Por Alfonso de la Vega
No lo digo por ofender, nada más lejos de mi intención, tampoco tengo el gusto de conocerlo personalmente, pero confieso que Bonilla me recuerda el tópico cliché del congregante mariano engominado y acicalado, un “Cayetanito”. Ahora bien, todo es posible en la bendita tierra de María Santísima. Y una de esas milagrosas posibilidades es perpetrar políticas socialistas gracias a los votantes de unas pretendidas derechas, salvo que ni siquiera se pretenda disimular el lamentable y liberticida turnismo entre los partidos dinásticos.
Como a los que iban a ahorcar un lunes, Bonilla ha empezado su discurso de investidura con un curioso y desalentador qué mal empezamos la semana. El hombre, muy compungido, se disculpa por haberse visto obligado a pactar con el malvado VOX como mal menor antes de hacerse un peligroso guardiola, ya que pese a su confesada querencia socialista el horno no está para bollos y las urnas las carga el algoritmo y luego los nietos. Su vocación declarada no es un arrejuntarse como un apaño o calentón pasajero sino matrimoniar decentemente con todas las bendiciones con los míticos honrados miembros. miembras y miembres de la PSOE, que, sin embargo, ahora parece a punto de ser declarada judicialmente organización criminal, cloacas aparte. Pero el amor es ciego.
El discurso exculpatorio de Bonilla además de la clave regional pudiera tener otra de índole nacional: Si no sacamos mayoría absoluta tenemos que pactar con VOX, puesto que lo de la deseada gran coalición entre socialistas no resulta demasiado conveniente en estos momentos. En cierto modo no le falta razón, si VOX quiere cumplir con su electorado y expectativas sin traicionarlos la presente coalición in extremis del viernes es como la de mezcla del aceite y del agua.
El PP no es derecha sino socialdemocracia o como mucho centrismo desideologizado y oportunista de “ponerse donde haiga”. No son especulaciones, de hecho forman coalición con el PSOE en la UE apoyando a la infame Von Leyen en sus políticas agendistas, ruinosas y liberticidas. Otra cosa es que se piense que esas mismas políticas socialistas puedan perpetrarse con menos corrupción y mayor eficacia por los equipos populares que por los de la banda, lo que lo mismo aún resultaría peor para las sufridas víctimas.
Bonilla forma parte señera de la pintoresca biocenosis del equívoco multicultural y poliamoroso ecosistema popular de centristas por el socialismo o de aduaneros sin fronteras. Ni carne ni pescado, sin anterior oficio ni beneficio salvo ordeñar presupuestos, todo vale para el convento. De lealtad inquebrantable e indestructible adhesión primero a Mariano, luego a Soraya, la piolinera. Luego a Casado antes de ultimarlo y ahora fidelísimo querencioso de Feijoo al que sueña con sustituir. Se trata de otro socialista nacionalista tribal más, como el propio gallego, pero que cambia a Castelao por Blas Infante. De modo que Sevilla bien vale una misa y el barcelonés ha tenido que disimular su odio a su Pepito Grillo, el partido que dice oponerse a la agenda 2030, para que le permita obtener la poltrona autonómica.
Los media oficiales venden la idea errónea de que el PP de Feijoo o Bonilla y VOX vienen a ser cosa similar. Y que lo importante es desalojar al falsario y demás terrorífica patulea como “esa mujé, mopongo” para lo que los cayetanos aunque den mucho asquito a la exquisita progrez social centrista deben arrimar el hombro y aupar a Bonilla y el PP a la poltrona. Pero, insisto, no, no es lo mismo ni lo puede ser si VOX quiere hacer honor a su supuesta naturaleza de derecha identitaria que promueve la prioridad nacional. Es decir si es coherente con su pretendida misión en la política española de recuperar soberanía para supuestamente oponerse a las imposiciones devastadoras del globalismo dominante y de la agenda 2030. La nación por encima del NOM.

Pero para VOX siendo honrado se presenta un importante dilema. Es el del posibilismo. ¿Qué es mejor: intentar influir algo a costa del desgaste político que supone apoyar al socialismo azul? o ¿Pasar ahora y esperar a jugar cuando venga mejor baza? pero, tal como viene la mano con tanto tahúr, ¿Y si ya no hay más bazas que jugar? Lo del infeliz himeneo de compromiso del PP con VOX parece una adaptación moderna y sin mucha gracia de La venganza de don Mendo, la desternillante parodia obra del vilmente asesinado por los socialistas, el andaluz don Pedro Muñoz Seca. Me recuerda el juego de las siete y media:
“un juego que no hay que jugar a ciegas, pues juegas cien veces, mil, y de las mil, ves febril que o te pasas o no llegas. Y el no llegar da dolor pues indica que mal tasas y eres de otro deudor. Mas ¡Ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!
Y luego está la casta. No todos tienen paciencia. La avidez por los cargos de mucho heroico patriota arrimado a ver qué pillo. Se olvida que, según nos dice, VOX no es partidario de las taifas, una de las causas fundamentales del desastre político español actual. Las cosas ya están demasiado mal, que hay demasiado arroz para tan poco pollo. Y que nuestro futuro sólo saldrá bien si nos ayudase la Providencia divina. Sin embargo, para VOX tendría que haber unas líneas rojas que debieran estar claras.
Si a Bonilla no se le ve muy animado, ¿cuánto durará la coalición? No se sabe, pero no creo que sobreviva a la futura convocatoria de elecciones generales, suponiendo que las hubiere.

