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La tiranía de las prohibiciones selectivas: cuando aplaudimos la pérdida de libertad ajena (dedicado a los talibanes que se alegran de la prohibición de fumar)

El gobierno avanza con una nueva medida: prohibir fumar en las terrazas de bares y en las playas. Una restricción más en nombre de la salud pública, el medio ambiente o el confort colectivo. Lo sorprendente no es la propuesta en sí —pues el tabaco genera debates legítimos sobre externalidades—, sino la reacción de parte de la sociedad: un aplauso entusiasta, casi festivo, de quienes ven en esta prohibición un triunfo personal.

Hay un patrón inquietante. Muchas personas celebran las prohibiciones que no les afectan directamente. El fumador pasivo se alegra de que le quiten el humo de la cara. Mañana, el carnívoro se indignará si alguien propone limitar el consumo de carne por razones climáticas. El que odia el reggaetón aplaudirá restricciones al volumen en espacios públicos, mientras el amante de la música electrónica defenderá su derecho a los festivales hasta altas horas. Cada uno, desde su trinchera de hábitos y preferencias, convierte al Estado en un aliado contra el “incómodo” vecino.

Esto no es defensa de la salud. Es comodidad moral disfrazada de virtud. Y revela una grave inconsistencia: criticamos al gobierno cuando nos toca, pero le entregamos más poder cuando castiga al otro.

El espejismo de la libertad selectiva

La libertad individual no es divisible. No se trata de “mi libertad sí, la tuya no”. Cuando aceptamos que el Estado regule un comportamiento adulto y no violento —como fumar en una terraza al aire libre o en una playa—, estamos normalizando el mecanismo: la prohibición como solución por defecto.

El argumento suele ser el mismo: “molesta a otros”. Pero la vida en sociedad está llena de molestias mutuas. El olor a barbacoa molesta a los veganos. Los niños gritando en un restaurante molestan a las parejas sin hijos. Los ciclistas en aceras estrechas molestan a los peatones. Los perfumes fuertes en el metro molestan a los alérgicos. Si convertimos cada molestia en causa de prohibición estatal, el espacio de lo permitido se encoge hasta desaparecer.

Y aquí viene el espejo incómodo para quienes hoy celebran la prohibición del tabaco:

  • Imaginen que se prohibiera el consumo de alcohol en terrazas y playas “porque genera violencia, ruido y costes sanitarios”. ¿Aplaudirían los abstemios? ¿O se indignarían los que disfrutan de una cerveza fría al sol?
  • ¿Qué tal una prohibición de comer carne roja en espacios públicos por su huella de carbono y supuestos riesgos para la salud? Los vegetarianos lo celebrarían como un avance civilizatorio. Los asadores, no tanto.
  • Prohibir la música alta o los conciertos después de cierta hora “para proteger el descanso ajeno”. Los que prefieren el silencio aplaudirían; los melómanos hablarían de ataque a la cultura juvenil.
  • ¿Y si se limitara el uso de coches particulares en ciudades “por el bien del planeta y la contaminación acústica”? Los ciclistas y usuarios de transporte público lo verían como justicia. Los que viven en zonas mal comunicadas, como una losa.
  • Prohibir los perros en playas o parques “porque dejan excrementos y algunos ladran”. Los amantes de los animales montarían en cólera, mientras otros dirían “por fin”.
  • Incluso absurdos más radicales: regular la cantidad de azúcar en postres caseros, limitar las horas de ejercicio al aire libre por “consumo excesivo de recursos hídricos” o prohibir ciertas bromas o chistes “por riesgo de ofensa”.

Estos ejemplos pueden sonar ridículos. Pero hace veinte años también sonaba exagerado hablar de prohibir fumar en terrazas. El principio es idéntico: alguien decide que su preferencia (o su cálculo de “bien común”) debe imponerse por ley. Hoy es el tabaco. Mañana será lo que moleste a la mayoría del momento, o al grupo de presión mejor organizado.

La pendiente resbaladiza hacia la nada

El problema de fondo es filosófico y práctico. Cada prohibición amplía el poder discrecional del Estado sobre la vida cotidiana. Crea burocracia, inspectores, multas y una cultura de delación vecinal. Normaliza que el adulto no sea responsable de sus elecciones y sus consecuencias, sino un menor de edad al que hay que proteger de sí mismo y de los demás.

Al final, como decía el argumento, “lo prohibirán todo”. No de golpe, sino poco a poco, con buenas intenciones y encuestas favorables. La gente se alegrará según sus gustos y aversiones. El vegano celebrará la caída de la carne. El sedentario, las campañas contra el deporte “extremo”. El puritano, las restricciones a la vida nocturna. Hasta que un día la prohibición llegue a su propio jardín. Entonces descubrirá, demasiado tarde, que entregó las herramientas de su propia jaula.

La verdadera defensa de la libertad no consiste en aplaudir cuando prohíben al vecino. Consiste en exigir responsabilidad personal, soluciones voluntarias (como zonas habilitadas, ventilación, educación) y límites claros al poder estatal. Porque una sociedad que celebra cadenas ajenas pronto se encontrará a sí misma encadenada.

Es hora de dejar de permitirle al gobierno que resuelva nuestras incomodidades personales. La convivencia madura se construye con tolerancia, no con prohibiciones infinitas. El humo de un cigarro en una terraza es molesto para algunos; la pérdida progresiva de autonomía lo es para todos.

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