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‘El alguacil endemoniado’ de Quevedo y las actuaciones de los miembros de la UIP de hoy contra la gente que protesta pacíficamente

En el Siglo de Oro español, Francisco de Quevedo diseccionaba con pluma afilada como una daga las miserias de su tiempo. Uno de sus blancos favoritos eran los alguaciles y corchetes: aquellos representantes de la “justicia” que, lejos de proteger al pueblo, lo acosaban, lo extorsionaban y lo humillaban con saña. Cuatro siglos después, las palabras de El alguacil endemoniado resuenan con una vigencia escalofriante al observar ciertos comportamientos de la Unidad de Intervención Policial (UIP) en las calles de España.

He aquí el fragmento original de Quevedo que sirve de base:

«Preguntaban todos quién era, y ella, que no sabe mentir, decía que la Justicia; le respondían todos: —¿Justicia y por mi casa? Vaya por otra. Y así no estuvo en ninguna. Se subió al cielo y apenas dejó acá pisadas. Los hombres, que esto vieron, bautizaron con su nombre algunas varas que, fuera de las cruces, arden algunas muy bien allá, y acá solo tienen nombre de justicia ellas y los que las traen, porque hay muchos deseos en quien la vara hurta más que el ladrón con ganzúa y llave falsa y escala. Y habéis de advertir que la codicia de los hombres ha hecho instrumento para hurtar todas sus partes, sentidos y potencias que Dios les dio las unas para vivir y las otras para vivir bien. ¿No hurta la honra de la doncella, con la voluntad, el enamorado? ¿No hurta con el entendimiento el letrado que le da malo y torcido a la ley? ¿No hurta con la memoria el representante que nos lleva el tiempo? ¿No hurta el amor con los ojos, el discreto con la boca, el poderoso con los brazos (pues no medra quien no tiene los suyos), el valiente con las manos, el músico con los dedos, el gitano y cicatero con las uñas, el médico con la muerte, el boticario con la salud, el astrólogo con el cielo? Y al fin, cada uno hurta con una parte o con otra. Solo el alguacil hurta con todo el cuerpo, pues acecha con los ojos, sigue con los pies, ase con las manos y atestigua con la boca; y al fin son tales los alguaciles que de ellos y de nosotros defiende a los hombres la santa Iglesia Romana

Quevedo retrata al alguacil no como defensor del orden, sino como una plaga que utiliza todo su ser —ojos, pies, manos y boca— para abusar de su autoridad. La “justicia” que representa es tan temida que nadie la quiere cerca de su casa. Es un instrumento al servicio del poder, no del bien común.

La UIP como alguacil moderno

El 23 de mayo de 2026, en Madrid, se volvió a escenificar esta vieja comedia. Imágenes difundidas en redes muestran a agentes de la UIP cargando con contundencia desproporcionada contra manifestantes que, según los testimonios, protestaban pacíficamente contra la corrupción y las políticas del Gobierno. Abuelos, familias y ciudadanos comunes huyendo de porrazos, golpes y persecuciones. Mientras tanto, la delincuencia organizada —narcos robando lanchas de la Armada o campando a sus anchas en barrios enteros— parece recibir un trato muy distinto.

Aquí radica el paralelismo quevedesco: la UIP, como los alguaciles del XVII, parece haber sido desplegada no para proteger al ciudadano de los verdaderos peligros, sino para defender al poder de las críticas del ciudadano. Utilizan todo el cuerpo, como decía Quevedo: acechan con los ojos (cámaras y drones), siguen con los pies (cargas rápidas), ase con las manos (detenciones y agarrones) y, en ocasiones, atestiguan con la boca lo que conviene al relato oficial.

La diferencia moral es abismal. El alguacil quevedesco tenía la excusa de servir en un tiempo de monarquías absolutas y corrupción endémica. Hoy, en una democracia supuestamente consolidada, agentes uniformados —pagados con impuestos de todos— golpean a quienes ejercen el derecho a manifestarse contra esa misma corrupción que les rodea. Se produce así una inversión perversa: la policía, que debería ser escudo del pueblo, se convierte en espada del gobernante.

La degradación del uniforme

Quevedo se reiría con amargura al ver cómo se ha degradado la imagen de la Policía Nacional. Un cuerpo que en muchas ocasiones ha demostrado profesionalidad y valor (como en operaciones antiterroristas) ve su prestigio arrastrado por actuaciones que transmiten más rabia contenida y obediencia ciega que proporcionalidad y servicio público.

Los manifestantes del 23 de mayo no eran delincuentes armados. Eran españoles hartos de ver cómo se desmantela el país mientras se reprime la disidencia. Y ante ellos, la UIP actuó con esa “valentía” selectiva que tanto denunciaba el satírico: feroz con el débil y prudente con el fuerte. Mientras se cargaba contra ciudadanos pacíficos, los verdaderos enemigos de la convivencia —bandas, narcos, okupas violentos— siguen operando con relativa impunidad en muchas ciudades.

Quevedo concluiría, probablemente, que estos nuevos alguaciles no defienden la justicia, sino que la ahuyentan. Que el uniforme que un día simbolizó honor se está convirtiendo en sinónimo de miedo y vergüenza para muchos españoles. Y que, como en sus Sueños, cuando la “justicia” solo sirve al poderoso, el pueblo acaba pidiendo a gritos que se vaya “por otra casa”.

Cuatro siglos después, la pluma de Quevedo sigue siendo el mejor espejo para mirar nuestras miserias. Y duele comprobar que, en lo esencial, seguimos sin haber aprendido la lección.

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