Se cumplen 471 años de la muerte de Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos, madre del emperador Carlos V y reina de Castilla, Aragón, Sicilia, Nápoles y las Indias. La historia la conoce como “Juana la Loca”, pero los historiadores modernos ven en esa etiqueta más una herramienta política que una realidad médica.
Nacida el 6 de noviembre de 1479 en Toledo, Juana recibió una educación excepcional. En 1496, con dieciséis años, fue enviada a Flandes para casarse con Felipe de Habsburgo, «el Hermoso». El matrimonio de Estado se transformó para ella en una pasión intensa y tormentosa. Sus celos, provocados por las continuas infidelidades de Felipe, escandalizaron a la corte flamenca y dieron pie a los primeros rumores sobre su “desequilibrio”.
Su relación con su madre, Isabel la Católica, fue compleja. En 1503, durante una estancia en España, las tensiones entre ambas llegaron a tal punto que Isabel ordenó recluir temporalmente a Juana en el castillo de la Mota, en Medina del Campo (Valladolid). La reina madre viajó personalmente a visitarla para intentar razonar con ella y persuadirla de que permaneciera en Castilla. A pesar de las diferencias, Isabel siempre mostró un profundo cariño hacia su hija. En su testamento, dictado en Medina del Campo el 12 de octubre de 1504, la nombra heredera con palabras llenas de afecto: «Otrosí, conformándome con lo que debo y soy obligada de derecho, ordeno y establezco e instituyo por universal heredera de todos mis Reynos, e Tierras, e Señoríos, e de todos mis bienes rayces, después de mis días, a la Ilustrísima Princesa Doña Juana, Archiduquesa de Austria, duquesa de Borgoña, mi muy cara, e muy amada hija, primogénita, heredera e sucesora legítima de los dichos mis Reynos…»
Sin embargo, previendo posibles dificultades, Isabel añadió una cláusula de salvaguarda: si Juana “no quisiere o no pudiere entender en la gobernación dellos”, su padre Fernando ejercería la regencia.
En septiembre de 1506, Felipe falleció repentinamente en Burgos, con solo 28 años. Juana, embarazada de su sexto hijo, quedó destrozada. Cumpliendo la voluntad expresa de su marido (que deseaba ser enterrado en Granada), ordenó embalsamar el cuerpo y organizó un cortejo fúnebre que duraría meses.
Este viaje no fue solo fruto del dolor. Juana se negó a separarse del féretro por varias razones bien documentadas: cumplir el testamento de Felipe, evitar que el cadáver fuera trasladado a Flandes o profanado, y proteger su propio estatus de viuda para dificultar un nuevo matrimonio político.

Su padre, Fernando el Católico, aprovechó la situación. La declaró incapaz y la recluyó primero en el castillo de la Mota y, desde 1509, en el Monasterio de Santa Clara de Tordesillas (Valladolid). Allí pasó 46 años prácticamente aislada. Su hijo Carlos, al llegar en 1517, ratificó el encierro: mientras su madre viviera, él solo era regente.
En 1520, los Comuneros la reconocieron como reina legítima y la visitaron en Tordesillas. Juana los escuchó y firmó documentos, pero se negó a firmar los que iban en contra de su hijo Carlos I. La derrota en Villalar acabó con aquella esperanza. En su largo cautiverio siguió mostrando lucidez: leía, bordaba, rezaba y repetía con claridad: “Yo no estoy loca, estoy presa”.
Murió el 12 de abril de 1555, a los 75 años. Su cuerpo fue trasladado a la Capilla Real de Granada, donde hoy reposa junto a Felipe el Hermoso y sus padres, los reyes Isabel y Fernando, tal como ella había luchado por conseguir.
Los historiadores actuales coinciden en que Juana probablemente sufrió una depresión grave, agravada por el dolor, la traición y el aislamiento, pero nunca perdió la razón. Su “locura” fue el pretexto perfecto para que fuera apartada del poder.
471 años después, la figura de Juana sigue conmoviendo.
(Por Lourdes Martino)

