El Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), presentado durante años como la joya de la corona de la investigación oncológica española y principal esperanza contra el cáncer, se ha convertido en un pozo sin fondo de escándalos, dimisiones en cadena, denuncias por corrupción y, ahora, una parálisis institucional disfrazada de “refundación”. Mientras miles de donantes particulares, instituciones y empresas siguen aportando dinero con la ilusión de financiar avances contra la enfermedad, el centro prioriza el politiqueo, la gestión opaca y las luchas internas por encima de lo que debería ser su verdadera finalidad.
Todo estalló con fuerza a finales de 2024. La entonces directora María Blasco fue cesada tras fuertes críticas internas. Uno de los detonantes fue el programa CNIO Arte, que destinó cientos de miles de euros (cerca de un millón según algunas informaciones) a obras de arte, actividades culturales y viajes exóticos en clase business junto a su pareja, mientras se suponía que cada euro debía ir a la investigación. Las justificaciones de que se financiaba con donantes privados no calmaron la indignación: el dinero del CNIO, público y privado, es para combatir el cáncer, no para galerías de arte ni viajecitos.
Pero el verdadero escándalo fue la presunta trama de corrupción en contrataciones. Un alto cargo denunció un desfalco de entre 20 y 25 millones de euros (incluso hasta 30 según algunas estimaciones) a través de contratos fraccionados, inflados, externalizaciones a empresas vinculadas a ex altos cargos y servicios ficticios. La Fiscalía Anticorrupción abrió diligencias, la Policía precintó almacenes con material supuestamente destinado a obras no realizadas en el centro y se investigaron facturaciones irregulares durante años. El exgerente Juan Arroyo fue señalado como figura central.
Las dimisiones y ceses se sucedieron: María Blasco, Juan Arroyo, el gerente José Manuel Bernabé (renunció en febrero de 2026 tras acusaciones de acoso), y luego Raúl Rabadán, elegido para estabilizar el centro y que apenas duró meses antes de renunciar por el “ruido mediático”, la politización y la falta de estabilidad. Los sustitutos de la crisis anterior no aguantaron ni un año.
Ahora, la “refundación”. Más de lo mismo hasta 2027: Este lunes el Patronato ha anunciado un proceso de “refundación”. ¿La solución? Una dirección provisional colegiada junto a la gerente actual, que gestionará el día a día hasta la aprobación de nuevos estatutos en el primer trimestre de 2027. Es decir, al menos ocho meses más de interinidad y comisiones.
El comunicado oficial habla de “reforzar la estabilidad institucional, la transparencia y la excelencia científica”. Palabras bonitas para lo que, en la práctica, significa parálisis investigadora. Con la cúpula en modo transición permanente, las luchas internas y la incertidumbre, ¿quién se concentra en el trabajo de verdad? Los proyectos, el personal y los pacientes son los que pagan las consecuencias. El comunicado habla también de evitar el ruido mediático, utilizando, cómo no, el lenguaje inclusivo: «La presidenta del Patronato ha solicitado la colaboración de los trabajadores y trabajadoras del centro para evitar el ruido mediático sobre el centro y lograr así, recuperar la calma necesaria para seguir posicionando al centro en los puestos de excelencia en los que siempre ha estado.» Mientras tanto, en su web lo primero que aparece es «Dona».
Durante décadas, el CNIO y figuras como Mariano Barbacid han llenado titulares y campañas de donación con promesas de avances contra el cáncer de páncreas y otros tumores. Se han recaudado decenas de millones de donantes inocentes. Sin embargo, no ha llegado ninguna terapia revolucionaria, cura o cambio de paradigma que justifique el gasto público y privado millonario. El cáncer sigue matando igual, con los mismos tratamientos básicos en muchos casos.
Es legítimo preguntarse: ¿realmente interesa curar el cáncer o mantener el flujo de dinero? Mientras haya “lucha” eterna, hay presupuestos, donaciones, sueldos altos, contratos y programas de imagen. La corrupción, las obras de arte y los escándalos demuestran que, para muchos, el CNIO era más un chiringuito que un centro de excelencia.
Patronos privados como la AECC o Fundación CRIS ya han abandonado el barco tras salir a la luz los escándalos de corrupción. La credibilidad está por los suelos. Y aun así, la gente sigue donando. Es comprensible el deseo de ayudar, pero donar a un centro sumido en este caos es, en este momento, regalar dinero a una institución que antepone la organización y el politiqueo a la investigación seria.
El CNIO necesitaba una limpieza profunda, no una “refundación” que prolonga la interinidad hasta 2027. Mientras tanto, los pacientes y las familias afectadas por el cáncer esperan avances reales que, una vez más, se retrasan por la incompetencia, el egoísmo y los intereses de unos pocos. Es una vergüenza nacional que se financia, en buena parte, con el sufrimiento ajeno y la buena fe de los donantes. Ya va siendo hora de exigir cuentas claras, que se realicen auditorías independientes, que se investiguen todos los chanchullos, que se sienten el el banquillo los corruptos del centro, que devuelvan lo robado y que cada euro vaya realmente a la investigación, no a comisiones, politiqueo, arte o enchufes. De lo contrario, esto no es investigación oncológica: es un escándalo con bata blanca.
(Por Lourdes Martino)

