jueves, julio 18, 2024
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Cuestión de valores

Muy al contrario de la moral masónica, según la cual es el egoísmo, la inmediatez del resultado y el mínimo esfuerzo el que mide la idoneidad de una decisión, que luego se convierte en acción y en resultado, sin importar las consecuencias, son justamente esos valores los que están en crisis en la sociedad actual. De hecho, estos principios son los que fundamentan la filosofía del sistema capitalista, curiosamente sustento de todos los sistemas democráticos conocidos y la inteligencia pasa a segundo plano, al basar el individuo sus planes en reglas simples, que no necesitan mucha investigación y que, muchas veces se basan en la experiencia, bastando un éxito final (real o subjetivo) o un modelo que nos señale que la competitividad es la clave de que una acción tenga valor o no. Uno de los inconvenientes de estos principios es que el error se considera algo denostado y despreciable, sin valor alguno para quien lo comete y que, muchas veces, se pasa por alto, de modo que volverlo a cometer es cuestión de tiempo y con efectos más destructivos.

Esta lógica de acción, que sigue gran parte de la población, sometida a la manipulación de la masa, sostiene todo el equilibrio de la desigualdad social por ignorancia y relativismo absurdo, y digo absurdo porque quien cree ganar en realidad pierde la oportunidad de aprender y crecer espiritualmente como ser humano, para ser cada vez más bruto, estúpido, impulsivo, agresivo, peligroso e incluso letal para sus congéneres, en casos donde la acumulación de poder es excesiva. Se puede decir que, en estos casos, no existen los valores y los que se creen que son primordiales no son más que valores de sectas ideológicas que caen en el fanatismo que aíslan al individuo en el miedo al mundo y a otros seres humanos.

Aquéllos que nos sostienen como tales se fundamentan en el respeto, la empatía, el amor incondicional, la generosidad y la conciencia. El primero supone que se parte de que los demás no piensan, ni sienten, ni reaccionan ni tienen las mismas emociones que nosotros sobre los mismos temas, lo cual no nos hace precisamente más inteligente que ellos; implica reconocer que en la diferencia reside la riqueza de la sociedad humana como tal, aceptándola y entendiendo el mundo subjetivo como una figura de infinito lados, desde los cuales la visión de un hecho puede ser completamente distinta, incluso de aspectos que no podemos ver por nosotros mismos; respetar implica reconocer que no tenemos el dominio de la verdad y que profundizar en ella nos sumerge en el mundo de la ignorancia infinita, razón por la que nos tendríamos que volver cada vez más humildes y dejar ese ego en el recuerdo. La empatía, muy ausente en perfiles narcisistas y psicópatas, tan frecuentes hoy en día, incluso en personas aparentemente normales y cercanas, es sentir cómo se siente el otro, entender el proceso por el que ha llegado a desarrollar ciertos patrones desadaptativos y no juzgarlo ni condenarlo, pues eso forma parte de su proceso de aprendizaje, quiera avanzar en la lección de vida o desee repetirla eternamente, pues es su libre elección. La empatía nos une y nos descubre, al mismo tiempo, que, en realidad, a pesar de ser tan diferentes, somos más parecidos de lo que pensábamos, lo cual nos hace menos agresivos, competitivos y nos convierte en seres más colaborativos. El amor incondicional es la capacidad de aceptar al otro tal como es, sin quitarle ni añadirle absolutamente nada; implica ayudar, comprender, ofrecer apoyo y cariño, pero también tener el valor de decir la verdad sin temor a ésta y saber poner límites a los demás, cuando nos sentimos atacados o invadidos, pues no es posible su existencia si no nos amamos a nosotros mismos, siguiendo esas reglas. La generosidad consiste en compartir lo que en realidad no nos pertenece y es de todos; a pesar de que no significa que demos sin medida alguna, ha de ser valorada por quien la recibe en la mayoría de los casos, sobre todo en los casos de ayuda, que sólo son posibles si quien la recibe tiene en su mente la intención de cambio y evolución, dado que si esto no se da, nuestro esfuerzo será en vano; no olvidemos que quien toma las decisiones es cada uno de nosotros, al tomar el timón de su existencia, para su bien o para su mal. La conciencia, finalmente, es lo que nos permite desarrollar la metaconciencia de que existe un orden superior al humano, que nos gobierna y que nos convierte en la unidad cósmica, a pesar de que muchos no crean ni que exista.

El conocimiento, por lo tanto, no es el resplandor de la luz (Lucifer o lux faciendi), sino el proceso en sí del descubrimiento del ser humano de su propia esencia, que se da en estadios infinitos. El sueño o la fantasía se cuelan tan fácilmente como el modo perfecto de huir de las dificultades y de las cuestiones que el tiempo no nos resuelve en la medida de lo esperable, dependiendo de nuestras necesidades, muchas de ellas innecesarias. La verdad es lo que nos conduce a la libertad, mientras la mentira y la ignorancia nos lleva a la esclavitud. Son estos principios, que incluso aparecen en el nuevo testamento, los que la cultura masónica desea erradicar, convirtiéndolo en algo peligroso. ¿Podría explicar esto la obsesión en la censura de ciertas ideas que se consideran incendiarias para quien no las sostiene por terror a la verdad y al vacío intelectivo de su existencia? 

Quien sostiene estos principios actúa con firmeza, con disciplina, con paso firme y no le tiembla el pulso a la hora de seguir avanzando, pues su conciencia, su limpia conciencia, le hace vivir con total seguridad; sus principios se sustentan en la fe que les permite ver el mundo físico más allá de sus apariencias, entender la finalidad de su existencia y lograr llenarse de esa energía imaginativa, que es la energía que creó el universo, es decir, Dios. Quien se interna en este camino ya es sencillamente imparable, porque es tal su fuerza que con su amor puede vencer a todos los enemigos, el verdadero peligro para quienes nunca lo han experimentado, gran parte de la población. Muchos llaman a estos sujetos iluminados o elegidos, y sí lo son pues se convierten en los soldados y defensores de la verdad, de un arma tan terrible y peligrosa que su sola presencia, sin que se sepa qué es en realidad, silencia a los que mienten y matan por sus falsedades si es necesario, sin darse cuenta de que dicha verdad es eterna y que seguirá existiendo, hagan lo que hagan. Es un destino, un fin necesario para salvar a quien esté dispuesto a hacerlo, siguiendo el proceso de la vida, que es un proceso de evolución y de crecimiento, bien hacia el cielo y más allá de las nubes, o hacia abajo e incluso al calor insoportable del fuego que dicen alimentan el mismo infierno, donde la muerte se convierte en una pesadilla que acaba por encadenarte para la eternidad.

La frivolidad, la superficialidad en los juicios, la crueldad, el cinismo, la hipocresía, la falta de criterios personales consistentes, de análisis lógicos, de autocrítica, la incapacidad de aceptar el hecho de perder como el hecho de ganar, el desprecio por el conocimiento cosechado por el otro, la aceptación de la mentira, incluso como arma para destruir a nuestro enemigo e, incluso, el fanatismo que nos lleva a odiar a quienes no piensan como nosotros, es lo propio de las sectas, en las que millones de personas viven día a día (movimientos feministas, de izquierda, LGTBI y otros) como perros rabiosos que ya no son seres humanos, dispuestos al desguace de la carne. Es lo que persigue quien, desde el gobierno de la estupidez, no soporta que destruyan su esfinge, hecha con el dolor de los que se sometieron a su furcia ignorancia.

Todo es cuestión de valores, de que estos valores se enseñen en los colegios a los niños, de que sus padres practiquen con el ejemplo (sentimiento=pensamiento=palabra=acción) y de que seamos capaces de defenderlos, porque forman parte nuestra esencia más íntima y profunda. De lo contrario, la sociedad humana dejará de serlo y se convertirá en una masa rota, donde sólo quedará devorar lo que quede en buen estado, esperando la muerte y la guadaña de la inconsciencia y la adoración final hacia nuestro propio sufrimiento, el cual nos helará el aliento, a menos que despertemos.

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2 COMENTARIOS

  1. Un texto agradable.

    Vayamos al grano…llevamos cinco años dando la lata y siguen sin escucharnos.
    Las antenas de telefonía 5G y los nuevos radares de velocidad producen radiación.
    La radiación no ionizante se convierte fácilmente en radiación ionizante por muy diversos medios,especialmente con el calor,por productos químicos y por otros procesos electromagnéticos.

    Las personas irradiadas adquieren síndrome de radiación aguda,llámese COVID,gripe aviar o como quieren llamarlo es siempre lo mismo.Sobra decir que ninguna vacuna protege contra esto por qué el planteamiento es en sí mismo absurdo.

    La inmigración africana nos ha traído todo tipo de moho,hongos y demás de origen tropical…la radiación alimenta estos hongos que provocan en fermedades en la piel y grandes infecciones,no ha habido ningún control sanitario en la inmigración.

    A consecuencia de las falsas vacunas,además de fallecer gente,se ha incrementado el número de lesionados,sobre todo ancianos…estamos viendo cosas espantosas!,enfermedades cutáneas espantosas,y muchas hospitalizaciones con los mismos síntomas.Las curas son muy duras,y el presupuesto de la sanidad pública y de los hogares se multiplica.

    Esto ha provocado redes de todo tipo de empresas de cuidadores,residencias,etc.creemos que algunas estafan,o que deberían ser vigiladas con atención.

    Por qué no eliminan esas antenas wifi?,por qué eliminan las torres 5G,y las antenas radar WiMAX?,por qué es más importante vender móviles que la vida de la gente?.

    Para colmo la radiación de telefonía se mezcla con la radiación de las torres eléctricas y se producen incendios.

    Que más tenemos que hacer?,hablar del Rey,de Alvise,de Sánchez?…y encima insectos transgénicos!.

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