sábado, mayo 25, 2024
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Sobre mentiras, vanidades, premios y princesas: la frivolidad y el fraude en estado puro

El barco se hunde, pero la orquesta sigue tocando. ¡Hay que mantener al pasaje tranquilo, que no se amotinen ni se amontonen! Las notas suenan en su justo tono para no descorrer la cortina que oculta la catástrofe que está a punto de partir el barco en dos. Es el Titanic, el barco más seguro del mundo, que navega en el mar helado y “ni Dios podría hundirlo”. ¡Atrevido desafío! Dios no se dedica a esos menesteres, pero los conspiradores sí, y los ha habido siempre.

Décadas después, hemos sabido que lo del iceberg fue una patraña, la ejecución de un plan para frenar determinadas acciones en torno a la creación de la Reserva Federal estadounidense y otras cuestiones “de Estado”. Pero eso no importa ahora. En este momento solo interesa el símil para alumbrar el fresco del presente de esta humanidad que dormita y ronronea al son de la música y los malabares de los bufones de la sociedad. ¡Que no piensen, no vaya a ser que se revuelvan! Mientras tanto, quienes dirigen el mundo tras bambalinas se frotan las manos contemplando a sus marionetas manejando a su rebaño crédulo, sumiso, manipulado y estabulado, que ha perdido toda noción sobre su origen y la razón trascendente de su vida.

En los palacios reales que aún perviven en algunas naciones, ya no hay enanos ni seres deformes para el entretenimiento y diversión del Rey y su familia. Hoy, aparte de la pléyade de famosos que nutren el mundillo de la farándula, son los propios reyes quienes a través de imágenes, tabloides y revistas ejercen de bufones, con todo tipo de escándalos y comportamientos muy poco dignos de unos personajes de sangre azul que creen descender directamente de los dioses. Las excentricidades de los reyes orientales –no los Magos— son notorias; de los británicos mejor no hablar; pero los de España no son una excepción, y no me refiero a Juan Carlos I, sino a su hijo y nuera, actual rey y consorte.

Algunos periodistas cortesanos les profesan devoción casi patológica: les han colocado el marchamo de perfectos, dignos de ser amados y continuamente halagados, sin mancha, casi santos. Estos días hemos tenido empacho con la Princesa y su uniforme caqui, su moño y su gorrita roja: lo bien que desfila, lo guapa que es, sus posibles novietes, que si tal que si cual. Tanta baba se hace insoportable, pero es un reflejo del papanatismo agudo que padecemos.

Después le tocó el turno a la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias que, salvo alguna excepción, parecen designados por asesores del inframundo. Eso sí, con un barniz resiliente, sostenible y multicultural que casi consigue disimular su falsedad y matiz adoctrinador para los nuevos tiempos transhumanistas.

Letizia, tan tendente a todo lo que huela a progre, se derritió ante la protagonista de estupendas películas como Los puentes de Madison o Memorias de África, Meryl Streep. Me pregunto si a la actriz le habrían otorgado el galardón de no pertenecer a la desajustada y totalitaria subcultura “woke” o ser pregonera del movimiento “me too”; ya saben, ese conjunto de locas viscerales odiadoras de hombres, que de viejas denuncian haber sido perseguidas por directores rijosos cuando estaban de buen ver. Por cierto, movimiento financiado por la Open Society de George Soros, como tantos otros, y siempre para el mal. Al final, todos los caminos conducen a Roma. (Dicho sea de paso, Plácido Domingo es mucho más merecedor de cualquier premio que ninguna de estas féminas desequilibradas). Pero así se escribe la historia. Y los ciudadanos asienten y callan, porque carecen de pensamiento propio, limitándose a fagocitar la opinión de los vendedores de noticias al servicio del sistema.

También se habló –tema de extrema importancia— de la elegancia de la reina consorte, de su peinado y, cómo no, de sus musculitos y maquillaje de brazos, de lo fibrosa que está y de sus retoques.

Sin embargo, de lo que no hemos oído hablar es del pin que el rey Felipe VI lleva en su solapa, igual de coloreado que el de Sánchez y demás ejecutores de la Agenda 2030. El gran público ignora los postulados de este corpus de barbaridades que presenta un mundo sin valores, entre ellos, el ataque a la vida y a la libertad. ¿Conoce el Rey este extremo tan grave? Felipe VI sabe todo esto, y no solo se calla, sino que a la menor oportunidad promete que España cumplirá con los objetivos de la Agenda. La sumisión es total. Es el precio que debe pagar para seguir jugando a reyes y princesas. Pero este plan maléfico tiene poco de cuento de hadas. Por eso “ellos” han colocado al reyecito de peón. Con su padre no les hubiera sido tan fácil. De ahí que, de la noche a la mañana, se abriese la veda y saliesen a la luz todos los asuntos de corrupción y faldas de don Juan Carlos, por otro lado, archisabidos, con el consiguiente chantaje y amenazas. Había que justificar la repentina abdicación.

Y ya que hablamos de premios, de bufonadas y de mentiras, no pueden faltar unas pinceladas sobre el Premio Planeta de este año. ¿Alguien con sentido común y conocimiento de lo que es escribir cree que la ganadora, con programa diario de televisión, escribió la novela a ratitos? Es el gran tongo del año y agravio para los escritores que se dedican a tiempo completo a llenar folios en blanco; entre ellos, filólogos y profesores de literatura que, además, escriben muy bien; como la profesora coruñesa Carmen Formoso Lapido, a quien Camilo José Cela le plagió su novela Fluorescencia, enviada también al concurso, y que el escritor gallego, por recomendación de la editorial, reescribió –burdamente, pues dejó muchas pistas—. Con la novela plagiada, que retituló Mazurca para dos muertos ganó el Planeta de ese año (1994). Tiempo después, tras un análisis minucioso realizado por profesionales, Cela fue demandado, pero ya se imaginan lo que ocurre cuando la lucha se libra entre David y Goliat. Ignoro la situación del caso en estos momentos, pero merece la pena reavivarlo. Dedicaré un artículo a los negros que escriben, a sueldo de las editoriales, libros que luego firman tertulianas, presentadoras o chicas del telediario.

Es de sobra conocido que los concursos y los premios en general suelen estar amañados, pero lo bochornoso es que ni se ocupen en disimularlo. Podría contarles alguna historia de cómo y por qué se concedió otro premio Planeta de hace unos años, pero quizá en otro momento.

Casi todo es mentira: lo que nos han contado a lo largo del tiempo y lo que nos cuentan. Pero la sociedad actual es mucho más vulnerable y domesticada que la de antaño. Vivimos en una gran mentira; una tragicomedia que está derivando en drama. Como el del Titanic.

Magdalena del Amo
Periodista, psicóloga, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.
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2 COMENTARIOS

  1. ¿Y si lo de la sangre azul nunca ha sido una metáfora?
    ¿Y qué tenían y tienen en común todas esas caras habituales que nos han impuesto como referencia desde que murió Franco (o antes, pero yo antes no estaba y no puedo opinar)? No sabía lo de Cela. Sí sabía, por mi propia sensibilidad y percepción, que nos rodeaban de un muestrario de productos con marchamo oculto pero intuible, y que se nos obstaculizaba conocer «algo más». En todos los ámbitos: literatura, música, periodismo, política, arte… Que la ‘fama’ y el ‘éxito’ estaban preconcedidos.
    Y cada día resulta más fácil armar el puzzle.

  2. Lúcido y valiente, Magdalena. Felicidades.
    En la lamentable Corte Borbón Rocasolano no hacen falta más bufones. Más lamentable que se les sigan riéndoseles las gracias. O que se atienda a los discursos de SM como si hablara el mismísimo oráculo de Delfos.
    Ya nuestro gran Cervantes denunciaba lo de la justicia de ciertos premios:
    “si es que son de justa literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero siempre se le lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las universidades; pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero.”
    Aquí, en este caso, ni siquiera gran personaje, sino personajillo, del elenco ditirambo alabancioso de la mediocridad y la estulticia.
    Gracias
    Alfonso

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