Por Alfonso de la Vega
Se suele admitir en los mentideros de la villa y corte que Carlos III, aparte de esforzado cazador de pelo y pluma en sus vastas posesiones de El Pardo, fue un gran alcalde de Madrid pues tuvo la insólita ocurrencia de construir alcantarillas emulando las antiguas pero raras costumbres civilizadoras de los romanos imperiales. Puso fin así al típico ¡agua va! De tan castizo abolengo como la luenga capa o el sombrero de ala ancha, pesadillas del pobre Esquilache.
Bien sea por eso o por lo que fuere, el caso es que la villa agradecida a su regio benefactor le había erigido una estatua ecuestre en el centro de un lugar tan histórico y emblemático como la Puerta del Sol. Pero surgen las paradojas de la maldita historia sin memoria democrática ni otras mandangas de usar y tirar. En paradójico homenaje al higienista rey Carolo y como gran logro del socialismo progresista el sitio se ha convertido en una hedionda letrina vertedero de aguas menores y mayores de los prohombres y prohembras de la más prometedora progrez, sostenible, resilente, renovable ocupa habitacional, fruto de medio siglo de desvelos para el mayor embrutecimiento del reino.
La larga marcha sobre el Congreso, remedo borbónico del cruce maoísta del río Dadu, ha resultado un fiasco, al menos hasta ahora. El disuasorio despliegue de la policía socialista ante el palacio de representación del Congreso para proteger a sus señorías muestra a las claras cuales son las prioridades del fallido Estado filipino. Protegerse a sí mismo del pueblo antes que al propio pueblo. Lo de pueblo lo digo por Ceuta a la que por cierto se deja indefensa o se escatiman sus efectivos. No hace falta aclarar que las hediondas hordas rojas acampadas en las cercanías por su conducta incívica más que pueblo serían populacho, plebe ignorante y asilvestrada, gentuza encanallada modelo sorosiano de la cochambre espiritual, intelectual y física que promueve el socialismo despótico y ruinoso gracias a los impuestos sustraídos a sus súbditos. Como era de esperar, en la farsa había más policías que protestantes.
Pero lo de su rebelión en verdad se trata de pura representación. La cosa recuerda cierta famosa anécdota de la etapa política anterior. Se produce una manifestación anti británica en protesta por la ocupación criminal de Gibraltar ante la embajada de su poco graciosa Majestad. El embajador protesta. El ministro de la gobernación le dice que si quiere le puede asignar más policía para protegerlo y el pérfido inglés le replica, que mejor que policía, no le mande más manifestantes.
Dentro del interminable catálogo de calamidades el ridículo personaje que fulge de alcalde popular y populista de Madrid no desaprovecha cualquier oportunidad para mostrar su probada habilidad para chapotear en el albañal. Oportunismo demagógico de buen socialista azul que no falte. El señor alcalde no rebuzna de balde y se jacta de contribuir a degradar lo poco que va quedando del estado de derecho y burlar la acción de la Judicatura, incluido el Supremo, apuntalando privilegios inmerecidos que la Justicia rechaza, y todo ello gracias al dinero del contribuyente.
Pero poco dura la alegría en casa del progre. El engendro anticonstitucional perpetrado por el gobierno de Su Majestad que el propio don Felipe imprudentemente se apresuró a firmar a todo correr, en otra más de sus lamentables torpezas, y eso cuando consiente que no se presenten siquiera los presupuestos en tres años, ha sido revolcado con alharacas en el Congreso. Aún hay más, la señora o señorita que ocupa el cargo de ministro de la cosa habitacional había prometido a la desesperada librar a los catalanes de la maldición, ya que según la CE hay españoles de primera y de segunda. Muchos nervios entre el rojerío. Se han generado alborotos con más gritos que susurros y amenazas a los diputados de la oposición.
El engendro con la firma caligráfica de Su Majestad ha tenido la virtud de aumentar la inseguridad jurídica en este reino de arrebatacapas para los imprudentes o desavisados que otorgaron algún contrato de arrendamiento durante las pocas horas de validez del abortado Real Decreto. Cosas de la fugacidad de la vida.
Para completar tan edificante espectáculo los desarrapados manifestantes del ¡agua va! amenazan con una huelga general ¿Huelga? ¿General? ¿Es que acaso trabaja alguno? ¿Van a a dejar de deponer sus aguas mayores y menores?
Pobre rey Carolo, quién le iba a decir que el reino iría a degenerar tanto con la futura descomposición de su dinastía. Muy a disgusto tuvo que consentir el destierro forzoso del valido. Sin embargo, pudo acabar con ¡el agua va! aunque no con el actual filantrópico, resilente, renovable y no menos pestilente ¡agua viene!
¡Agua va! ¡Agua viene! Siempre queda la opción de sustituir al valido. Seguro que no basta.

