SALVADOR FREIXEDO ESCRIBIÓ ESTE ARTÍCULO EN 2004, CUANDO, TRAS LOS “ENIGMÁTICOS” ATENTADOS DE CHAMARTÍN Y ATOCHA, RODRÍGUEZ ZAPATERO LLEGÓ AL PODER Y DECIDE ESTABLECER RELACIONES CON FIDEL CASTRO. HE AQUÍ EL TEXTO:
Los periódicos nos dicen que Zapatero quiere restablecer las buenas relaciones con Fidel Castro. Su progresismo lo lleva a estrechar la amistad con el “libertador de pueblos” y con el “gran demócrata” que en un rebrote de su paranoia fanática se atrevió a fusilar hace solo un año a tres jóvenes que huían de su asfixiante tiranía.
Fidel Castro tiene varias cuentas pendientes conmigo. Fue alumno de mi hermano, también jesuita. Yo no llegué a impartirle clase en el colegio de Belén de los jesuitas de La Habana, pero le veía entrar y salir, como reciente exalumno cuando estaba iniciándose en sus escaramuzas universitarias con Chibás, en medio de la corrupción de los gobiernos de Grau Sanmartín y de Prío Socarrás.
Su primera deuda conmigo es haber fusilado en su primer ataque de fanatismo redentor a varios de mis alumnos por el solo hecho de no estar de acuerdo con su paranoia marxista. Su segunda deuda es haber tenido presos por muchos años a otros exalumnos de Belén, alguno de ellos compañero suyo de clase. El marxismo no le dejaba ver su cruel y estúpida manera de gobernar.
Se ha dicho que, tras el fracasado asalto al cuartel Moncada y tras su huida a Sierra Maestra, quien le salvó la vida fue un teniente, pero eso es solo la mitad de la verdad, La otra mitad es que el arzobispo de Santiago de Cuba, Monseñor Pérez Serantes, un gallego entrañable, y el presidente de la Acción Católica de Oriente, Enrique Canto, tras haber negociado con Batista su regreso, fueron a buscarlo a la sierra con la promesa de que su vida sería respetada, tal como les había prometido el sargento autoconvertido en general.
En señal de agradecimiento, en cuanto tomó el poder, a Enrique Canto, a quien debía la vida, le pagó teniéndolo preso, en la isla de Pinos, nada menos que diez años, en medio de innumerables humillaciones y sufrimiento. Cuando, por fin, hecho un guiñapo lo dejó salir, y ya en Puerto Rico, durante el año que vivió, yo lo visitaba a diario para ayudarle a sobrellevar los dolores del cáncer que lo llevó a la tumba. Este es el gran Fidel Castro, liberador de pueblos y torturador de su gente, con el que ahora Zapatero quiere establecer amistad. Así es el talante progresista del PSOE.
Pero Fidel tiene todavía más deudas conmigo. El año 1957, mientras él andaba por Sierra Maestra en su guerra de guerrillas, yo ejercía de asesor de la Juventud Obrera Católica (JOC) en Cuba; y lógicamente muchos de los jóvenes eran sus seguidores, pues la dictadura de Batista había llegado a un nivel de putrefacción intolerable. Yo mismo veía con gran simpatía a alguien que se había atrevido a rebelarse contra el militar tirano, y dispuesto a acabar con la corrupción de unos gobiernos seudodemocráticos. En nuestras reuniones no era raro tener que salir huyendo por los tejados o por las puertas traseras, ante la presencia de los feroces esbirros de Batista que andaban en busca de alguno de los chicos enrolados en los grupos en contra del régimen. En más de una ocasión, corriendo un gran peligro, tuve que hacerme cargo de la pistola de alguno de los asistentes porque se suponía que a mí no iban a cachearme por mi condición de sacerdote.
Y no puedo callar las veces que tuve que ir a sacar de la comisaría de policía a muchachos seguidores suyos, detenidos por los esbirros de los feroces capitanes Ventura y Carratalá. A más de uno tuve que llevarlo directamente al hospital por la brutal paliza que le habían propinado.
No pude ver el glorioso recibimiento que el pueblo de la Habana le hizo a Fidel un año después, porque Batista me había invitado a abandonar la isla debido a mi inocente libro titulado “40’ casos de injusticia social”, con el subtítulo “Examen de conciencia para cristianos distraídos”. Seguí la noticia desde Puerto Rico, pero pronto mi alegría se convirtió en tristeza viendo el rumbo que iban tomando sus actuaciones.
Hoy, después de cuarentaicinco años de gobierno totalitario, sin oposición interna a sus locas ideas, los cubanos siguen montándose en cualquier cosa que flote para huir de la “felicidad marxista” que él ha llevado a su país.
Por supuesto que el bloqueo de los Estados Unidos tiene que ver en esto, pero de ninguna manera se le puede achacar toda la culpa, y sí mucho a su locura comunista y a su fanatismo trasnochado. Se sintió el redentor de África y tuvo que volver con el rabo entre las piernas, después de haber dejado por allá la sangre de no pocos cubanos. Lo mismo le sucedió con varias otras naciones sudamericanas. Y ponernos ahora a enumerar sus delirios, como el de la siembra de arroz en la ciénaga de Zapata o la zafra de diez millones de toneladas, nos llevaría muy lejos.
Y una última hazaña, que ni es marxista ni patriota, sino simplemente canallesca: el tráfico de drogas como fuente de divisas. No hace mucho salió a la luz un reportaje en el que unos valientes reporteros demostraban, jugándose la vida, que en Cuba se trafica con droga de la dura y se vende al exterior en connivencia con las autoridades.
De un gobernante que en el siglo XXI es capaz de fusilar a sus súbditos por haber robado un barco con el fin de huir de la tiranía y el hambre, se puede esperar esto y mucho más.
Hasta aquí el artículo que Salvador publicó en el 2004. Le vi llorar una noche en el VIPS de Velázquez de Madrid cuando mirábamos las novedades de libros y se encontró con uno sobre Cuba, donde aparecían fotografías de los fusilados de Fidel; entre ellos, había varios alumnos suyos del Colegio de Belén; solo porque sus padres eran empresarios y dueños de ingenios.
Salvador no está con nosotros, pero desde su plano existencial seguro que se siente contento porque su Cuba, a la que tanto amó, está próxima a ser liberada. También se alegrará al ver a Maduro preso en Estados Unidos y vislumbrar una luz al final del túnel. Nunca volvimos a Venezuela desde la llegada de los dictadores. Hoy, 23 de abril, día de su cumpleaños, publico este artículo para honrar su memoria. Él continúa su viaje evolutivo, pero su legado, sintetizado en la granja humana y los dioses con minúscula que siempre han regido nuestra historia, de los que debemos defendernos, continuará para siempre. ¡Gracias, Salvador Freixedo!

