miércoles, junio 19, 2024

La última gesta

Tras cinco años sin pisar suelo español me encuentro con la alegría de que mis conciudadanos parecen felices de que les quiten el 50% de lo que ganan para que los sátrapas vivan a sus anchas, cual aristócratas, les roben a sus hijos los servicios sociales cuándo les venga en gana, los perviertan sexualmente en los centros educativos para que acepten la pedofilia, los encierren en ciudades carcelarias, tengan que poseer una identidad digital, no poder emplear dinero físico, so pena de ser castigados, ver reguladas las relaciones con el sexo contrario porque cualquier contacto se considera agresión sexual (especialmente peligroso para los hombres), la imposición  de ideas absurdas amparadas en una moralidad que es una trampa y que conduce a que el individuo actúe con miedo, desconfianza, no hable, no se exprese y desarrolle la indefensión aprendida a precios tan elevados como reacciones delirantes que cree que son soluciones mágicas a una situación de la que cree que escapar, agotamiento emocional profundo, rechazo a las complicaciones, incapacidad para afrontar miedos y contextos adversos, estados de hipnosis permanente por los medios de comunicación que no paran de activar los símbolos inconscientes asociados a la amenaza permanente de que algo malo va a suceder y hay que ponerse al abrigo de alguien, aunque sea el mismo demonio, sufrir falsas pandemias, recibir vacunas que incluyen grafeno y falso ARN para quedar bien enfermos, o sufrir una grave enfermedad del sistema inmunológico como el sida o un turbo cáncer, etc… 

Los hombres, para ello, han de ser feminizados, acobardados, controlados y buenos aprendices de la autocensura, las mujeres han de ser destrozadas con la soledad y la frustración, desconfiando del sexo contrario de manera permanente, el cual es agresivo y destructivo para ellas, los niños han de ver diezmada su inocencia y han de aprender el arte del sexo como instrumento de placer, al servicio de una peligrosísima droga psicológica que les puede llevar al suicidio. 

España es ya una dictadura pura y dura, mucho peor que la pudo haber en la época de Franco; sus mandamases son sujetos sin alma, sin conciencia, con graves problemas de delirios y psicopatías que no sienten el más mínimo interés por el sufrimiento de su pueblo y engañan en los medios de comunicación, en un ejercicio maquiavélico de mentiras, coacciones, amenazas y adoctrinamiento de una secta satánica.

En otras palabras, y, disculpen la expresión, los españoles han perdido los cojones de hacer frente a políticos y medios de comunicación ignorantes diciéndoles las cuatro verdades y declarándose disidentes de un estado fascista, todo bajo la apariencia de una democracia que solo es operativa si sigues las normas del borreguismo, si hablas de acuerdo con el ánimo absurdo y optimista con el que te pintan las élites el futuro guiado por la inteligencia artificial, donde todo va a ser muy fácil y cómodo. 

Ésta es la España que me he encontrado, pobre, asustada, controlada por una horda de malvados y condenada a su desaparición y división en diversos bandos (feministas y machistas, comunistas y fascistas, oficialistas y negacionistas, españoles y vascos, españoles y catalanes, vacunados y no vacunados, covidianos y conspiranoicos, hombres y mujeres, etc).

En un país tan dividido en diferentes sectas radicales, no es difícil deducir la deditis o el arte de señalar al otro como enemigo de la patria. El pueblo, inconsciente de sus pensamientos e infantilizado hasta el ridículo, no sabe de las hordas de bárbaros psicópatas que lo guían con un plan maquiavélico sacado de una mente demoniaca; considera que quiénes le dicen lo correcto de la moral son sus guías espirituales perfectos, los que le dicen qué ha de hacer, qué han de pensar, con quiénes han de relacionarse, cómo han de relacionarse, qué grado de confianza se puede tener; como buenos estrategas, se introducen en el inconsciente a través de los miedos de incomunicación, adiestrados y pagados por sus amos por expandir las sucesivas sectas, cuyas creencias rozan la esquizofrenia y la psicosis. Los españoles no quedan de este modo sólo  estupidizados, sino encarcelados en sus torpes mentes, incapaces de ver al enemigo y confundidos, pues matan a su salvador y adoran a sus verdugos, incluso los defienden y los votan cada cuatro años (aunque dé igual lo que decidan, pues Indra se encarga de que ganen ellos siempre).

¿Es justo que nuestros hijos crezcan en un país sin esperanza, sin respeto, sin tolerancia, sin futuro? ¿Es normal que el común de los españoles haga su vida normal como si nada ocurriese? ¿Es plausible que aquéllos que tengan la capacidad de no estar de acuerdo y decirlo a los cuatro vientos haya que callarlos y ponerles un bozal de perro, como ocurrió en la farsemia? ¿Y dónde está la bravura de la sangre de los españoles, llena de grafeno y veneno que nos deja vivir de momento?

Un pueblo que no se levanta, que no reclama, que no habla y que no grita su dolor, es un país condenado a su desaparición, a su extinción y al fin de sus habitantes, convertidos en meros siervos de una élite ignorante, zafia, narcisista, psicópata y con graves signos de desórdenes mentales. Allí donde mandan los locos y los cuerdos obedecen y callan, sólo se puede esperar el sufrimiento y la muerte, en este caso lenta (como cuando calientan una décima de grado por mes hasta que seamos la comida del futuro).

¿Qué futuro les dejamos a nuestra descendencia? ¿Qué concepto tendrán de nosotros cuando analicen los terroríficos años 20 y se den cuenta de que son puros esclavos sin solución? No hacemos nada.

Este grito no es sólo por nosotros, sino por nuestras raíces. Un país con normas absurdas se convierte en una civilización decadente y condenada a su fin. ¿Qué quedará si no reaccionamos? Sólo nuestros cadáveres…

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1 COMENTARIO

  1. Justo eso!!!! Pero un matiz. Esos psicopatas criminales y genocidas NO SON DE ESTE MUNDO, NO SON HUMANOS y así solo se puede entender la maldad que reina en el mundo. Dentro de esos biotrajes de apariencia humana solo existen entidades negativas que quieren seguir viviendo de nuestro sufrimiento, de nuestro dolor y de nuestro miedo.

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