobiernos mienten

    Que nuestra educación esté adoctrinada

    Que nuestros médicos están mal informados

    que nuestros virus están patentados

    Que nuestras enfermedades son creadas

    Que nuestras medicinas son venenos

    que nuestros medios son propaganda

    que nuestras elecciones son fraudulentas

    Que nuestra agua es venenosa

    Que nuestros bancos son deshonestos

    que nuestros impuestos son ilegales

    que nuestras guerras están planeadas de antemano

    que nuestros países son corporaciones

    que nuestra historia fue encubierta

    que nuestras religiones son hipócritas

    que nuestros hijos fueron sacrificados

    Que nuestra división está siendo alimentada

    Que nuestras opiniones están siendo manipuladas

    Que nuestros cánceres se pueden curar

    que nuestra energía puede ser libre

    Que todo en nuestro mundo exterior no es lo que nos dijeron… y que por eso estamos decididos a encontrar la verdad, lo que hacemos todos los días y seguiremos haciendo hasta que salga a la luz.»

    La verdad nos hará libres.

    Fuente: benjaminfulford.net

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