Recientemente he visto completa la serie ‘Pablo Escobar, el patrón del mal’ y he de decir que merece mucho la pena verla, a pesar de que esté en Netflix. Es una producción colombiana intensa, con una gran interpretación de Andrés Parra como Pablo Escobar, que te engancha episodio tras episodio. Aunque a veces se entiende mal lo que dicen los personajes porque el sonido no es de los mejores, la serie reconstruye con dramatismo la vida del hombre que se convirtió en uno de los criminales más poderosos y buscados del mundo.
La serie no solo muestra el ascenso y caída de Escobar, sino que incluye detalles llamativos con conexión española que resultan especialmente impactantes.
Los Extraditables: la guerra contra el “Estado criminal”
Uno de los elementos centrales es la creación de Los Extraditables, el grupo que Escobar y otros capos del Cartel de Medellín (como los hermanos Ochoa, Gonzalo Rodríguez Gacha y Carlos Lehder) formaron a mediados de los años 80. Este brazo narcoterrorista emitía comunicados públicos en los que reivindicaba atentados y exigía el fin de la extradición a Estados Unidos. Su lema era rotundo: “Preferimos una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos”. Pablo Escobar definía al Estado colombiano como un “Estado criminal” al servicio de Washington, y contra él desató una guerra sin cuartel. Los Extraditables fueron responsables de una oleada de violencia que incluyó asesinatos de periodistas, jueces y políticos (como el candidato presidencial Luis Carlos Galán), además de cientos de atentados. La serie muestra con crudeza esta escalada de terror que marcó una de las épocas más sangrientas de Colombia.
La alianza con ETA y los coches bomba
Para mejorar su capacidad destructiva, Escobar recurrió a expertos internacionales. La serie y los hechos históricos recogen la colaboración con miembros de ETA. Un etarra (referido en algunos testimonios como “Miguelito”) viajó a Colombia y enseñó a los sicarios del cartel técnicas avanzadas para fabricar y activar coches bomba con explosivos a control remoto. A cambio, recibieron alrededor de 500.000 dólares y c0caína a bajo precio para distribuir en Europa. Esta transferencia de conocimiento permitió más de 250 atentados con vehículos explosivos en Colombia, multiplicando el horror y el impacto mediático. El atentado al avión de Avianca en 1989 es uno de los episodios más estremecedores que recrea la producción. Un atentado de costó la vida de decenas de inocentes y que Escobar ordenó en el marco de su guerra contra el Estado.
La visita a España y la investidura de Felipe González
Otro de los momentos que más sorprende en la conexión directa con España fue en 1982, cuando Pablo Escobar viajó a Madrid para asistir a la investidura de Felipe González como presidente del Gobierno tras la victoria del PSOE (aunque no lo nombra directamente). Según relatos históricos que contextualiza la serie, Escobar se movió por el ambiente político y social de la época. En una celebración, presentó a un periodista colombiano al propio González con las palabras “Doctor, le presento a un periodista colombiano”. Este episodio ilustra cómo el narcotráfico ya permeaba círculos de poder internacionales en los años 80 y cómo Escobar, en la cima de su influencia, podía codearse con altas esferas políticas europeas mientras construía su imperio criminal en Colombia.

Políticos implicados, riqueza descomunal y la otra cara de Escobar
La serie también destaca cómo políticos estaban metidos o relacionados con la organización, mostrando la profunda corrupción que generaba el dinero del narcotráfico. Paralelamente, Escobar cultivaba una imagen populista: ayudaba a los barrios más humildes de Medellín con viviendas, canchas deportivas y recursos, lo que le granjeó apoyo popular y le permitió presentarse como un “Robin Hood” moderno, aunque su violencia desmentía cualquier idealización.
Su riqueza era incalculable. Su hijo Juan Pablo (Sebastián Marroquín) ha contado en entrevistas y vídeos de YouTube que llegaban a ganar decenas de millones de dólares en un solo fin de semana solo en Miami. El problema era esconder tanto efectivo: lo ocultaban en paredes, suelos, fincas y cuevas. Parte de esa fortuna sigue apareciendo décadas después en “caletas” (millones podridos por la humedad o devorados por ratas).
Sin embargo, Pablo poco disfrutó realmente de su inmensa fortuna. A partir de finales de los 80 y especialmente en los 90, su vida se convirtió en una huida constante. Cambiaba de escondite cada pocos días, acosado por la Policía colombiana, el Bloque de Búsqueda, los servicios de inteligencia y la DEA estadounidense. Las lujosas propiedades y zoológicos privados quedaron en el pasado; vivía en chalés modestos, sótanos o fincas improvisadas, rodeado de sicarios y con poca capacidad para gastar su dinero con tranquilidad.
El final y la foto trofeo
El 2 de diciembre de 1993, en el tejado de una casa del barrio Los Olivos de Medellín, las fuerzas de seguridad lo abatieron. Las versiones oficiales hablan de un enfrentamiento cuando intentaba huir, pero han persistido las dudas sobre si fue una ejecución. Tras su muerte, varios policías se fotografiaron sonriendo junto al cadáver de Escobar como si fuera un trofeo de caza. Esas imágenes dieron la vuelta al mundo y simbolizaron el fin de una era de terror, pero también la crudeza de aquella guerra sin reglas. Escobar tenía solo 44 años.
Una serie imprescindible
‘Pablo Escobar, el patrón del mal’ es una serie muy recomendable para entender la dualidad de un personaje que mezclaba generosidad con barrios pobres, ambición política y una violencia desmedida que dejó miles de víctimas. Muestra con realismo su paso por la política (llegó a ocupar una silla en el Congreso de la república), su ayuda a los más humildes, su guerra contra el Estado a través de Los Extraditables y esa fortuna colosal que apenas pudo disfrutar por la persecución constante.
La conexión con España (desde la visita a la investidura de Felipe González hasta la colaboración con la banda asesina de ETA) añade una capa llamativa a la historia. Si os gustan las series basadas en hechos reales, no os la perdáis. Solo tengan a mano el mando para subir el volumen en algunos diálogos. Una producción que te deja pensando en cómo el poder, el dinero y la ambición pueden destruir un país… y a quien lo ostenta.
(Por Lourdes Martino)

