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Siguen justificando que Campechano mintiera a Franco faltando a su palabra y a su juramento

En una reciente entrevista, Juan Fernández-Miranda, hijo del histórico político Torcuato Fernández-Miranda, ha defendido la figura de su padre y, de paso, la del rey Juan Carlos I. La frase central que se destaca es: «Mi padre le dijo a Don Juan Carlos que podía jurar las leyes de Franco porque tenían el instrumento para cambiarlas».

Según este relato, Torcuato Fernández-Miranda habría tranquilizado al entonces príncipe ante sus supuestas dudas morales: las leyes “atan, pero no encadenan” y podrían modificarse una a una por la vía legal. Esta interpretación presenta el juramento de los Principios del Movimiento Nacional y las Leyes Fundamentales del franquismo como un mero formalismo técnico, una especie de reserva mental permitida por un hábil artificio jurídico.

Sin embargo, esta narración parece más una operación de limpieza de imagen que una descripción fiel de los hechos. Lo que Fernández-Miranda hijo está intentando ocultar, o al menos suavizar, es algo mucho más incómodo: Juan Carlos mintió a Franco y faltó a su palabra de forma deliberada.

El contexto del juramento

Cuando Francisco Franco designó a Juan Carlos como su sucesor en 1969, el príncipe juró solemnemente lealtad a los principios fundamentales del régimen. No se trató de un trámite vacío. Franco, hombre de honor militar y obsesionado con la continuidad del Movimiento, exigía garantías reales de que su obra no sería desmantelada. Juan Carlos, en público y en privado, dio esas garantías.

Años después, una vez proclamado rey tras la muerte de Franco en noviembre de 1975, el mismo Juan Carlos impulsó, con la ayuda decisiva de Torcuato Fernández-Miranda y Adolfo Suárez, la desmontaje ordenado de aquel sistema que había jurado defender. La Transición se hizo “de la ley a la ley”, sí, pero partiendo de un juramento que, desde el primer momento, muchos interpretaron como carente de sinceridad por parte del monarca.

La coartada del “instrumento para cambiarlas”

La defensa de Fernández-Miranda consiste en argumentar que el juramento no implicaba perjurio porque ya existía un plan para reformar las leyes desde dentro. Pero esta justificación jurídica choca con la realidad política y ética:

  • Franco no entendió el juramento como una promesa condicional o provisional. Para él, era un compromiso de lealtad personal y política.
  • Juan Carlos nunca manifestó públicamente, ni ante Franco ni ante las instituciones del régimen, que su adhesión era temporal o táctica. Mantuvo la apariencia de continuidad mientras preparaba el cambio.
  • La famosa frase “las leyes atan, pero no encadenan” es un elegante sofisma legal que no borra el hecho de que se dio la palabra y se incumplió en su espíritu.

En definitiva, lo que Fernández-Miranda presenta como una astuta maniobra de su padre para facilitar la Transición es, visto con honestidad, la cobertura intelectual de una doblez: Juan Carlos juró ante Franco lo que no tenía intención real de mantener a largo plazo. Fue una mentira política calculada, necesaria quizá para algunos para evitar una ruptura violenta, pero mentira al fin y al cabo.

Por qué importa esta distinción

Cincuenta años después, sigue siendo relevante distinguir entre la habilidad táctica de Fernández-Miranda (que fue indudable como arquitecto de la reforma) y la honestidad personal del rey. Convertir al juramento en un mero tecnicismo es intentar blanquear lo que fue una traición calculada al legado de Franco, algo que el propio Caudillo probablemente intuyó demasiado tarde.

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