Hay una especie de ciudadano que necesita que le mastiquen la noticia, se la digieran y se la sirvan en puré con cuchara de plástico. Si no aparece un parte médico oficial firmado por el hospital, sellado por la Policía y refrendado por el Ministerio, entonces “no hay nada”. Y encima se atreven a criticar al mensajero por “no aportar novedades”.
Resulta que llevan tres días sin que el Hospital 12 de Octubre, la Dirección General de la Policía ni Interior hayan emitido una sola línea sobre el estado de Alfredo Perdiguero. Ni un “evoluciona favorablemente”, ni un “permanece estable”, ni siquiera el clásico y vacío “deseamos su pronta recuperación”. Silencio absoluto. Y a estos iluminados les parece normal. Más aún: les parece que el problema es que alguien diga “sigue sin haber parte oficial”.
El silencio, queridos, ya es la noticia. Un subinspector de Policía, portavoz sindical, voz habitual en medios y figura incómoda para más de uno, termina en la UCI con siete costillas y cuatro vértebras rotas tras ser embestido por un coche al volver del turno de noche… y las instituciones que deberían reaccionar optan por la mudez más completa. Eso no es ausencia de información. Eso es información de primera magnitud. Pero hace falta un mínimo de neuronas para captarlo.
Y todavía hay más. El propio Perdiguero, consciente, dolorido y —según un compañero— cargado de fentanilo, tuvo la lucidez de encargar a su hermana que lo contara de inmediato en sus redes. No esperó a que le bajaran la medicación, no esperó a que le hicieran más pruebas, no esperó a que “las autoridades” dijeran algo. Priorizó que se supiera. ¿Casualidad? ¿Simple precaución? ¿O alguien que, incluso en ese estado, sabía perfectamente lo que significa el silencio institucional?
La gente que se queja de “falta de noticias” es la misma que es incapaz de leer entre líneas. La que necesita que le dibujen la sospecha con rotulador fluorescente. La que no entiende que cuando un agente de ese perfil sufre un accidente tan grave y las altas esferas se hacen las suecas, el vacío informativo no es un fallo: es el mensaje.
La falta de luces es preocupante. No porque falten datos médicos (que también), sino porque sobran ciudadanos que solo saben reaccionar cuando les ponen el titular ya masticado, digerido y con la conclusión impresa en negrita. Mientras tanto, el silencio sigue gritando. Y ellos, tan ocupados criticando al mensajero, siguen sin oírlo.

