Por Alfonso de la Vega
Gracias a la feliz gobernación borbónica el reino de España va colocándose a la cabeza de los índices más desfavorables. La moral va desapareciendo en todos los ámbitos para adaptar al manejable gentío, que no atiende su propia condición sagrada, a las ideas blasfemas y mañas de sus próceres. La dictadura va progresando adecuadamente y en otro paso más se atreve a desvirtuar el Arte y la Cultura, de modo que Sánchez se vanagloria muy ufano: “Deja que los tecno-oligarcas ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos”.
Por lo que se ve cuando explicaron El Quijote en las clases de Literatura española debía estar en el antro de su futuro suegro, de modo que la cosa le suena pero no mucho y así se explica que se haya atrevido a decir lo que ha dicho. Bien es verdad que a su predecesor el malandrín ZP también le diera en su momento por mancillar la memoria cervantina y el honor de una obra extraordinaria y universal. De modo que en defensa del Espíritu no es de extrañar que el propio inmortal caballero se haya dignado contestar al patán en misiva cuyo texto puedo brindar al lector a continuación:

«Mal escudero Sánchez:
Ahora que deseas pasar de jayán de popa a trono subido nos conviene hacer algo de memoria histórica, un breve repaso para recordar algunas de tus felonías más importantes desde que comenzaste tu lamentable carrera en el clan de Monipodio y antros de perdición. La verdad es que, hoy ya repudiado malandrín, nunca pensamos que podrías ofrecer tanto juego entre hampones y germanías cuando te dabas de calabazadas para intentar entender algo bueno o útil. Pero lo tuyo no es la Belleza ni la Justicia ni la Libertad. Con tu faz risueña de jaque irremediable te creías un cabarrús pero has resultado un gran enjambrador de entuertos y desaguisados. Lenguaraz mentiroso y fullero, ablanda-brevas, botarate, badulaque, embaucador de madreselvas progres, generador de balandranes que encajas con mérito mientras los adobas con lengua falsaria y viperina.
Cuando hacías méritos entre el vulgo y cohechabas con ladrones y traidores para conseguir tu ínsula y luego, al principio de tu desastrosa gobernanza que, visto lo visto, mejor cabría calificar de tiranía, me has invocado y yo siguiendo la fraternidad caballeresca que tú deshonras quiero indicarte cuatro verdades y evitar que te pierdas del todo por tan tenebrosa senda. Y porque comprendo que no todos los males te son achacables. Pero, bellaco malandrín fullero y descomunal, atiende: nunca me verás animándote en el error como tantos malos compañeros que te lisonjearán y luego en la desgracia, si te he visto no me acuerdo.
Sabes que yo atendí a mi fiel escudero Sancho que fue un más que digno gobernador mientras duró su aventura y otro tal me hubiera dispuesto a hacer contigo cabeza de melón. Si hubieras seguido un algo su conducta te habrías, y nos habrías, evitado muchos malos tragos amén de tu actual deshonra y desvergüenza. Pero emulaste la de los encanallados duques, falsos nobles frívolos conjurados contra la virtud que nosotros representábamos y te hiciste tartufo mercenario de la plutocracia enemiga. No me duelen prendas y he de reconocer que un primer momento antes de calarte en tu oceánica indigencia moral e intelectual, incluso agradecí que recordarás mi existencia al pueblo español, en buena parte tan ignaro y embrutecido gracias a los apesebrados titiriteros que tanto jaleas, que apenas permite que brille dentro de sí la estrella del Ideal, lo que demuestran riéndose cuando me aludes. Pero tú serás un Sánchez pero sólo te muestras como la imagen invertida, grotesca y deformada de mi buen Sancho.
Pero vamos a lo nuestro. Mis dos consejos principales a Sancho cuando iba a ser nombrado gobernador de su ínsula Barataria eran el del «Temor de Dios» y el del «conócete a ti mismo». Y te los voy a aclarar en estos tiempos modernos para que te sirvan de meditación mientras te aferras a la mancillada poltrona. Donde dice “temor de Dios” te adelanto que es otra forma de llamar a la sabiduría, si bien podrías emplear ahora la palabra ley moral universal o su concreción histórica como marco constitucional. Ese que has hecho trizas pese a haber jurado defenderlo. Porque un gobernante noble y leal ha de atenerse siempre en sus actos a los principios de orden superior que han de informar en todo momento su conducta. Cosa que tú, felón y majadero mendaz y miserable, aupado en la cucaña por otros parecidos a ti, nunca has hecho. Por miedo o por estulticia, o por vanidad o por soberbia.
Te explico. El sentido que le dábamos en mi época es el bíblico “el temor del Señor es el principio de la sabiduría” o bien “está escrito, el secreto del Señor es para los que le temen”. Y lo de la sabiduría aquí te sonará de cuando Platón, que por si no lo sabes te aclaro que fue un gran filósofo griego influido por el pitagorismo y se decidió a ayudar con sus consejos a su amigo gobernador de Siracusa: Proponía de que el gobernante se rodease de filósofos, ya que el poderoso es difícil sino imposible que siendo gobernante pueda ser él mismo filósofo. Y me gustaría que me aclararas, pero después que tú mismo te lo preguntaras, felón desmedrado, si crees acaso, por ventura, que tus huestes sacadas de tales albañales puedan pertenecer al escaso número de filósofos que en el mundo han sido, o si algunas de sus más que escondidas y nunca halladas virtudes pueden encajar dentro del ideal caballeresco.

Y aquí iba mi segundo consejo a Sancho: “Conócete a ti mismo”. Y ahora quizás puedas recordar las palabras de cierto noble caballero: “declaro que nunca he ejercido un control real sobre los acontecimientos, y confieso llanamente, en cambio, que son ellos los que han gobernado mis actos”. Tú eres secuela perniciosa de un acontecimiento terrible cuya autoría nos habéis querido averiguar y hubo cambiado la suerte de España sacándola de la senda de progreso y bienestar como otros graves atentados estratégicos lo hicieron también en su momento.
Bellaco malandrín, te prohíbo que pongas mi honrado nombre en tu boca porque no tomarás el nombre de Don Quijote ni menos el de la Dama y la Orden de Caballería en vano, deslenguado, cuya memoria has traicionado, pues la libertad, por la que se debe arriesgar la vida, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra.
Traidor, embustero remienda-virgos, te has compinchado con los enemigos de España, haciendo pasar por honradas y recatadas doncellas a maritornes felatrices y por caballeros a sus enjibadores o mandiles cuando no mohatreros santiguadores de bolsillos, como el felón tan poco gallardo vizcaíno o los bellacos tales de “esto está lleno de bandoleros y forajidos de donde se deduce que debemos estar cerca de Barcelona.” O esos agarenos malandrines tan peligrosos y distintos del patriota morisco Ricote.
¡Ah! Y la Cultura se dirige a la promoción del Espíritu no a saquear fondos públicos que según tus preciosas ridículas filósofas de guardia no son de nadie. Y se parece bastante más a lo que yo le explicaba al hijo del caballero del verde gabán que a las zafiedades alienantes y embrutecedoras de muchos de tus contemporáneos. Para ejercer el ideal caballeresco es preciso preparar la voluntad para ser fuerte. Y con esa fortaleza de ánimo luchar por la realización de los grandes valores metafísicos y si es llegado el caso dimitir del cargo como hiciera mi leal Sancho, cuando hubieras comprobado que eres causa de ruina y balandranes que hacían insostenible tu permanencia en el poder.
Pero nos has traicionado a todos, acaso te has traicionado a ti mismo, porque aunque lo escondas en tu miseria moral e intelectual participas de la condición sagrada del hombre. Has olvidado, desmemoriado histórico, que yo no me traicioné en Barcelona cuando fui vencido. Porque la verdadera victoria para un caballero está en ser vencedor de sí mismo.
¡Qué Dios te ampare, pero vade retro!
Fdo, Don Quijote, Caballero español, asqueado de remienda virgos y traidores.
Por la transcripción,
Alfonso de la Vega

