Por Alfonso de la Vega
En Córdoba los patios se engalanan estos días con las más bonitas flores en un sencillo espectáculo de singular belleza y colorido. Con la llegada de la primavera se han producido más votaciones, ahora en Andalucía, tras la Semana Santa, la feria sevillana de Abril y antes de la romería del Rocío. Por lo que se ve se trataría de un fenómeno antropológico más que político que puede interpretarse como una distracción, una impostura. Al cabo una burla de la buena voluntad de la gente común que contra toda evidencia aún confía en unas instituciones que la han traicionado. El asunto me recuerda el tema de la obra lorquiana Doña Rosita la Soltera o el lenguaje de las flores. Una historia triste de amores traicionados, o de la desolación de una ilusión.
Sin embargo, aún hay mucha gente que cree en el sistema, en esa promesa fallida del feliz himeneo de la clase política con el pueblo. Tal como se han ido degradando las cosas en el reino de España y en el resto de occidente conviene intentar teorizar las razones por las que aún este manoseado rito electoral mantiene éxito de público y solo poco más de un tercio del censo, ¡y bajando!, practica la abstención, cuestión que tampoco parece importar. Y en el que un 41,7 % del censo aún vota al bipartito agendista turnista en sus versiones roja a o azul, principales responsables de nuestros males por lo que no parece vaya a haber pronta solución a nuestros problemas por esta vía.
Cabría aventurar la hipótesis de que nos encontraríamos ante el resultado de la combinación de la guerra cognitiva junto con la biotipología de la delincuencia multitudinaria. El delito de masas o multitudinario es el que el sujeto activo deja de ser primordialmente una persona física determinada o varias individualizables para encarnar en un conglomerado arbitrario e inorgánico pero con vida psicológica y moral propias. Es decir, el que perpetra el electorado acrítico contra la nación y el bienestar de la sociedad. En especial el que de modo contumaz sigue votando a determinadas bandas en las que se ve representado, sea a la «gorgona mopongo» o al relamido agendista de igual servicio. La democracia lejos de ser una forma de gobierno y de control del poder degenera en el predominio de la cantidad sobre la calidad y los valores metafísicos, pudiendo llegar en ocasiones incluso a legitimar con la soberanía del número y del imperio democrático de las muchedumbres cualquier barbaridad o delito hasta convertirse en la antesala del despotismo o la tiranía.
El estudio científico de las masas en lo psicológico y lo delictivo fue iniciado por penalistas italianos como Plugiese, seguidos de franceses como Pottier, Abbo o el propio Gustavo Le Bon con su importante libro Psicología de las masas. En general entre los tratadistas meridionales se hace hincapié en la mayor responsabilidad de los líderes o conductores (meneurs) que la de los conducidos (menés), Sin embargo, en la escuela alemana entienden que muchas veces los cabecillas pueden ser arrollados por las chusmas de manera que los máximos excesos se perpetrarían casi siempre contra la voluntad de los dirigentes. También se cuestionan la hipótesis de la heterogeneidad de la masa puesto que más allá de la diversidad de procedencias en clases, sexos, edades, renta o educación se puede colegir cierta homogeneidad en cuanto a cualidades psicológicas y su identificación con el presunto objeto de su preferencia. Incluso contra lo que objetivamente son sus verdaderos intereses, lo que no deja de ser notable, pero que parece resultado de una eficaz nueva modalidad de guerra,
Frente a la doctrina del pecado original Rousseau exponía la del buen salvaje corrompido. Una forma posmoderna de corrupción generalizada en occidente se perpetra mediante la hoy llamada guerra cognitiva cuyo objeto de ataque y campo de batalla es la psiquis humana. Dejando de lado los casos en que forme parte de una guerra híbrida, no se hace con drones ni misiles sino con propaganda y demagogia. Quienes la provocan y llevan a cabo tienen como objetivo inmediato influir, controlar o alterar la conducta en todo o en parte. El funcionamiento de la estructura psíquica, en cualquiera de sus partes (razón, pasiones e instintos superiores e inferiores) o bien, en todas ellas. El comportamiento (consciente o no) de las personas atacadas. En resumen: pretende incidir de algún modo en aquello que la gente siente o piensa (se puede entender como una batalla por las mentes y los corazones), repercutiendo así en su comportamiento. De modo que la gente ve como normal o razonable cualquier aberración al servicio de la oligarquía. Sea la corrupción, la agenda 2030, el falso cambio climático, lo WOKE, la invasión demográfica, la impostura, la violación de la constitución o lo que quiera que fuere.
Atendiendo a la definición de Psicopolítica postulada por Kenneth Goff: «el arte o técnica de cambiar los cauces del pensamiento y los sentimientos ajenos», cabe afirmar que la guerra cognitiva constituye Psicopolítica en ejecución sostenida, a gran escala y conforme a un criterio o plan estratégico. Existen matices: Paul Ottewell es un militar británico que considera que la guerra cognitiva busca ante todo alterar las percepciones de un grupo de personas, con la pretensión de que tal alteración se manifieste en determinadas acciones o reacciones. Por ejemplo con la aceptación de las aberraciones o con los votos. En efecto, ya que la política posmoderna no se dirige a intentar la consecución del bien común, se manipula al votante para que considere conveniente cualquier sindiós que el poder decida perpetrar. Se establece un dominio cognitivo que fijaría el universo simbólico ad hoc en una determinada comunidad. La OTAN la entiende como una estrategia enfocada en alterar, a través de los medios de información, cómo piensa una población objetivo y, a través de eso, moldear sus actuaciones.
Probablemente, nos encontremos en una fase transitoria de la civilización, la de mantener la ficción de la democracia y su pretendida función legitimadora, aún útil para entretener al público mientras avanza la IA y la robotización hasta que el propio votante, en cuanto ser humano, ya sobre o no sea necesario para mantener el nuevo orden que busca imponer la plutocracia. Mientras tanto gira la rueda de la fortuna y allí donde no hay delito puede haber vicio semejante al del ludópata impenitente que pone una y otra vez su ficha en la urna como en una ruleta trucada, sin entender que tanto aquí como en los casinos la banca siempre gana.
La ley de los rendimientos decrecientes también es de aplicación en la propaganda que sin duda tiene mucho poder pero no el de cambiar la realidad. Sin embargo, la casta política ha salido reforzada del encuentro. Es posible que estemos ante un movimiento internacional incipiente de resistencia para sobrevivir pero los resultados oficiales de las votaciones andaluzas indicarían que aún no habría llegado al reino de España.

