El vídeo «Así Le Quitaron la Libertad a España (Y Nadie Protestó)», publicado por el canal Raíz Española, es una reflexión crítica y nostálgica sobre la progresiva pérdida de libertad individual en la vida cotidiana española. El narrador cuenta cómo, en las últimas tres o cuatro décadas, un crecimiento exponencial de normativas, burocracia, permisos, inspecciones y multas ha erosionado la autonomía personal y la sencillez con la que se vivía antes, sin que la sociedad haya ofrecido una resistencia significativa.
De la sencillez del pasado a la asfixia regulatoria actual
El vídeo arranca con una anécdota cotidiana: el autor sale de un taller tras cambiar el aceite y el mecánico le advierte sobre nuevos documentos obligatorios que hay que llevar en el coche para evitar multas de la Guardia Civil. Esto le hace recordar a su padre con un viejo Fiat 600: giraba la llave y se iba sin más trámites. Esa imagen sirve de punto de partida para comparar dos Españas.
Hace 30-40 años, sostiene el narrador, las reglas eran pocas y se limitaban a lo esencial: no matar, no robar, no quemar casas. Para todo lo demás, cada persona se apañaba con sentido común y acuerdos informales. Ejemplos concretos que repite:
- Un tío suyo montó un taller mecánico en el garaje en los años 80 con un simple cartel escrito a mano («Reparaciones, Manolo, y punto»). Nadie le exigió licencias de actividad, permisos ambientales, gestión de residuos peligrosos ni alta como autónomo. Hoy, abrir el mismo taller en el garaje desencadenaría multas del ayuntamiento, Hacienda, inspecciones ambientales y cierre casi seguro.
- Su madre cosía ropa para vecinas en casa y cobraba en efectivo sin declarar nada. Era una economía de subsistencia honesta y aceptada socialmente. Actualmente, cualquier ingreso pequeño obliga a darse de alta como autónomo, pagar cuota mensual fija (aunque no haya ingresos) y facturar todo, lo que desincentiva ese microemprendimiento.
El narrador insiste en que no idealiza el pasado —reconoce que había problemas graves que se han solucionado—, pero afirma que se ha pasado de un extremo (poca regulación) a otro opuesto: una regla para cada gesto cotidiano.
Ejemplos que ilustran la burocratización total
A lo largo del metraje se acumulan casos que muestran cómo la vida diaria se ha complicado:
- Reformas en casa: antes se llamaba a un albañil de confianza y se hacía la obra. Ahora, incluso cambios menores requieren permiso de obras, planos de arquitecto, aparejador, tasas y esperas de meses. Una reforma que costaba 10.000 € puede llegar a 25.000 € solo por trámites obligatorios.
- Toldos y estética urbana: instalar una tolda en la terraza exige permiso municipal; el color puede ser rechazado por no cumplir con normativas estéticas del entorno.
- Negocios pequeños: abrir un bar o tienda implica licencias de apertura, actividad, terraza, seguridad contra incendios, accesibilidad, manipulación de alimentos, residuos… Cada trámite cuesta dinero y tiempo.
- Multas desproporcionadas y automáticas: aparcar dos minutos para descargar, tirar una colilla, no llevar cinturón a pocos metros de casa… todo genera sanciones inmediatas. El narrador sugiere que muchas funcionan como mecanismo de recaudación para ayuntamientos con problemas financieros, más que como herramienta de seguridad real (cámaras de velocidad en rectas donde todos superan ligeramente el límite).
- Sanidad y atención médica: del médico de cabecera que escribía recetas a mano y escuchaba al paciente, se ha pasado a citas online con largas esperas, consultas de 10 minutos mirando la pantalla y recetas electrónicas con caducidad estricta.
- Relaciones vecinales: antes se resolvía un problema de ruido hablando con el vecino. Ahora se denuncia directamente a la policía, generando multas y enemistad permanente. Se ha perdido la resolución informal y el sentido de comunidad.
El mensaje central: ¿progreso o control?
El autor plantea una pregunta recurrente: ¿realmente vivimos mejor con tanta norma, o solo estamos más estresados, controlados y pobres de iniciativa? Argumenta que muchas regulaciones no nacen de una necesidad real de proteger, sino de justificar puestos de trabajo en oficinas, generar ingresos vía multas o dar poder a funcionarios.
Critica especialmente cómo se asfixia el emprendimiento real de la gente corriente (la mujer que vende pasteles caseros, el que arregla ordenadores en casa, el que da clases particulares), etiquetándolo como «economía sumergida» y persiguiéndolo, mientras se anima oficialmente a «ser emprendedor».
Termina con tono de frustración: se ha hecho ilegal o imposible lo que antes era simplemente ayudarse o vivir con naturalidad. Y lo más llamativo: todo esto ha ocurrido sin que apenas nadie protestara de forma masiva. La burocracia se ha normalizado hasta el punto de que la mayoría la acepta como inevitable.

