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Aitana y su tuit sin mayúsculas: cuando el “concierto” es solo una actuación de pacotilla y el activismo suplanta a la música

Uno de los últimos tuits de Aitana no es solo una respuesta torpe a una crítica legítima. Es un compendio de todo lo que está mal en cierta forma de entender el éxito musical en 2026: ortografía de instituto de segunda, sobreestimación grotesca de unas actuaciones que se empeña en llamar “conciertos”, y un activismo genérico de manual que ocupa el espacio que debería tener la música. Poco cerebro, mucha pose.

El texto es todo minúsculas. “más allá de un tuit durante el mes de junio, te invito a venir a cualquiera de mis conciertos…”. Ni una sola mayúscula al principio de frase. Ni punto y aparte con la corrección elemental que cualquier persona que haya aprobado Lengua en Primaria domina. No es “estilo”. No es “modernidad”. Es analfabetismo funcional disfrazado de cercanía. Cuando una artista que vive de las palabras (aunque sean cantadas) no es capaz de respetar la regla más básica de la escritura, el problema ya no es estético: es de fondo. Revela dejadez, prisa o, directamente, que la corrección ortográfica nunca formó parte de su proceso creativo. Y eso, en alguien que aspira a ser referente de una generación, es simplemente bochornoso.

Pero lo más llamativo no es solo la forma. Es el fondo. Aitana defiende sus “conciertos” como el verdadero espacio donde se transmite el mensaje de “libertad de amar, de ser uno mismo y el respeto a todas las personas”. Vamos a ser serios por un momento. Lo que ofrece en sus giras son actuaciones. Coreografías ensayadas, luces, playback en más de un momento, y un repertorio pop fabricado en estudio que suena exactamente igual en directo que en Spotify. Llamar “concierto” a eso es inflar el producto hasta el ridículo. No es ni la exigencia técnica de un recital clásico, ni la crudeza de un directo de rock, ni siquiera la puesta en escena cuidada de ciertos artistas pop internacionales. Son shows para un público adolescente que paga por ver a su ídolo moverse al ritmo de canciones que ya conocía de memoria. Y encima lo vende como si fuera una experiencia transformadora. Es como si un cómico de monólogos llamara “obra de teatro” a su pase de chistes. La palabra “concierto” tiene un peso. Usarla así es puro postureo.

Y luego está el contenido. El tuit es una demostración más de que, para cierta industria musical actual, el activismo LGBTQ+ (o lo que sea en cada momento) ha desplazado casi por completo a la música. Frases prefabricadas sobre libertad, respeto y ser uno mismo que podrían salir de cualquier campaña de una marca de cerveza o de una consultora de diversidad. No hay una sola idea propia, ni una reflexión mínimamente incómoda, ni una apuesta artística que vaya más allá del consenso de Twitter de hace cinco años. Mucho colectivo, mucha bandera implícita, y muy poca melodía, muy poca letra que merezca la pena recordar, muy poca ambición musical. La música se ha convertido en el vehículo secundario de un mensaje que se repite hasta la náusea. Y cuando alguien señala que ni un tuit en junio, la respuesta no es “tienes razón, este año fallé”, sino “ven a mis conciertos y ahí lo entenderás”. Es decir: no tengo que demostrar nada concreto, mi mera existencia en un escenario ya es activismo suficiente. Cómodo. Barato. Y profundamente vacío.

Lo que este tuit deja claro, además de la ausencia de mayúsculas y de rigor, es una falta de profundidad intelectual que ya no se puede disimular. La lógica es circular: no tuiteo porque mi música habla por mí, pero si me critican por no twittear, te invito a que vengas a ver mi música. ¿Y si la música no dice nada que no diga cualquier otro artista pop con el mismo guion? ¿Y si el mensaje es tan genérico que podría firmarlo cualquier famoso en busca de «me gusta»? Entonces el círculo se rompe y queda lo que realmente hay: una respuesta defensiva, mal escrita, que confunde presencia escénica con argumento y que usa el activismo como escudo para no tener que dar explicaciones reales.

Aitana puede seguir vendiendo entradas, llenando estadios y cosechando seguidores. Eso no está en discusión. Lo que está en discusión es la calidad del producto que ofrece y la honestidad intelectual con la que lo defiende. Cuando una artista necesita rebajar el listón de lo que es un concierto, ignorar las normas básicas de la lengua y convertir su discurso en un refrito de consignas identitarias para justificar su silencio, el problema ya no es de marketing. Es de sustancia. Y esa sustancia, por ahora, brilla por su ausencia.

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