La liberticida y totalitaria revolución de género, vulgo coñocracia, actúa como un proceso de subversión cultural mundial que, apoyado por las nuevas tecnologías y organismos internacionales, busca separar la identidad humana de su realidad biológica. La transmutación del lenguaje y las políticas internacionales, pues, han transformado los conceptos tradicionales de la familia y el ser humano. En ese sentido, el feminismo y la ideología de género no son una evolución natural de los denominados derechos humanos, que irrevocablemente plasmarían en derecho positivo lo que se grita como ley natural. Nos hallamos, entonces, ante una feroz y feraz estrategia de subversión cultural – cuyos ejes rectores son el rencor, la envidia y el odio – perfectamente planificada. Desde arriba. Y desde ahí y hacia abajo, en plenos días del “orgullo”, (casi) todos se someten a semejante mamarracho ideológico que atenta contra la verdad y la libertad y la belleza de las cosas. En defensa pues del razonable, muy razonable patriarcado.

Orgulloso de mi familia y mi estirpe
Sus postulados esenciales promueven la destrucción de la antropología más esencial. El matrimonio, la complementariedad entre hombre y mujer, la paternidad, la maternidad y la filiación, la familia, tanto nuclear como extensa, son catalogados por esta delirante y satánica corriente como meras «construcciones sociales» o «estereotipos».
Son agencias supranacionales (como ciertos comités de la ONU y otros menos visibles) los que llevan decenios imponiendo avasalladoramente esta mutación cultural a nivel internacional sin el debate ni el consentimiento real de las sociedades. Todo ello a través de un basuriento engrudo verborrágico (términos como «género performativo» o «neutralidad») que excluye intencionadamente palabras atemporales y universales como padre, madre, hijo, hombre o mujer para forzarnos a la aldea global planetaria a una nueva forma de pensar. Neolengua orwelliana que silencia o penaliza mediante algoritmos las posturas tradicionales. El sentido común, vamos.

Nuevas tecnologías y transhumanismo
El papel de las «Nuevas Tecnologías» en esta revolución y el ceñido vínculo entre el generismo/transgenerismo y la tecnología se entiende dentro de lo que más o menos foucaultianamente se denomina la «tecnología del género» y la deriva transhumanista. La desconexión de la ineludible biología, como siempre. Recuerden que las nuevas tecnologías biomédicas y de reproducción asistida permiten separar la procreación del acto conyugal tradicional y del cuerpo biológico. Esto facilitaría la idea de que el sexo (cuyo obvio telos es la reproducción) es algo «elegible» o puramente tecnológico.

El nexo con el transhumanismo cibernético deviene sobradamente palmario. Ambas corrientes ven el cuerpo humano y sus límites biológicos (como el sexo o el envejecimiento, incluso la muerte) como algo deforme que la tecnología debe corregir, rediseñar o «subvertir». El paradigma cíborg, pues, que a su vez difumina naciones, etnias y razas, otro de los atroces asuntos cruciales de nuestro tiempo.
En fin.

