Da miedo pensarlo, pero es lo que parece. Nos hemos dormido en los laureles y ahora roncamos sumisos al son de las mentiras de los políticos, mientras hordas salvajes, ajenas a nuestra cultura invaden el territorio españolo, gracias a que los gobernantes les han entregado las llaves de la nación para que se entrenen en materializar su amenazante sueño de reconquista de Al Ándalus. En estos momentos, tras la invasión del 30 de julio, consentida – o quizá pactada– por los gobiernos de España y Marruecos, miles de varones en edad militar y féminas en edad de procrear, campan a sus anchas hiriendo a policías, robando, asaltando domicilios, apaleando ancianos, masacrando gatos, violando a mujeres, colapsando los centros de salud, defecando en las calles, impidiendo que los niños salgan a la calle y ni siquiera puedan salir con las mascotas al parque, y muchos comercios permanezcan cerrados. Y, por si esto fuera poco, nos traen la propina de la tuberculosis, la sarna y otras enfermedades de la piel. Pero para los ministros que han ido a hacer el tour, mintiendo y riéndose en la propia cara de los ceutíes, y que ahora se niegan a comparecer en el Senado, como es su obligación, todo es casi normal. Mienten descaradamente, y nos llaman racistas por denunciarlo. ¡Pero cómo no vamos a volvernos racistas y xenófobos con todo este abuso desvergonzado que ya no se puede aguantar! ¡Es pura defensa propia! No tenemos mejillas suficientes para tantas bofetadas.
La clase política gobernante es una maldición de amplio espectro. Todo va mal en España. Su despotismo, su acoso constante a los ciudadanos, el expolio sistemático a las arcas del Estado, la corrupción a gran escala de las instituciones, la dejadez total de funciones y el total abandono de responsabilidades rebasa cualquier límite imaginable. Ni siquiera son capaces de defender nuestras fronteras, cosa que a lo largo de la historia del mundo han hecho incluso los gobiernos más nefastos y sanguinarios. Están tan podridos, que solo pueden funcionar con la mentira por delante. En realidad, es difícil conseguir un equipo de “ellos y ellas” tan ineptos, tan descarados, tan desvergonzados y tan cínicos, dispuestos a mentir en sesión continua y a cumplir con un relato oficial tan alejado de la realidad. ¡Pero lo han conseguido!
Son todos iguales, sin diferencia. Y no caigamos en el error de creer que se puede hablar de buenos socialistas en los que puede haber un atisbo de esperanza para que funcione la alternancia. ¡No hay socialistas buenos! Los puede haber mejores y peores, pero siempre de acuerdo a un baremo de maldad. Que nadie se engañe con García Page; es uno de ellos, un cómplice más. Gracias a él, Sánchez continúa destrozando lo que queda de España.
Nuestra gran desgracia es tener un gobierno antiespañol que, aparte de corrupto, se avergüenza de su historia y repele todo lo patrio, mientras distribuye perdones a los sátrapas de lo que fueron nuestras provincias hispanas de Ultramar, regala parabienes a los invasores, felicita ramadanes e inaugura mezquitas; todo ello gracias a sus cómplices, los enemigos internos, tanto pactantes como votantes; unos por pura maldad y otros por suma ignorancia.
Por otro lado, su humanidad hacia el inmigrante es mera pose de la fallida subcultura woke. No es cierto que sientan piedad por los inmigrantes. Los utilizan, primero, porque necesitan sus votos, de los que llegan en cayuco y de los acogidos bajo el paraguas de la ley de nietos; segundo, como armas desestabilizadoras para generar caos, situación propicia para la imposición de medidas liberticidas; y tercero, para normalizar y sustanciar el oscuro Plan Kalergi, del que empezarán a hablar cuando sea demasiado tarde.
Pero, en mayor o menor medida, todos tenemos nuestra parte de culpa. Observo con perplejidad que algunas emisoras y periodistas no afines al gobierno, han integrado los eufemismos generados por el sistema. Hablan de violencia de género al puro estilo socialista/podemita. ¡Y dicen migrantes!, y esto sí es grave. En un contexto de guerra semántica, en el que se están configurando las tesis orwellianas, no podemos caer en la trampa de utilizar las denominaciones “crisis migratoria” y “crisis humanitaria”, cuando nos referimos a invasión y a inmigración ilegal; como tampoco debemos decir “migrantes”, otro concepto nuevo con una gran carga emocional para referirnos a los inmigrantes. El prefijo “in”, indica movimiento o posición hacia el interior; es decir, si somos precisos con el idioma, cuando decimos inmigrantes, queremos decir que entran. Por el contrario, el prefijo “e” indica fuera de o hacia fuera. Así que, como explicarían Epi y Blas, se es emigrante cuando se sale del punto de origen, e inmigrante cuando se entra en el de destino. Estos términos son expresiones creadas en los laboratorios de la ingeniería verbal/social para ser integrados en nuestras mentes y corazones, con el único fin de engañar y manipular a quienes no son capaces de pensar por sí mismos, yendo incluso contra las normas del lenguaje. No podemos permitir que nuestros enemigos políticos dirijan nuestro pensamiento, y mucho menos que pretendan cambiar la gramática a su antojo.
Lo que ha ocurrido en Ceuta y que nos tiene tan alterados es una invasión en toda regla, como también lo es el plan de inmigración desde que empezó la dinámica de las pateras hace décadas. En varios países europeos, donde parte de los Ayuntamientos son regidos por musulmanes, ya han dado la voz de alarma. No vienen a trabajar ni a solucionarnos nada. No son pacíficos. Vienen a imponer su cultura, su religión, su tipo de sociedad y su sharía. Se trata de cumplir con los objetivos programados para la vieja Europa de los que ya hablamos ampliamente en el Plan Kalergi y que se podría resumir en un proyecto de destrucción de Occidente, su historia, cultura y religión, a través de un cambio demográfico que se está produciendo al galope. Esto no sería posible sin el control de la natalidad implementado en Europa y la excesiva fertilidad de las musulmanas inmigrantes, que llevan a tres, cuatro o cinco niños agarrados a su falda. Y, por supuesto, tampoco se podría sustanciar sin políticos cómplices, irresponsables, incapaces y poco informados. Se trata de una guerra contra Occidente, el catolicismo, la raza blanca y lo que representa. Pero sigamos durmiendo, que así se está bien. Total, esto es pura conspirología.

