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Nathaniel J. Gillis, vive solo en una casa que, según dice, está embrujada y lo hace para estudiar a las entidades que se le aparecen

En una extensa entrevista en el podcast de ninoscorner.tv, el investigador autodenominado demonólogo Nathaniel Gillis expuso su visión sobre lo que él considera una manifestación espiritual cada vez más visible en la cultura contemporánea. Su argumento central: los fenómenos que solemos estudiar por separado —apariciones, ovnis, abducciones, criptozoología— podrían ser caras distintas de una misma inteligencia.

De una casa encantada a la investigación de campo

Gillis relata que su interés nació de la experiencia directa. Creció en una iglesia pentecostal unicitaria, de reglas muy estrictas —sin televisión, sin cine—, lo que le dejó sin marco de referencia para interpretar lo que vivía en casa: apariciones, personas de sombra, voces y una nube oscura que se materializaba en la esquina de su cuarto. Ni la escuela dominical ni los grupos juveniles de su congregación supieron darle nombre a aquello.

El punto de giro llegó cuando su padre se convirtió en pastor de tiempo completo y empezó a traer eruditos de otros países, especialmente de Israel. Con ellos comenzó su estudio formal de la demonología, que después complementó con trabajo de campo: investigaciones presenciales junto a colegas como Steve Mera, a quien reconoce como mentor en parapsicología.

Jerarquía, programa y «terror proyectado»

Según Gillis, la evidencia acumulada sugiere tres cosas:

  • Existe una jerarquía. Cuando avanzan en una línea de investigación, el fenómeno «contraataca» enviando entidades de distinto poder, lo que obliga a diseñar contramedidas.
  • Opera como un programa, con límites propios. Uno de los patrones que describe es el «terror proyectado», una experiencia recurrente en la infancia de muchos investigadores y también de esposas de pastores que le escriben.
  • La regla práctica número uno: «está permitido sentir miedo; no está permitido tenerle miedo». El temor, sostiene, agranda y hace más manifiesto al fenómeno.

También subraya una brecha entre la literatura académica y la realidad observada. Una investigadora con doctorado en teología dedicado a los espíritus malignos le confesó que, al aplicar sus teorías en terreno, encontró casos donde nada se comportaba como los libros prometían.

La ciencia «confirmando» lo sabido desde hace milenios

Uno de los ejes más llamativos de la charla es su apelación a la parapsicología y al trabajo de James Lacatski en NIDS (National Institute for Discovery Science), junto a Robert Bigelow. Según Gillis, ahí se estableció que:

  • No hay separación real entre ufología y hauntología (estudio de casas encantadas). Existe el llamado «efecto polizón» o síndrome de adjunción: alguien ve una nave en el cielo y «algo más se va con nosotros».
  • Ese algo puede contagiarse por contacto, idea que llama «contagio de contacto»: la entidad pasa del afectado a familiares, vecinos y desconocidos del vecindario.
  • Se documentó una patología: las personas veían apariciones y después desarrollaban enfermedades autoinmunes, con la manifestación precediendo al diagnóstico médico.

Para Gillis esto rehabilita la figura del exorcista-médico de la Antigüedad: la tradición de que «no es solo la enfermedad, es el espíritu de esa enfermedad». Por eso, dice, los grandes sanadores de su tradición no combaten el síntoma, sino la raíz, es decir, la entidad.

«Estamos en 2026 y el método científico está restableciendo lo que se sabía desde hace siglos.»

Parásitos, sustancias y portales

El anfitrión comparte su propia historia: casi siete años sobrio, tras perder a su hermana por alcoholismo y ver a su abuela morir por suicidio. Cree haber «decapitado» una maldición generacional al dejar de beber, y afirma que hoy percibe con claridad a las personas «parasitadas».

Gillis coincide en que las sustancias pueden abrir un portal: cita los trabajos de Jerry Marzinsky y del psiquiatra Richard Gallagher, y cuenta el caso de un hombre sofisticado adicto a la cocaína cuyas voces regresaban más fuertes cada vez que recaía, hasta llevarlo a conducir de madrugada hasta una casa desconocida para entregar droga.

Sobre los psicodélicos —el entrevistador menciona experiencias con DMT—, Gillis es cauteloso. Revela por primera vez en público que en 2017 sufrió una agresión, un traumatismo craneoencefálico y un derrame, tras lo cual perdió la memoria de sus propios apuntes y tuvo que reconstruir toda su investigación. Reconoce el valor terapéutico emergente para el TEPT, pero advierte: lo real no siempre es recomendable, precisamente por el efecto polizón. Ilustra el riesgo con un pasaje de Eros and Evil, de R.L. Masters, sobre un antropólogo que viajó diez años reuniendo ingredientes de grimorios y al que la entidad recibida expulsó de inmediato: «tú no perteneces aquí».

¿Demonios disfrazados de aliens? Orbes, interfaces y simulación

Ambos coinciden en que la percepción juega un papel decisivo. Gillis prefiere hablar de patrones de conducta en lugar de etiquetas («alien», «fantasma»), porque los datos muestran que el fenómeno usa interfaces y términos provisionales. Incluso plantea una hipótesis incómoda: quizá no sean ni extraterrestres ni desencarnados, sino algo que necesita que creamos que ambos existen para ocultar su propia presencia.

El punto de convergencia físico sería el orbe: bolas de luz presentes en ovnis, casas encantadas, criptozoología y hasta en estudios de consciencia proyectada. La propuesta es que el orbe es el sustrato, el medio mediante el cual estas inteligencias proyectan forma —perro, sasquatch, alien, ángel, la Virgen—.

Aquí aparece el caso del proyecto Meadow, del investigador Trey Hudson: un miembro del equipo era visto a simple vista por sus compañeros, respondía por radio… mientras la cámara térmica registraba solo un orbe en su lugar.

Creencia, miedo y el «glitch en la matriz»

Gillis desarrolla una idea que considera original: detrás de cada imagen hay un sistema de creencias que alimenta a la entidad que lleva la máscara. Relata el caso de una mujer a quien la entidad se le aparecía como su personaje favorito de caricatura. Al llegar la pubertad y abandonar esos intereses, se produjo lo que él llama una costura en el sueño: los ojos de la aparición se agrandaron y empezaron a moverse. «Me estaba midiendo la fe en su imagen», le dijo ella. En ese descuido, logró cortar la conexión consciente.

De ahí la estrategia de su trabajo actual con Steve Mera: provocar que el fenómeno se trabe a sí mismo, aprovechar los artefactos de renderizado, obligarlo a improvisar cuando ya no puede generar una interfaz válida.

Fe, exorcismos y el peligro de usar la liberación como termómetro

Un momento delicado de la conversación gira en torno a Joe Jordan —ex MUFON— y sus reportes de cientos de casos (600, según se corrigen) en que reprender en el nombre de Jesús detuvo abducciones. Gillis no niega esas historias, pero introduce una advertencia pastoral: conoce personas cristianas fervientes a las que simplemente no les funcionó, e incluso casos como el de Ted Rice, donde una abducida recibió la amenaza de que «te pondré algo en la cabeza y no sobrevivirás»; a la mañana siguiente murió de un aneurisma.

Su crítica es dura hacia quienes convierten la liberación en prueba de salvación: si no funciona, la culpa es de tu fe. Recuerda a los siete hijos de Esceva para señalar que no basta con pronunciar un nombre: se requiere relación. Y recuerda que en el rito exorcístico tradicional está inscrita la advertencia de que el fracaso marca al exorcista para el resto de su vida, citando a Malachi Martin, Gabriel Amorth y Adam Blai.

«Si enseñamos a la gente que eso es todo lo que tienen que hacer, la hemos fracasado.»

El cielo encantado y las naves con alma

Preguntado por los testimonios gubernamentales, Gillis nota que en los informes de brechas dentro de las naves no había instrumentación: la idea de vuelo por pensamiento consciente abre la puerta a que la nave misma esté poseída por una consciencia, con gustos y rechazos propios. Muchos abducidos, dice, describen «un alma en la nave».

Esto conecta, en su lectura, con la nigromancia antigua: espíritus que buscaban fusionar memoria y metal para obtener un cuerpo nuevo. Visto sin el ropaje esotérico, sería una especie postbiológica que manipula tecnología para prolongar su existencia. Sobre los Nephilim, sugiere que la posesión puede incluir la procreación espiritual: inducir a dos personas a concebir un hijo que luego habita el ente. Jacques Vallée, en su entrevista con Ross Coulthart, propuso algo análogo sobre los cuerpos en poder del gobierno: robots biológicos o avatares creados para ser habitados.

John Keel y la inteligencia proteica

El cierre teórico recurre a John Keel y su Operation Trojan Horse: una inteligencia que evoluciona en sus imágenes a lo largo de la historia —naves espaciales, huevos, dirigibles— adaptándose a nuestra awareness. Gillis añade una capa: no solo cambia de imagen, sino que evoluciona para evadir, eligiendo la interfaz en la que somos más propensos a creer. Como remate, el anfitrión evoca Serenity, Dark City y The Matrix: la posibilidad de que existan reglas del «diseñador» que ignoramos.

También comparten una historia clásica: la Batalla de Edgehill, donde décadas después testigos y supervivientes afirmaron ver la batalla reproducirse en el cielo sobre el claro, nombrando soldados muertos.

Contramedidas prácticas y agenda

Las ideas que Gillis deja como recomendables, hilvanadas con lo dicho:

  • No alimentar el miedo: sentirlo sí, quedarse atrapado en él no.

  • Cuidar el entorno y las relaciones tóxicas, por el principio de contagio/adjunción.
  • Ser extremadamente prudente con sustancias y rituales de apertura; la realidad no equivale a seguridad.

  • Evitar juzgar la fe ajena por si «funcionó» o no una fórmula de liberación.

  • Observar patrones de conducta en lugar de encasillar en etiquetas.

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