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La fábula del burro y el pozo, o cómo la solución de los problemas tiene que venir de uno mismo y no esperarla de los demás

Un día, el burro de un granjero cayó en un pozo. El animal gimió durante horas mientras su dueño calculaba qué hacer. El burro era viejo. El pozo, de todos modos, había que taparlo. La cuenta salía clara: no valía la pena rescatarlo. El granjero llamó a los vecinos. Cada uno trajo una pala y empezaron a echar tierra.

Al principio el burro entendió lo que ocurría y gritó. Luego, para asombro de todos, se calló. Cuando el granjero se asomó, vio algo que no había previsto. Cada palada que le golpeaba el lomo no lo aplastaba: el animal la sacudía, la pisaba y subía un paso. Los vecinos siguieron echando tierra. Él siguió sacudiéndose y subiendo. Hasta que asomó por el borde y se alejó trotando.

La historia suele contarse como un manual de optimismo. No lo es. El granjero no se arrepiente. Los vecinos no se detienen. Nadie baja una cuerda. La salvación, si llega, no viene de la compasión ajena, sino de una decisión casi física: no quedarse quieto debajo de lo que cae.

Ahí está el núcleo. La vida no negocia con nosotros el ritmo de las paladas. Enfermedad, despido, duelo, fracaso, la simple erosión de un proyecto que se creía sólido: todo eso llega sin pedir permiso y, a menudo, con la colaboración involuntaria de quienes nos rodean. No siempre hay mala fe. A veces hay prisa, cálculo, miedo a ensuciarse las manos de otra manera. El pozo se tapa porque alguien decidió que era más barato cerrarlo que vaciarlo.

La fábula no promete que sacudirse baste. Promete otra cosa, más modesta y más útil: que la tierra que cae puede convertirse en suelo si no se deja acumular sobre los hombros. El burro no discute con el granjero. No espera un cambio de opinión. Convierte cada golpe en un escalón. El gesto es pequeño, repetido, poco heroico. Sacudir. Pisar. Subir. Otra vez.

Hay una lectura ética que conviene no esquivar. El granjero calcula mal dos veces. Primero, al decidir que una vida vieja no merece el esfuerzo. Segundo, al descubrir demasiado tarde que el animal al que daba por perdido tenía más recursos que su propia sentencia. Quienes echan tierra rara vez ven el pozo desde dentro. Ven un problema que hay que cubrir. Desde abajo, ese mismo problema es el único material disponible para salir.

Por eso la moraleja habitual —“la vida nos arroja dificultades; sigamos adelante”— es verdadera y, a la vez, insuficiente. Seguir adelante no es una consigna. Es una técnica. Exige distinguir lo que no se puede evitar de lo que sí se puede mover. La palada no se detiene porque lo pidamos. Se puede, en cambio, impedir que nos fije al fondo. Cada vez que la tierra se sacude, el pozo es un poco menos profundo y el que está arriba un poco más equivocado.

No todos los pozos tienen borde alcanzable. Algunas cargas no se sacuden. La fábula no debería usarse para culpar a quien no logra salir. Sirve mejor como recordatorio para quien todavía tiene margen de movimiento: el material del ascenso suele parecer, al principio, exactamente lo mismo que el material del entierro. La diferencia no está en la tierra. Está en qué se hace con ella en el instante en que cae.

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