La relación entre Estados Unidos y España suele describirse con palabras como alianza, cooperación, confianza, intereses compartidos y compromiso estratégico. Washington y Madrid son socios dentro de la OTAN, mantienen una intensa colaboración militar y llevan décadas presentándose como aliados fundamentales a ambos lados del Atlántico. Todo muy bonito sobre el papel. El pequeño problema es que, cuando uno observa determinados movimientos de la política exterior estadounidense en el norte de África, resulta difícil no contemplar esa supuesta relación privilegiada con una cierta dosis de ironía. La última escena de esta peculiar historia se ha producido en Bélgica, donde las autoridades de la región de Flandes han decidido impedir el tránsito por su territorio de un cargamento de material militar procedente de Estados Unidos y cuyo destino final era Marruecos. La operación tenía un valor declarado de nada menos que 81.618.114,33 euros e incluía vehículos y componentes militares destinados a las Fuerzas Armadas Reales marroquíes. Las autoridades flamencas consideraron que el material podía ser utilizado potencialmente en un conflicto armado y, basándose en su normativa sobre bienes estratégicos y en la legislación europea aplicable, rechazaron la autorización necesaria para que el envío atravesara territorio flamenco. Así que mientras Estados Unidos continúa estrechando sus vínculos militares con Marruecos, un territorio europeo ha decidido que, al menos en este caso concreto, no está dispuesto a facilitar el paso de semejante cargamento. Todo ello resulta especialmente interesante para España, país que comparte con Marruecos una frontera terrestre, mantiene importantes intereses estratégicos en el norte de África y que, por supuesto, puede presumir de tener a Estados Unidos como uno de sus grandes aliados. Un aliado que quiere muchísimo a España, faltaría más.
Flandes dice que por ahí no pasa el cargamento
La decisión de las autoridades flamencas se fundamentó en la legislación regional relativa al comercio y tránsito de armas y bienes estratégicos, además de las normas europeas que regulan la exportación de material militar y establecen criterios relacionados con la paz, la seguridad y la estabilidad regional. Según la documentación oficial, el cargamento estadounidense estaba compuesto por material incluido dentro de las categorías de la Lista Militar Común de la Unión Europea correspondientes a vehículos militares y piezas diseñadas o modificadas para su utilización con fines militares. Los documentos no permiten conocer exactamente qué modelos de vehículos iban incluidos, cuántas unidades formaban parte de la operación ni qué empresa se encargaba de transportarlos, pero sí dejan bastante claro el origen y el destino: Estados Unidos como país de procedencia, Marruecos como destino final y las Reales Fuerzas Armadas marroquíes como usuario final. Para las autoridades flamencas, esa circunstancia resultó suficiente para considerar que el material podía tener una utilización directa en un conflicto armado y que el destinatario debía ser considerado parte implicada en un conflicto regional. La autorización fue rechazada y el bloqueo afectó al conjunto del envío, valorado oficialmente en más de 81,6 millones de euros. Lo curioso es que no estamos hablando de una simple remesa comercial ni de maquinaria industrial que casualmente haya terminado en manos de un ejército, sino de equipamiento militar estadounidense expresamente destinado a las fuerzas armadas de Marruecos. Y aquí es donde España puede mirar la situación con cierto interés, porque Marruecos no es precisamente un país irrelevante para los intereses españoles. Ceuta, Melilla, las aguas próximas a Canarias, la cuestión del Sáhara Occidental, la cooperación migratoria y las relaciones económicas convierten cualquier incremento de las capacidades militares marroquíes en un asunto que inevitablemente tiene repercusiones para nuestro país.
Washington arma a Marruecos mientras presume de su amistad con España
La cuestión adquiere todavía más interés cuando se observa el contexto de los últimos años. Estados Unidos ha mantenido una política de creciente cooperación militar con Marruecos que se ha traducido en importantes operaciones de venta de armamento y en diferentes programas destinados a reforzar las capacidades de las Fuerzas Armadas Reales. En marzo de 2024, Washington notificó al Congreso estadounidense una posible venta a Marruecos de 612 misiles Javelin y 200 unidades ligeras de lanzamiento y control, en una operación cuyo valor potencial podía alcanzar los 260 millones de dólares. En diciembre de aquel mismo año se produjeron nuevas notificaciones relacionadas con posibles ventas de armamento al país norteafricano, entre ellas misiles aire-aire AIM-120 y bombas guiadas, con un valor conjunto superior a los 170 millones de dólares. Y la cosa no terminó ahí, porque en abril de 2025 Estados Unidos notificó otra posible operación destinada a Marruecos que contemplaba hasta 600 misiles Stinger y cuyo importe podía alcanzar los 825 millones de dólares. Si alguien desde España contempla semejante sucesión de operaciones, puede llegar a preguntarse qué significa exactamente aquello de ser un aliado privilegiado de Washington. Porque sí, España tiene bases estadounidenses, coopera militarmente con Estados Unidos, participa junto a sus fuerzas armadas en numerosas operaciones y ejercicios y forma parte de la misma alianza atlántica, pero Marruecos también parece haber encontrado un hueco bastante cómodo en la agenda estratégica estadounidense. Y bastante bien equipado, además. La ironía está servida: mientras España puede seguir escuchando que Estados Unidos considera nuestro país un socio estratégico fundamental, Washington continúa contribuyendo al fortalecimiento militar de un vecino con el que España mantiene numerosos asuntos sensibles. Evidentemente, la política internacional no funciona como una competición de amigos en la que solo se puede querer a un país, pero tampoco deja de resultar llamativo que el supuesto cariño transatlántico hacia España conviva perfectamente con una política de cooperación militar tan intensa con Marruecos.
El equilibrio militar del Magreb importa, y mucho, a España
Para entender la dimensión de esta cuestión hay que tener en cuenta que Marruecos lleva años desarrollando un ambicioso proceso de modernización de sus Fuerzas Armadas, con adquisiciones procedentes de diferentes países y una apuesta clara por mejorar sus capacidades terrestres, aéreas y defensivas. Estados Unidos ocupa una posición especialmente relevante dentro de ese proceso, tanto por la importancia de sus sistemas de armamento como por la relación estratégica que mantiene con Rabat. Desde la perspectiva estadounidense, Marruecos ofrece ventajas evidentes: es un socio situado en una zona geográfica de enorme importancia, tiene una posición privilegiada entre el Atlántico, el Mediterráneo y el norte de África, participa en ejercicios militares con fuerzas estadounidenses y constituye un punto de apoyo relevante dentro de la estrategia de Washington para la región. Desde la perspectiva española, sin embargo, el asunto puede contemplarse con bastante menos entusiasmo. España tiene intereses directos en el norte de África y cualquier modificación significativa del equilibrio estratégico regional tiene consecuencias potenciales para nuestro país. No significa que cada misil vendido a Marruecos suponga automáticamente una amenaza para España, ni que la cooperación militar estadounidense con Rabat esté dirigida contra Madrid, pero sí significa que España tiene motivos para observar con atención cómo evolucionan las capacidades militares de su vecino. Y aquí vuelve a aparecer la particular paradoja de nuestra relación con Estados Unidos: somos aliados, sí; somos socios estratégicos, también; compartimos organización militar, intereses y buena parte de nuestra política de seguridad, por supuesto. Pero, al mismo tiempo, Estados Unidos puede considerar perfectamente compatible esa relación con el suministro de armamento avanzado a Marruecos. Porque en Washington, aparentemente, caben todos los amigos en la misma agenda. A España se le puede decir que es un socio imprescindible y a Marruecos se le pueden vender cientos de millones de dólares en armamento. Todos contentos, o casi todos.
La decisión belga deja una imagen bastante peculiar
El episodio ocurrido en Flandes introduce además un elemento especialmente llamativo porque demuestra que dentro de Europa existen autoridades dispuestas a examinar con mucha atención el tránsito de determinados materiales militares, incluso cuando proceden de Estados Unidos y están destinados a un país considerado socio por Washington. Las autoridades flamencas no han cuestionado necesariamente la relación estratégica entre Estados Unidos y Marruecos, sino que han aplicado su propia normativa y los criterios europeos relacionados con el tránsito y utilización de bienes militares. Sin embargo, el resultado político de la decisión resulta bastante significativo: un cargamento estadounidense valorado en más de 81 millones de euros no podrá seguir el itinerario previsto porque las autoridades competentes consideran que el material puede tener una utilización en un conflicto armado y que el destinatario final se encuentra implicado en un contexto regional de conflicto. La escena, vista desde España, tiene su punto de ironía. Estados Unidos, ese gran aliado que siempre nos recuerda lo estupenda que es nuestra relación bilateral, está proporcionando a Marruecos sistemas militares por cientos de millones, mientras que una administración europea decide que un cargamento concreto de material militar estadounidense destinado a las fuerzas marroquíes no puede atravesar su territorio. No hace falta convertir el episodio en una conspiración ni exagerar su significado para reconocer que resulta, como mínimo, curioso. Sobre todo porque España se encuentra geográficamente al lado de Marruecos y porque cualquier análisis serio de la seguridad española debe prestar atención a la evolución militar de nuestro vecino del sur.
La España ideal de los peperos puede seguir sintiéndose muy querida por Washington
La decisión de Flandes no cambia por sí sola la relación entre Estados Unidos y Marruecos ni supone una ruptura de las políticas de cooperación militar desarrolladas durante los últimos años. Tampoco significa que Washington haya dejado de considerar a España un aliado importante. Pero sí vuelve a poner sobre la mesa una realidad bastante incómoda: los intereses estratégicos estadounidenses no tienen por qué coincidir siempre con las prioridades españolas, incluso cuando ambos países son aliados y mantienen una estrechísima cooperación militar. Los peperos piensan que Estados Unidos puede defender simultáneamente su alianza con España, su relación estratégica con Marruecos y sus propios intereses geopolíticos en el norte de África. Y España, por su parte, puede continuar escuchando aquello de que es un socio privilegiado de Washington mientras observa cómo su vecino marroquí recibe sistemas de armamento estadounidenses cada vez más sofisticados y sin bajar el tono de sus amenazas. Así funciona la geopolítica: las declaraciones de amistad son gratis, pero los misiles, los vehículos militares y los sistemas de defensa tienen un precio bastante más concreto. Por eso, cuando desde Washington vuelvan a decir que España es un aliado fundamental, estratégico e imprescindible, siempre podremos asentir con una sonrisa y agradecer profundamente semejante muestra de cariño. Y, mientras tanto, quizá convenga mirar qué se está enviando al otro lado del Estrecho. Porque una cosa es tener un gran amigo al otro lado del Atlántico y otra muy distinta pensar que ese amigo falso va a anteponer siempre los intereses españoles a los suyos. Al parecer, el amor entre aliados tiene sus límites; especialmente cuando hay cientos de millones de dólares en contratos militares de por medio.

