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Gestapo galleguista municipal en La Coruña

Por Alfonso de la Vega

A acadesa de A Coruña, la señorita Inés, quiere imponer el uso del gallego en el ayuntamiento de La Coruña, ahora sin L desde que se fuera el añorado Paco Vázquez, el defensor del honor y dignidad de la ciudad contra la vengativa imposición toponímica de la carcundia popular compostelana. No es la única tropelía de una alcalde acostumbrada a rebuznar de balde y émula de una pródiga Penélope, a deshacer la obra de su citado antecesor.

El lema tradicional era “La Coruña, ciudad en la que nadie es forastero”. Un lema que reflejaba fielmente el carácter acogedor y civilizado de sus habitantes o de la propia ciudad, abierta, liberal, culta y cosmopolita. Eran otros tiempos anteriores al dominio del nacional socialismo bipartito en el que se con dinero público saqueado a sus ciudadanos y contra esa tradición inveterada promueve el fanatismo y la cerrazón roja indigenista globalitaria para degradarla. Ahora, por ejemplo y para su vergüenza, en la otrora ciudad alegre y confiada Abascal no sólo es considerado como «forastero» sino también como «enemigo del pueblo». Al modo de la obra homónima de Ibsen por un populacho violento, ignaro o encanallado incapaz de entender ni asumir la realidad en la que vegeta.

Sin embargo, La  Coruña aún sigue siendo una ciudad muy apacible y civilizada aunque padece el “nacional socialismo” de Bloque, Mareas y PSG, reforzado con el complaciente del PP que viene a hacer aquí las veces del nacionalismo moderado catalán. Es una ciudad tranquila, decadente, con pocos sobresaltos, notablemente venida a menos desde que Vázquez dejara la alcaldía. Ahora, está en manos de una desahogada socialista rama nacionalista progre, en las antípodas ideológicas del gran alcalde Vázquez y contumaz liquidadora de su legado cívico y urbanístico, que no ha perdido tiempo en mostrarse coherente solidaria con los violentos provocadores, que no con sus víctimas. Era de esperar, nada extraño en tan lamentable personaje y su partido.

Acaso por algún trauma de niñez doña Inés tiene la ciudad patas arriba, llena de hoyos y muestra un odio almohade hacía el perseguido automovilista. No se entiende su obsesión enfermiza para hacer obras y obras para bicicletas, patinetes y demás peligrosos artefactos mortales que sirven de pretexto para eliminar plazas de aparcamiento y dificultar el tráfico en lo posible. Todo ello para mayor persecución del ciudadano y cualquier pretexto le vale.  

Pero, volviendo al principio, tiene su morbo el que ose llamar “anormales” a los funcionarios o sufrido público que se resiste a ser obligado a hablar en “dialecto” como cuando no había costosa autonomía lo denominaban Rosalía o la Pardo Bazán.

En efecto, el título del engendro liberticida con el que pretende dilapidar más de 41.000 euros de los impuestos saqueados a sus víctimas ya casi lo dice todo: «Asistencia técnica para la elaboración del Plan de Normalización Lingüística del Ayuntamiento de A Coruña».

Es de temer que luego vendrá otro suculento botín con el del futuro Plan de normalización bajo la dirección del pintoresco “Servicio de Normalización Lingüística del Ayuntamiento” y la consiguiente contratación de gestapos entre los paniaguados afines para denunciar a los malvados hablantes en español. 

No soy jurista pero como simple ciudadano afectado me parece una iniciativa perpetrada contra mis derechos civiles, de no constituir además una prevaricación y malversación de fondos públicos.  Creo que sería preferible que la señorita Inés probara a “normalizar” a su santa familia y a ser posible con su dinero. Aunque a decir verdad, y en su descargo lo digo, no es la única que padece tan grave y liberticida enajenación o envenenamiento mental.

Recuerdo una anécdota significativa. Realizaba gestiones para informarme del estado de tramitación de una licencia de obra lineal de infraestructura pública que se demoraba más de lo habitual, de modo que intenté averiguar qué pasaba.  Subí al despacho de la unidad correspondiente en la parte alta del bonito edificio municipal coruñés. Pero no había nadie conocido como si hubiesen pasado por allí los temibles secuaces de Herodes o el mismísimo ángel exterminador de Egipto. Buscando entre los intrincados pasillos me topé con un conserje quien tras consultar con otro compañero amablemente me dirigió al nuevo destino: un chiscón abuhardillado escondido donde se apretujaba sin espacio apenas toda la unidad administrativa remedo de la famosa oficina siniestra de La Codorniz. Algo escamado indagué con la antes eficaz jefe del atribulado negociado la razón de tan insólito destierro: “mira Alfonso. Nos han echado del despacho y arrinconado aquí amontonándonos en este zulo para hacer sitio a los nuevos comisarios para la normalización lingüística y tenemos un gran desbarajuste con los expedientes”.  

Así funciona la Administración en el reino autonómico de España. Hay prioridades.

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