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¿Preparados para mirar el eclipse todos a una? ¡Qué fácil es dirigirnos y chupar el caramelo envenenado!

Entiendo que es muy difícil sustraerse a la propaganda, no ser domeñable, negarse a seguir la senda de la mayoría y afrontar el reto de pensar diferente y actuar en consonancia. Poco hemos cambiado desde la prehistoria; seguimos siendo manipulados y somos igual de obedientes. No asistiré a la fiesta del eclipse. No miraré fijamente a ese punto durante un minuto, ni con gafas ni sin ellas. No formaré parte del egregor, del que, sin duda, algo o alguien se beneficiará. Mi única contribución al tan publicitado evento será este artículo.

Desde que el ser humano tuvo conciencia de sí mismo, todo lo concerniente a la bóveda celeste, el Sol, la Luna, las constelaciones y los agentes atmosféricos, es decir, aquello que desconocía o escapaba a su control, fue considerado como misterioso o de origen divino. Así surgieron los dioses amenazadores que enviaban tormentas, rayos, caos, lluvias y sequías a los que había que respetar y, sobre todo, aplacar con rogativas y rituales. Entre todos ellos, la deidad suprema era el Sol, creador de la vida y venerado por todas las civilizaciones de la antigüedad. En algunas, el dios exigía el llamado tributo de vida, o sea, sacrificios humanos a cambio de seguir manteniendo la creación, paseándose por el cielo durante el día y visitando el inframundo durante la noche. Se comprende así la creencia de que los eclipses del astro rey fueran causados por monstruos atacantes o “enfados” del propio dios y, por tanto, anuncio de malos presagios. 

En su libro titulado Totality: Eclipses of the Sun, Mark Littmann, Fred Espenak y Ken Willcox, sintetizan la interpretación mitológica de los eclipses como una cópula entre el Sol y la Luna, una lucha entre los dos cuerpos celestes, un ser no humano que intenta devorar al Sol, o que el astro se entristece, se enoja o actúa de manera anárquica. Se puede decir que los eclipses causaban miedo y fascinación a la vez, sin distinción de clases sociales. Así fueron adquiriendo una gran influencia cultural, religiosa y psicológica. 

Para los aztecas, los eclipses coincidían con eventos históricos importantes. Los indios hopi y los navajos, aún hoy, consideran que son momentos de renovación y recogimiento; hacen ayuno, y solo miran al suelo mientras dura el evento. Los hindúes los consideran un mal presagio y rezan mantras para evitar el mal. Durante la ocultación solar se consideran impuros. Creen que es un mal augurio nacer durante un eclipse y acuden a los brahmanes para que bendigan a los bebés. Los musulmanes no le atribuyen al Sol y a la Luna categoría de divinidad; oran e invocan a Alá durante la oscuridad, pero el Corán no considera los eclipses como un mal presagio, contrariamente al Talmud, el cual sostiene que muchos eventos adversos tuvieron lugar en estas circunstancias. Actualmente, recomiendan hacer introspección y rezar. El cristianismo medieval sostenía una creencia similar, debido a que algunas muertes de personajes relevantes, como Carlomagno, estuvieron relacionadas con sucesos solares. El Apocalipsis describe escenas relacionadas con el oscurecimiento solar, por lo cual algunas iglesias cristianas sostienen que es una señal de la segunda venida de Cristo. Los seguidores de las múltiples sectas y tendencias de la Nueva Era suelen vivir estos acontecimientos de varias formas, siempre a la expectativa de la “bendición o “maldición” de los astros. Como dice Chesterton: “Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada, sino que creen en cualquier cosa”

Otras personas fuera del ámbito religioso tradicional y estudiosas del modus operandi de las élites con relación a los arquetipos y el ocultismo en general que tanto les fascina para conseguir poder, creen que el eclipse del día 12 podría ser utilizado para realizar rituales y apertura de portales, lo que mi abuela materna denominaba “abrir la bóveda”, u otro tipo de situación. 

Los grandes poderes siempre han utilizado estos eventos naturales para manipular y tener al pueblo expectante, temeroso y obediente. Curiosamente, como hoy, aunque en otro sentido. Basta ver la propaganda desplegada e incluso los consejos del presidente del gobierno para la ocasión. Pero no me preocupa en lo más mínimo. Enseguida hablaremos de esto.

Los eclipses eran acontecimientos tan importantes, que los testigos y notarios de las diferentes épocas han dejado constancia de ellos a través de crónicas, libros sagrados, códices, tradiciones orales e incluso petroglifos del Neolítico y la Edad del Bronce, aunque estos últimos vestigios prehistóricos, susciten más de una duda. Hay que decir, no obstante, que el estudio de estos restos grabados en piedra es apasionante, pues nos llevan al principio de lo que fuimos, aunque debamos reconocer que a menudo se hacen interpretaciones incompatibles con la racionalidad. ¿Por qué seres tan, aparentemente, poco evolucionados, dejaron para la posteridad tantas espirales, laberintos y círculos concéntricos? ¿Qué han querido decirnos?

Hablando de grabaciones en piedra referidos a eclipses, hay que remontarse a 3340 años a. C., en concreto al conjunto megalítico de Lughcrew, en Irlanda, que podría representar un eclipse de Sol que, según los cálculos habría tenido lugar en esa fecha. Se han encontrado huesos calcinados de casi cuarenta personas, circunstancia que, según el investigador irlandés Paul Griffin, es compatible con la realización de sacrificios humanos, como apuntamos en líneas anteriores.

Historia, mito y leyenda se suelen entremezclar en las crónicas antiguas, identificando los eclipses como una cópula entre el Sol y la Luna, con el fin del mundo o con dragones que intentan devorar al astro a bocados. Así se narra en el Shu Ching y es citado por astrónomos de nuestros días especializados en eclipses, como los referidos Mark Littmann y Fred Espenak, lo acontecido entre los años 2159 y 1948 a. C., con el triste final de los astrónomos reales Hsi y Ho, que fueron decapitados por no haber predicho un eclipse. Por desgracia, los dictadores de la antigüedad acostumbraban a dar muerte a sus augures cuando los vaticinios no eran de su agrado. (Más cercano a nosotros, Adolf Hitler ordenó eliminar a su vidente de cabecera, Erik Hanussen, por la predicción del incendio del parlamento alemán). 

Littmann también estudió el enigmático monumento megalítico de Stonehenge (Wiltshire, Inglaterra), y opina que la cuidadosa colocación de las piedras, lleva a pensar que sus  constructores podrían haber conocido la predicción de eclipses hace 3000 años. 

Otro de los primeros eclipses registrados es el de la mítica ciudad de la Edad del Bronce, Ugarit, la actual Ras Shambra, en Siria. Una tablilla de arcilla encontrada en 1948 entre las ruinas describe un eclipse total de sol que habría tenido lugar en el 1223 a. C.

Unos siglos después, empezaron a aparecer las primeras predicciones babilónicas y griegas, mucho más ajustadas. Heródoto da cuenta del pronóstico de Tales de Mileto sobre un eclipse solar ocurrido el 28 de mayo del año 585 a. C., que ha sido comprobado por la astrofísica de nuestros días. Y no podemos dejar de citar a astrónomos y geógrafos como Hiparco de Nicea o Aristarco de Samos. Después vendría Nicolás Copérnico, Galileo Galilei, Johannes Kepler, Edmond Halley, William Herschel,  Arthur Eddington, Edwin Hubble y otros, todos estudiosos del gran misterio de la bóveda celeste y el inabarcable universo.

Algunas personas sienten miedo, como en tiempos pasados. ¿Debemos tenerlo? De ninguna manera. El miedo alimenta al enemigo y nos hace vulnerables. Sin embargo, debemos prevenirnos. Igual que antaño, hay que desconfiar de las élites y los políticos masónicos, tan aficionados a lo cósmico, a la numerología y al ocultismo en general. Posiblemente no dejarán pasar la oportunidad de hacer algún ritual, teniendo la mente de miles de personas a su merced. Pero la mejor recomendación es la de tranquilidad absoluta, no fundirse con el rebaño y toda la parafernalia programada para el evento. La mesura es la mejor recomendación. No creo que sea positivo integrarse en el alma grupal del rebaño que mira fijamente a un punto durante un minuto. Lo mejor es pasar ese momento en casa, haciendo otras cosas, como leer, rezar o cantar, y despegarse de la parafernalia pagana que acompaña estos eventos.

Puede parecer exagerado, pero me atrevo a decir que el sapiens, en algunos aspectos, poco se diferencia de los primitivos que dejaron la huella de sus inquietudes esculpidas en las piedras. Hoy la sociedad no cree en el Sol, muchos ni siquiera creen en Dios y presumen de ello. Sin embargo, el hombre de hoy es mucho más creyente en supercherías bien empaquetadas, más vulnerable que nuestros ancestros y, por consiguiente, mucho más manipulable. 

En la actualidad, una de las estrategias de manipulación por parte de los poderes públicos consiste en mantener a la población siempre ocupada: primero, con largas horas de trabajo, y después con distracciones continuas hasta que nos rinda el sueño, y a empezar a la mañana siguiente en la rueda. No lo hacen por nuestro bien. Es el viejo y eficaz “pan y circo”, pero reforzado y mucho más variado. Han conseguido crear una sociedad hiper estimulada, de la que somos partícipes y cómplices. Nunca habíamos estado tan entretenidos y saturados de bazofia adictiva que no habíamos pedido. El fin no es otro que evitar el tiempo de soledad necesario para dejar de mirar al exterior y propiciar el encuentro con nosotros mismos y la comunicación con el alma; porque eso nos llevaría a pensar, a reflexionar, a hacernos preguntas trascendentes que podrían propiciar un cambio de paradigma y darnos cuenta del carrusel tramposo en el que damos vueltas, cada vez más deprisa. ¡Y esta opción sería muy peligrosa para el poder! 

Como señalé al principio del redactado, me desligo por completo del rebaño y su “fiesta del eclipse”, como lo vengo haciendo de tantas cosas que el sistema surte para aborregar y distraer. Mi única participación en el evento es este artículo que, por cierto, me he dado un gran gusto escribiéndolo.

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Magdalena del Amo
Magdalena del Amo
Periodista, psicóloga, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.
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