jueves, abril 18, 2024
InicioOpiniónLa Cosa Nostra

La Cosa Nostra

Es un hecho que la realidad supera con creces a la ficción; aquello que podríamos imaginar no sólo pasa, sino que ocurre de una manera tan virulenta que nos deja asombrados y es esa intensidad precisamente el problema porque entramos en una especie de shock en el que nos resistimos a creer que pueda ser posible. Está fuera de lo cotidiano, de lo que consideramos esperable en cuanto a lo que pensamos que ocurre en la actualidad; es entonces cuando nuestros ojos se cierran a parte de esa realidad que se vuelve invisible, mientras somos conscientes exclusivamente de lo que nos conviene, para no descubrir que estamos en un auténtico e imprevisible infierno.

Es algo parecido a lo que sucede en nuestro país, en un mundo lleno de máscaras, ésas mismas que utilizamos para hacernos reconocibles a los otros como una especie de ritual absurdo que ni tan siquiera somos capaces de entender ni analizar. Muchos de nosotros nos dejamos de llevar por una costumbre que, además de no tener sentido, es peligrosa porque nos nubla la perspectiva del mundo.

El juego social es un juego de roles, valga la redundancia: unos nos salvan y otros son salvados, unos, por conocimiento y experiencia se dedican a resolver los problemas con los que otros no saben qué hacer bajo la suposición de su buena fe, en una especie de compromiso ciego, tan ciego como nuestra incapacidad para ver más allá de la zona de confort.

Os invito a un viaje tenebroso y oscuro, a un mundo lleno de aprendices de demonios que ya sabemos algunos quiénes son para entender cómo actúan y por qué. No se trata de analizar el ruido y la confusión con el que disfrazan sus horrendos rostros y sus intenciones de muerte, los escándalos de corrupción que parecen un auténtico juego de niños en comparación con sus objetivos ni sus discursos vacíos y escritos por mentes inmateriales.

La mafia, las sectas secretas o los grupos de poder operan del mismo modo: tienen sus propias reglas que nadie conoce y que son enseñadas de acuerdo con el nivel de la falta de escrúpulos de sus miembros, de modo que a menor conciencia del daño ajeno más se adoctrina, más se beneficia al que aprende las malas artes como premio por su obediencia y más grados sube en la escala de sabiduría. Se trata de un conocimiento que no está al alcance de los mortales sino a los humanos semidioses, superiores al resto de los humanos y sus reglas del bien y del mal ya que a ellos se les aplica otra muy distinta: la servidumbre al amo y señor de la secta, bajo condena de muerte si cuentan los secretos.

Esa sabiduría, que queda mitificada por la tradición, une a los miembros en tres principios obligatorios: igualdad de todos frente al gran líder por el necesario sacrificio, muchas veces con olor a sangre: legalidad o cumplimiento de las normas y compromisos con el grupo porque su subsistencia depende de una serie de acciones y/o rituales que fortalece una identidad grupal, en la que el ánimo del espíritu grupal se corresponde con lo demoniaco, permanente e intemporal; y, para finalizar, fraternidad, protección de todos porque los miembros forman parte de una hermandad absoluta, una hermandad de control tan férreo que la libertad es inexistente ya que sólo la fe en la secta sirve de alimento al miembro abducido, el cual lo recibe todo de sus hermanos.

El círculo es tan cerrado que nadie puede entrar ni salir y es más importante la aptitud de su ser, consigo mismo, con respecto a un ideal que sostiene los tres principios anteriores. El beneficio es colectivo, de fortalecimiento del líder y de quienes manipulan la secta, aunque sean figuras ocultas o silenciadas y el mero hecho de que ocurra ya supone un bienestar para el miembro sumiso y sacrificado, humilde y carente de autoestima, intuición y sabiduría más elementales. El ser queda limitado y alienado.

El gran beneficio es de tipo personal y el resto viven del primero. Es el clientelismo perfecto que se ve en los partidos políticos, cuyos nombres voy a omitir porque carecen de importancia en este caso. El gran premio es el poder y el control absoluto, el sueño de la libertad sin límites, sin que operen ni el bien, ni el mal, ni la posibilidad, ni la imposibilidad, ni el beneficio ajeno, ni el perjuicio, ni la felicidad ni el dolor. Es, en otras palabras, el placer en su grado sublime, el servicio de muchas personas a una voluntad que ni tan siquiera es la de quien cree tenerla; es la voluntad del amo, del dueño del grupo mafioso que sirve a otro porque su deseo es dejar un espacio en la historia de la humanidad para ser recordado y ser eterno.

No podemos olvidar que en estas sectas el temor a la muerte es tan enorme que se cree que en vida tener, controlar y dominar son obligaciones para dejar una impronta en los otros, aunque el tiempo se encargue de borrarla de manera inevitable. La existencia humana es corta y para lograr esos objetivos hay que correr y mucho, hay que matar a muchas personas, hay que cambiarles las reglas, aunque sea de manera brusca y traumática, hay que destrozar millones de vidas humanas por la necesidad de una sola persona, la cual, ni tan siquiera es la dominante porque, dado el matiz religioso y litúrgicos de estos grupos, se sirve a otra clase de dioses que muchos afirman que no son de la tierra. Morir satisfechos por el daño infringido, fallecer en un alma relativa, sin consistencia, al viejo estilo de Egipto o Mesopotamia, donde sacrificaban a los sirvientes, amantes y esposas de los emperadores y faraones es el sueño final. ¿Han muerto estas antiguas religiones paganas? No, sus principios inspiran a las sectas.

Para mantenerla en regla el líder no puede ser comprensivo, sino autoritario y no perdonar jamás un incumplimiento, pues si lo hace con uno ha de hacerlo con el resto. Ha logrado un poder personal que difícilmente va a permitir que otros le quiten, cortando las cabezas de sus opositores, eliminando de sus listas a quienes ya no lo obedecen, amenazándolos si hablan y tomando todas las medidas posibles contra quienes alguna vez mostraron su carácter propio de demonios en cuerpos humanos; la venganza es un principio cuando el líder odia y lo hace con toda su alma poseída, esperando el momento correcto para actuar y asestar el golpe que acabe con quién osa quitarle la máscara. Buen conocedor de las artes para mostrarse como un dios de pacotilla, da la imagen de grandilocuencia, sabiduría, seguridad, control, dominio y confianza; se cree con tanto poder que cualquier incauto cree que cerca de su sombra va a recibir la protección ante los peligros de cualquier mortal; es el arte del encantamiento, de la magia negra donde lo perverso se disfraza de amor y olor a rosas perfumadas de ángeles celestiales, de las palabras con frases cortas, evidentes, tanto que no es necesario verificar si son ciertas o no. ¿Quién va a sospechar de un ser tan angelical como él? A menos que sea considerado un loco y fuera de la racionalidad, la misma que impera en la masonería, donde se niega todo lo malo, todos los sacrificios humanos y de niños, todo lo que alimenta el maravilloso brillo de su infierno.

Finalmente, al existir un solo interés personal, el de su ego, su ego caprichoso que se ríe cuando lo critican porque la justicia que a él lo juzga no es la misma que la del resto de los mortales (muchos asesinos y criminales, en los gobiernos, ministerios y otras dependencias oficiales nunca son considerados culpables de sus delitos), el poder acaba por convertirlo en una estatua de mármol, fría y dura, que ni siente ni padece, tan bella como para estar en una sala de museo arqueológico en el área de la antigua Grecia o tan grotesca que sólo lo pueden ver los grandes maestros de la secta en el salón de ceremonias, cuando el líder deja ver su cada vez más espantoso aspecto. Mientras tanto hay que alimentar su ego con sufrimiento para el resto de los mortales y crímenes de los indeseados, matándolos como a las ratas poco a poco, sin que las muy estúpidas se den cuenta de que son objeto de un sacrificio demoniaco (las mal llamadas vacunas, sin ir más lejos).

El gobierno español, su presidente y sus borregos ministros son una secta, una mafia en el término más estricto de la palabra, humanos endiosados y vacíos, huecos de conciencia, sin corazón y con sólo una intención: demostrarte su amor, como lo hacen los miembros de la francmasonería, para después envenenarte el café mientras te sirven un delicioso tiramisú, o, simplemente, dejar que te mueras como un perro, eso si no buscan los tres pies al gato como han hecho con la pareja de Ayuso.

Mafia, mafia y más mafia. ¿Será igual el próximo gobierno que lo sustituya, o será peor?

Artículo anterior
Artículo siguiente
Artículo relacionados

1 COMENTARIO

  1. Se ve que la gracia consiste en meterse en una de estas sectas,no debe ser tan fácil,por qué está formada por multimillonarios.

    En los EEUU se habla sobre inmigrantes de Haití,una avalancha …
    Así que la familia Clinton ha comprado la Isla de St.James,para acoger a los niños…adrenocromo a gogo como en los Oscars de Hollywood.

    https://t.me/qanonplus/59883

    Estás sectas tienen muy claro,lo del abuso ritual satánico,chupar sangre incluso canibalismo.Luego se les pone esa cara de frikis…

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Entradas recientes