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El demoledor informe sobre Pedro Gullón, el Secretario de Estado que se enfada mucho cuando le ponen en evidencia en la tele

A continuación podrán leer el resumen del extraordinario hilo publicado en X de @plaforscience sobre Pedro Gullón, el Secretario de Estado que se enfada mucho cuando le ponen en evidencia en la tele.

Que Risto Mejide sea nauseabundo no exime de analizar con detalle la reacción soberbia y colérica de Pedro Gullón. Porque Gullón no es un tertuliano cualquiera: es un responsable político con capacidad de decisión sobre nuestras vidas. Y esa reacción acaba de redondear su retrato como un auténtico bufón pandémico.

Pedro Gullón no es nadie en términos de Salud Pública o Medicina. No tiene trayectoria relevante en el campo. Es, pura y simplemente, un apparatchik del lameculismo político, un influencer del buenrollismo que forjó su ascenso a las poltronas mediante una desmesurada propaganda del fascismo pandémico. Se vendió como comercial de redes sociales, siempre dispuesto a aplaudir la mano dura y el desprecio más absoluto a las libertades constitucionales.

Visibilizado y promocionado como palmero del nazismo extremo pandémico, su sumisión absoluta al pandemismo lo convirtió en la marioneta perfecta. De la mano de la “mayúscula tonta útil” —Mónica García, la ministra— entró en la estructura del Gobierno. Su función era clara: posar. Posar y aplaudir con las orejas todo lo que saliera de la dirección pandémica en España, es decir, del CCAES de Fernando Simón y del think tank del ISCIII.

Ejemplo paradigmático: en la reunión de la OMS para forzar una legislación vinculante de sometimiento pandémico, la única información que el Secretario de Estado Gullón consideró oportuno transmitir fueron sus selfies de ascensor. “Say cheese”. De las negociaciones, de la defensa de los intereses sanitarios españoles, de la vigilancia a la corrupta cúpula de la OMS y de su venta a intereses privados… ni una palabra. De eso ya se encargaba Simón, “El Jefe”. Lo único importante para Pedrito eran sus mallas.

Cuando llegó la payasada de la viruela del mono, Gullón reapareció como vocero de las empresas farmacéuticas que capitalizaban el pánico. Había que pagar millones en vacunas innecesarias. También exhibió su apoyo entusiasta el día en que a Fernando Simón le ofrecían el ansiadísimo sillón de la Agencia Pandémica, esa que institucionalizaría la tiranía sanitaria saltándose libertades y derechos constitucionales si “El Jefe” gritaba emergencia (por ahora, un fracaso).

Ahora, en la gigantesca mascarada del barco hantavírico, Gullón corrió a posar con Tedros, jugando al emergencismo y la histeria como si el brote insignificante tuviera la mínima importancia. Mientras tanto, escasean los pediatras y crecen las listas de espera.

En la reciente “Entrevista de la Ira”, el Secretario de Estado quedó en evidencia absoluta. Vino a justificarse: los ridículos EPIs-disfraz no importan porque, en realidad, todo era una exageradísima mascarada. “Acojonaos tanto y cuando nosotros mandemos, y sólo eso”. Esa es su filosofía.

Durante todo su desempeño como Secretario de Estado, los verdaderos y gravísimos problemas de degradación del sistema sanitario han seguido empeorando. No se le ha visto desarrollar ni una sola actividad para aumentar el ratio de médicos, reabrir centros de salud rurales, mejorar la atención, reducir las listas de espera catastróficas o garantizar la disponibilidad y cercanía de urgencias y tratamientos pediátricos.

Por eso resulta tan evidente la necesidad de deshacerse de todo este cáncer de pandemistas: personajes solo preocupados por crear emergencias del pánico que tanto beneficio producen. Pedro Gullón es el perfecto exponente de esa especie: un don nadie elevado a la categoría de Secretario de Estado por su lealtad ciega al relato, su capacidad para posar y su nula preocupación por los problemas reales de la sanidad española.

 

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