Por Alfonso de la Vega
“Líbrame Señor del malvado, que planean maldades en su corazón y todo el día provocan contiendas, afilan sus lenguas como serpientes, con veneno de víboras en sus labios ,,, Señor, no les concedas sus deseos al malvado, no des éxito a sus proyectos” (Salmo 139, cantado en Vísperas)
Hoy, 14 de julio, es la fiesta nacional francesa que celebra la famosa toma de la Bastilla, símbolo de la opresión monárquica y el comienzo de una revolución que prometía transformar a los súbditos de los reyes en ciudadanos libres. Tantos años después, cabe hacer nuevo balance histórico de logros y fracasos obtenidos y preguntarse qué ha podido ocurrir para que la postración actual haya vuelto a convertir a los orgullosos ciudadanos en nuevos esclavos. Tanto como para ni siquiera reconocerse muchos de ellos como tales.
Las causas son varias pero quizás nunca el pueblo en los últimos siglos ha estado más lejos de disfrutar de una verdadera soberanía, pese a la paradoja de disponer de un régimen presuntamente democrático pero en el que los legítimos intereses de los pueblos son burlados, avasallados por una voraz “aristocracia” sui generis que oculta entre bambalinas disfruta de privilegios de todo tipo y sin cuento, que se parapeta tras los nuevos pretorianos y las corrompidas organizaciones globalitarias internacionales.
Una “aristocracia” o mejor dicho, plutocracia impune que somete a las gentes mediante la propaganda, el miedo, las trampas, el control mental o con la tiranía política allí donde no llega la capacidad devastadora de sus media prostituidos.
Da vergüenza contemplar hoy en el Paris de la Francia nuevamente ocupada a indeseables como la comisionista von Leyen o el dictador sionista ucraniano celebrando el aniversario, junto con el belicoso títere Macron con la dignidad a media asta, quien dirigió su último desfile por el Día de la Bastilla como presidente de Francia.
Para mayor bochorno y escandalosa tergiversación de los símbolos, los Campos Elíseos se convirtieron en “vitrina de unidad y honor para Ucrania”. Especialmente preocupante es la manipulación simbólica puesto que el símbolo no sólo afecta a la razón sino que mueve emociones. En otro tiempo se preparaban grandes bulevares en París para que de ser necesario pudieran maniobrar con facilidad las tropas represivas. Hoy con la televisión basta.
¿Arde París? se preguntaba un histérico Hitler. No, no hace falta, lo están quemando las propias instituciones francesas, multiculturalistas incluidas.
Desde luego que no todo lo acontecido durante la revolución merece aplauso. Se cometieron muchos excesos, muchos crímenes incluido el genocidio de La Vandée, pero tenga razón o no Marx cuando decía que la violencia era la partera de la historia, no deja de constituir una necesidad el recurso a la rebelión cuando la justicia es arrumbada y el mal prevalece.
Dentro del eterno retorno, acaso hoy nos encontramos en otro momento histórico parecido al de entonces. Contra toda moralidad o racionalidad las élites más depravadas afirman preparar un nuevo baño de sangre en Europa. Parece que solo una revolución, que ojalá sea pacífica y verdaderamente filantrópica dirigida al bien común, nos pueda salvar de la destrucción programada por tales gentes sin conciencia.

