El caso de Rebeca Cardoso Tenente Molina, una psicóloga de 32 años, ha generado polémica en Brasil y reavivado el debate sobre los riesgos de la inteligencia artificial en el sistema de salud público.
Molina acudió a principios de junio a un hospital en Minas Gerais por lo que inicialmente se pensó que eran cálculos biliares. Su estado se deterioró rápidamente y los médicos determinaron que necesitaba ingreso urgente en una unidad de cuidados intensivos (UCI). Sin embargo, un nuevo sistema estatal automatizado de regulación de camas, llamado Core-MG, clasificó su caso con una puntuación de gravedad de 6.8, lo que impidió un traslado prioritario.
Según su familia, a pesar de que los médicos insistían en la urgencia y de que los familiares recurrieron incluso a la justicia para acelerar el proceso, tuvieron que esperar aproximadamente cinco días hasta que se encontró una cama disponible a unos 300 kilómetros de distancia. Molina fue trasladada en avión privado, pero falleció pocas horas después de su llegada. El certificado de defunción indica shock séptico como causa principal, aunque aún se investigan los factores que desencadenaron su rápido empeoramiento.
Samela Cardoso Tenente Furtado, hermana gemela de Rebeca y abogada, denunció públicamente el caso: “Los médicos perdieron la autonomía para decidir si un paciente está muy grave”. Criticó que el sistema de IA no permitía actualizar la puntuación a pesar de los resultados clínicos que empeoraban, y señaló que pacientes con puntuaciones ligeramente superiores (8 o 6.9) habrían sido priorizados.
El sistema Core-MG fue implementado el mes pasado por las autoridades de Minas Gerais con el objetivo de hacer más rápida y transparente la asignación de camas hospitalarias, clasificando a los pacientes según su gravedad. Las autoridades sanitarias del estado han defendido la plataforma, afirmando que Molina fue registrada de inmediato, que los traslados dependen de la disponibilidad real de camas y necesidades clínicas, y que el control médico sigue presente en el proceso. Niegan que el sistema haya perjudicado directamente a la paciente.
Este caso se suma a una serie de preocupaciones globales sobre la integración de la inteligencia artificial en la atención sanitaria. En Estados Unidos, por ejemplo, se han presentado demandas contra aseguradoras por supuestas denegaciones automáticas de coberturas, y profesionales de la salud han advertido sobre la implementación apresurada de herramientas de IA sin suficiente supervisión humana.
El trágico fallecimiento de Rebeca Molina pone de manifiesto los dilemas éticos de delegar decisiones críticas en algoritmos: ¿pueden las máquinas sustituir el juicio clínico en situaciones de vida o muerte? Mientras las autoridades promueven la eficiencia tecnológica, familiares y parte del personal médico exigen que la IA sea una herramienta de apoyo y no un reemplazo de la responsabilidad humana.

