Por Alfonso de la Vega
Cada cierto tiempo la pertinaz Monarquía echa sus peones caducados a las fieras para distracción del populacho y fugaz consuelo de afligidos. En ocasiones como ahora el circo tiene varias pistas exhibiendo a la vez un más difícil todavía de las infinitas corrupciones de los unos y los otros, y con antiguos excelentísimos señores ministros de la Corona en el banquillo. Sin embargo, otros como los de la raza superior catalana permanecen impunes, nieve, llueva o prevalezca la pertinaz sequía. Los ex jefes del gobierno de Su Majestad también resultan impunes, incluso por ahí andan el super agente Isidoro, Mariano calzas lilas o el satánico ZP dando lecciones de moralidad y buenas costumbres,
Hay muchas formas de corrupción, la primera es la del entendimiento, por ejemplo que no se considere nepotismo el que la misma Jefatura del Estado se herede como una finca rústica manifiestamente mejorable sin tener en cuenta los méritos personales del afortunado. Además de las grandes hazañas borbónicas y socialistas durante esta última Reinstauración cabe recordar otras anteriores.
Pero la Historia nos muestra que los Borbones no son los únicos. La corrupción durante los últimos Austrias está documentada entre otros por el gran Quevedo en su etapa de embajador y consejero del virrey duque de Osuna. El gran rey Felipe II había dicho de su heredero Felipe III: “Me temo que le han de gobernar”. En efecto, le sucede un pelele en manos de un valido. Sobre este Felipe, tan parecido a otro tocayo que el lector bien conoce, la insigne Clara Campoamor nos lo retrata así: “como burla de sus raquíticas virtudes públicas, el nuevo Austria ostenta el más imponente aspecto de los de su Casa real. Pero ni aun la viril arrogancia de su arte ecuestre, en que tanto se distinguió, disfrazan el pauperismo de la voluntad, la poquedad de la inteligencia.” De la fofa naturaleza de tal rey imbel y blandengue se aprovechaban validos y cortesanos empoderados: Lerma, Calderón, Uceda, hijo de Lerma y cosuegro de Osuna. Cuando le zumban demasiado los oídos a Su Majestad, con admirable osadía firma graves decretos en los que “Se prohíbe y pena el cohecho”. Y aquí paz y después, gloria.

Nada nuevo bajo el sol. En el Supremo el espectáculo de estos días con las hazañas de la banda socialista que tan brillantemente sostiene las instituciones del régimen está resultando grandioso renovando algo tan nuestro como el género de la picaresca. Pero nuestros socialistas actuales, efectivo brazo exquisito de los Borbones restaurados, no han inventado nada. Ya en la Corte del citado don Felipe III todo tenía un precio. Había lonja de empleos públicos. Se vendían en granjería presente y en mercado de futuros. Todo tiene su tasa y se cobra a justiprecio. Un ejemplo, en carta de un tal Andrés Velásquez al duque de Lerma: “M es muy de vuestra excelencia; desea una alfombra: envíele vuestra excelencia dos, y ruegue a Dios que otro no le dé tres”.
Otro ejemplo del propio Quevedo que se deduce de uno de sus procesos. En cierta carta al virrey le explica que media Corte anda detrás de él, que no había hombre que no le hiciese mil ofrecimientos en el servicio del Virrey a cuenta de 30.000 ducados cuya letra ha recibido y cuya posesión ha hecho conocer “a todos los que entienden de esta manera de escribir”. De modo que si uno manda 30.000 ducados, el otro ha de subir la puja o mordida, pues no alcanza a quien no da. Para alcanzar el deseado virreinato de Nápoles le sugiere soborne a Calderón, paje de Lerma y al propio confesor real, el P. Aliaga, quien resultará agraciado por valor de 1.500 ducados.
En una colina en la ribera izquierda del Arlanza se alza majestuoso el Palacio ducal de Lerma, hoy convertido en uno de los más monumentales paradores. Cuando Felipe III se murió, la Justicia se animó a funcionar: Calderón terminó en la horca, Lerma «se vistió de colorado para no morir ahorcado» y Osuna, cosuegro de su hijo, moriría en la cárcel. Justicia tardía desde estrado seguro tras la protectora barrera. Pero «a rey muerto rey puesto» y para terminar de rematar la cosa llegó Felipe IV y el no menos aventajado Conde Duque de Olivares. El oro de los galeones por ventura escapados de los piratas ingleses u holandeses cae luego en las garras de la podrida administración monárquica donde desaparece sin remedio ni mejora para el común de los sufridos súbditos.
Pero el botín no llegaba para tanto dispendio ni disparate cortesano y es preciso recurrir a usureros judíos que fomentan y financian el vicio, la molicie, el trapicheo y la corrupción palaciegas. Y de ahí lúcidas obras quevedescas como La Fortuna con seso o La Hora de todos con la denuncia póstuma de sus terribles «Monopantos», o la más famosa Execración contra los Judíos.

Por su parte Fr. Antonio de Guevara en su Menosprecio de la Corte y alabanza de aldea nos explica que “Ay en las cortes de los Príncipes tantos vagamundos, furiosos , desalmados, blasfemos, tramposos y mentirosos, que no nos escandalizamos ya de tantos malos, sino que nos maravillamos topar con algunos buenos” antiguamente como las casas reales estavan tan corregidas, los príncipes eran tan justos, los mayores tan comedidos, los que gobernavan tan sabios, castigávanse las culpas pequeñas, y con esto no ossavan cometer otras mayores; porque el bien del castigo es que, si no lastima a más de uno, atemoriza también a muchos. No es así en nuestras cortes y repúblicas, en la quales, ay ya tan número de malos, se cometen tan atroces delitos, que lo que castigaban los antiguos por mortal, dissimulan en este tiempo por venial. En la corte, culaqiera que que quiere ganar de comer a ser truhán o loco o chocarrero, no sólo no es por ello reprehendido ni castigado, mas aun es de muchos socorrido y de todos favorescido. “
Pero volviendo a lo presente sugiero que las actas del juicio pasen a engrosar el género de la picaresca junto con otras clásicas de nuestro acervo literario. El libro del buen amor, El Guzmán de Alfarache, El libro del entendimiento de la pícara Justina, Pedro de Urdemalas, Las relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón, Antigüedad y nobleza de los ladrones, El buscón don Pablos, Don Raimundo el entretenido, El diablo cojuelo, Vida y hechos de Estebanillo González… Sin olvidar La garduña de Sevilla que no sé porqué me recuerda a la desgreñada Susi. O la magistral Rinconete y Cortadillo con la genial descripción del perenne monipodio sevillano. Para Cervantes los principales focos de vicio, latrocinio y corrupción endémica e impune eran Sevilla y, naturalmente, Barcelona.
No me parece adecuado incluir en esta apresurada relación al Lazarillo, porque se trata de una figura triste, de criatura apaleada que mueve a especial compasión. Un personaje que encajaría con los “parias de la tierra y la famélica legión” de los desheredados a los que la encanallada banda del PSOE ha traicionado como es su costumbre inveterada.
La cosa está cada vez más fea, tenemos régimen borbónico socialista para rato, pero en vez de paz, prosperidad o libertad nos ofrece corrupción, distracción y espectáculo. No agradecemos los desvelos de nuestros próceres. Nos quejamos de vicio.

