Por Antonio Barrera (abogado)
Las elecciones andaluzas han dejado una lectura bastante clara: el PP revalida su victoria, pero pierde la mayoría absoluta, el PSOE se hunde todavía más, Vox mantiene un papel relevante como apoyo potencial de gobierno y la izquierda alternativa vuelve a demostrar que sigue dividida, aunque con un reparto de fuerzas muy distinto al de hace unos años.
En conjunto, el resultado confirma una Andalucía políticamente más estable en la superficie, pero con un mapa partidista cada vez más fragmentado por debajo. Ahora veremos por qué.
Una victoria con matices
El primer dato es obvio: el PP gana otra vez. Pero ganar no siempre significa arrasar, y esta vez la victoria tiene un matiz importante, porque no alcanza la mayoría absoluta y queda obligado a buscar apoyos para gobernar con holgura. Eso cambia el tono del resultado: ya no es tanto una ola conservadora incontestable como una victoria sólida, sí, pero menos rotunda de lo que parecía en los días previos.
La clave está en que Juanma Moreno ha logrado mantenerse aprovechando del descontento generalizado e, incluso, odio que persiste hacia todo lo que tenga que ver con el PSOE o la izquierda, que parece seguir funcionando muy bien en un electorado andaluz cansado de conflicto y de ruido. Frente a un PSOE debilitado y una izquierda fragmentada, el PP ha sabido presentarse como la opción “menos mala”. Esa ventaja, en política, suele valer más que cualquier discurso épico.
Ello a pesar de los escándalos surgidos en torno a la ausencia y errores por los cribados de cáncer de mama, o a las últimas noticias que afectan a la financiación de las universidades públicas.
El derrumbe socialista
El PSOE vuelve a pagar un desgaste que ya no puede explicarse solo por una mala campaña. Hay algo más profundo: pérdida de credibilidad, falta de relato y una desconexión creciente con amplios sectores del electorado que antes lo veían como la alternativa natural de gobierno. María Jesús Montero no ha conseguido revertir esa tendencia, y el partido sigue sin ofrecer una respuesta convincente al dominio del PP en la comunidad.
El problema socialista no es únicamente electoral, sino de posición política. Cuando un partido deja de encarnar esperanza y empieza a sonar a rutina defensiva, el votante castiga. Y en Andalucía ese castigo ha sido especialmente severo. No obstante, se evidencian testimonios y diversidad de opiniones, sobre todo entre sus votantes.
Un buen número de ellos culpa a los agitadores provenientes de la derecha y ultraderecha, a quienes acusa de propagar rumores, información falsa, bulos o fake news si se prefiere, lo cual ha provocado que se siembre una semilla de odio o discordia hacia todo lo que provenga del PSOE. Eso y a los 40 años que este partido estuvo gobernando en Andalucía.
La izquierda dividida
En el espacio a la izquierda del PSOE, el resultado confirma una pelea que ya venía de lejos. Adelante Andalucía sale reforzada y logra capitalizar una parte del voto crítico que busca una identidad más nítida, más reconocible y menos dependiente de equilibrios internos. Por Andalucía, en cambio, sobrevive pero sin fuerza suficiente para imponer liderazgo, y esa es quizá la lección más importante: la coalición no ha conseguido convertirse en una referencia estable.
Hay un intenso debate entre los votantes de estas izquierdas: los hay quienes critican que no hubieran formado una coalición, en contraposición a aquellos que sostenían las principales diferencias que los alejaban. Pues el argumento sobre el que pivotaba la negativa a la coalición era que Por Andalucía iba a depender siempre de lo que un despacho en Madrid le dijera, mientras que Adelante Andalucía iba a ser más soberanista y a mirar primero por los andaluces.
La desaparición de Podemos Andalucía como actor propio completa el cuadro. El espacio morado ya no tiene autonomía real en Andalucía y sufre las consecuencias de años de fractura, desgaste y pérdida de centralidad. Lo que antes aspiraba a ser una fuerza de ruptura hoy queda diluido entre siglas prestadas y estructuras compartidas.
El papel de Vox
Vox merece una lectura aparte. No protagoniza la jornada, pero sigue siendo relevante porque conserva un volumen de voto que le permite seguir condicionando el tablero, sobre todo en la aritmética de posibles alianzas o apoyos externos. Su resultado no significa una expansión espectacular, pero sí una consolidación suficiente como para no ser ignorado.
Más allá de sus escaños, Vox sigue cumpliendo una función política clara: moviliza a un electorado muy ideologizado, recoge voto de protesta a la derecha del PP y empuja el debate hacia posiciones más duras en temas como inmigración, identidad, seguridad o rechazo a la Agenda 2030. Su presencia refuerza la presión sobre el PP, que puede gobernar solo o negociar, pero nunca del todo cómodo.
Los famosos voto protesta
También conviene no pasar por alto los votos a opciones como Falange de las JONS o Se Acabó la Fiesta. Son formaciones que no compiten de verdad por el poder, pero sí funcionan como vía de escape para parte del descontento ciudadano. En ese sentido, su papel es más sintomático que decisivo: revelan hartazgo, desafección y ganas de castigar al sistema antes que una adhesión programática sólida.
Y en este grupo veo conveniente incluir aquellas formaciones más disruptivas que se han creado para alejarse de las opciones políticas convencionales. Por un lado, el conocido por sus desplantes y polémicas en redes: el Partido Andalusí, que reivindica la cultura y normalizar el árabe como lengua histórica de Andalucía, llegando a proponer la integración territorial de Ceuta, Melilla y las Islas Canarias en la comunidad autónoma. Por otro lado, el Partido Autónomos, que se fundó en el año 2020 tras la Pandemia y que busca representar los derechos de los trabajadores autónomos y de sus familias, ganando cierta notoriedad desde entonces.
Una foto política
La foto final es la de una Andalucía donde el PP debe pactar para poder seguir mandando, el PSOE continúa cayendo, Vox conserva capacidad de influencia y la izquierda alternativa continúa buscando una fórmula que no acaba de encontrar. No hay una mayoría indiscutible, pero sí una tendencia muy marcada: la centralidad política andaluza se ha desplazado hacia la derecha, mientras la oposición sigue sin recomponerse.
Lo más llamativo no es solo quién gana, sino lo difícil que sigue siendo articular una alternativa creíble. Y en política, cuando una victoria se repite y la oposición no logra reorganizarse, el poder termina pareciendo más natural de lo que realmente es.

