¡Qué podrido está todo! Trabajo nos va a costar echar a esta gente. Entre el carné digital para votar, los millones de inmigrantes que ni conocen España, más el resto de la canalla nacional que defiende a los corruptos, no se vislumbra nada fácil. ¡¿Cómo es posible que los “sabios” que redactaron la Constitución no hayan contemplado que podría aparecer un psicópata mafioso, enemigo del pueblo, mentiroso compulsivo y corrupto hasta la médula, al que habría que sacar del sillón de la presidencia, a través de alguna medida especial para el caso?! En defensa propia; en defensa del pueblo.
Desde mi último artículo, antes de la desconexión vacacional, la aparición de casos de corrupción ha ido in crescendo. Entregada de lleno a la revisión de mi nuevo libro, estuve tentada a romper la promesa de no escribir ni una letra, pero me contuve, conformándome con leer las portadas y seguir los espacios de los medios alternativos, aquellos en los que, por fortuna, los periodistas no somos censurados ni obligados a mentir, a calumniar y a injuriar. A menudo me pregunto qué sentirán estos comunicadores, cuando, al irse a dormir, el cerebro se aquieta y la conciencia irrumpe exigente. Y la respuesta es siempre la misma: la conciencia de estos entes está calcificada; y su estandarte no incluye las palabras, ética, verdad o justicia. Son trabajadores del Mal y se sienten como pez en el agua en el lado oscuro, donde los códigos deontológicos no tienen cabida. Y encima hay que ponerles escolta, como a los políticos. Estos no pueden salir a la calle sin llevar la correspondiente abucheada aderezada de insultos, y aquellos, supongo que por provocar. Se ha dicho que son 61, pero bien podría añadirse algún cero. Aun así, se bastan para deshonrar la profesión y ser cómplices de los múltiples asuntos de corrupción de este gobierno golpista y mil apelativos más, integrado por lo peor de España, catalogado como banda para delinquir, organización criminal y mafia de sicarios al servicio de oscuros intereses ajenos, aparte de los propios, que no son pocos, insaciable y dispuesto a todo.
Ayer fue un día agridulce. Dulce por las sentencias de José Luis Ábalos (24 años y tres meses), y Koldo García (19 años y ocho meses). Víctor de Aldama (4 años y medio) se vio beneficiado por su colaboración con la Justicia y no entrará en la cárcel, si bien deberá cumplir tres requisitos: no volver a delinquir, presentar un informe semestral sobre sus actividades y realizar trabajos sociales durante un año. Esta resolución, contemplada en la ley, podría animar a que otros imputados colaboren, entre ellos, el famoso íntimo y testaferro de Zapatero, tildado también de lacayo y lugarteniente, Julio Martínez, más conocido por Julito, o la fontanera Leire Díez.
Pero este día también tuvo su sombra: la artillería socialista, mediática e incluso judicial, en pie de guerra contra el juez Juan Carlos Peinado, instructor del caso Begoña Gómez, acusada de cuatro delitos, el cual, ante el riesgo de fuga, “osó” imponerle a la falsa catedrática medidas cautelares que incluyen la prohibición de salir del país, la entrega del pasaporte, declarar si tiene alguno de otra nacionalidad y la comparecencia en el juzgado dos veces al mes. Meterse con Begoña es hacerlo con el propio Sánchez, que sin pérdida de tiempo organizó la embestida. No se conformaron con insultar y hacerle trajes al juez, sino que la ofensiva incluía la solicitud al Consejo General del Poder Judicial de pertura un expediente disciplinario por “comisión de una falta grave de desconsideración hacia funcionarios de la Policía Judicial”. Viene esto porque, ante una pregunta de la defensa, el juez, muy acertado, expuso su duda sobre la posible ayuda de sus escoltas en la fuga. ¡Cómo si el juez Peinado no estuviera al corriente del modus operandi de la mártir y santa Begoña a la hora de mandar a los escoltas a dormir! ¡Cómo si no supiera de otras burlas de los cuerpos del orden dirigidos por Marlaska, como en la huida de Puigdemont o la entrada de Delcy Rodríguez en Barajas! Así que no es una afrenta a la policía, sino a los agentes corruptos. No hacen falta demasiadas palabras para describir la situación.
A la presidenta del Consejo General del Poder Judicial, Isabel Perelló, le faltó tiempo para ponerse manos a la obra, a pesar de tener asuntos desatendidos y bastante más apremiantes. ¿Está al servicio del sanchismo? Pues todo apunta a que sí, pues, para sorpresa de muchos bienintencionados pensantes, acaba de emborronar el órgano judicial con su voto de calidad. ¿Deberíamos decir “calidad política”? Parece que, en este caso, la política ha podido más que la justicia. Es un precedente nefasto. Falta saber si fue presionada o si actuó voluntariamente. En ambos casos es muy preocupante.
A la luz de todo esto, lo realmente inquietante es que, continuando con el plan diseñado por la organización criminal, cuyo número uno es P Punto, S Punto, esta advertencia al juez Peinado pretenda ser un aviso a navegantes, y los jueces empiecen a sentirse acosados y tentados a no llegar al fondo de las decenas de casos de corrupción transversal y sistémica que en muy poco tiempo se ha instalado en el Partido Socialista, que ejerce la función de gobierno, con todas sus instituciones corruptas, incluidos los cuerpos de seguridad del Estado. No llegar al fondo o hacerse los blandos, como el magistrado José Luis Calama, que anduvo con pies de plomo con Zapatero y no se atrevió a retirarle el pasaporte. ¿Qué no hay riesgo de fuga? ¡Anda, que no hay precedentes! Un sobresaliente, no obstante para el juez Calama y, por supuesto, nuestro apoyo y comprensión.
Además, en su descargo cabe decir que los jueces son humanos y, por tanto, susceptibles de sentir miedo; sabiendo, además, cómo funcionan estas bandas criminales; máxime cuando España está siguiendo la dinámica de los narcoestados. Es lógico que teman por su vida.
Esta mafia gobernante está dispuesta a todo. Si hace un tiempo escribimos que a Ábalos le olía la cabeza a pólvora, la flecha apunta ahora a otros blancos importantes, que tienen mucho que callar y mucho que decir. El riesgo es grande. Víctor de Aldama supo con quién se jugaba los cuartos y reaccionó, pero quizá otros sean más confiados. Julio Martínez, Julito, debería andarse con ojo, no solo cuidarse de la pólvora, sino de los venenos y las sogas. No podemos olvidar la “enigmática” muerte del abogado de Petróleos de Venezuela (PDVSA), Juan Carlos Márquez, justo tras pactar con la Audiencia Nacional su colaboración en un asunto de blanqueo de capitales, relacionado con Raúl Morodo, que había sido embajador de España en Caracas. Y esto toca directamente a José Bono y sus asuntos turbios, sobre el que también se está investigando. Con Márquez no se anduvieron con avisos y amenazas; lo callaron de inmediato colgándolo del techo de la oficina. ¿Y qué pasó con el banquero del narco y el chavismo, Francisco Flores, íntimo de Julito y de Zapatero, que desapareció misteriosamente? ¿Y la senadora colombiana Piedad Córdoba, muy relacionada con Zapatero, quien hizo público el asunto de la mina de oro? Su muerte por infarto a los 68 años fue muy extraña. Y Maduro sigue vivo porque fue extraído por Estados Unidos; de lo contrario, le habrían asesinado sus guardianes cubanos.
La cosa se está poniendo muy fea y creo que habrá más muertes sospechosas. Julito debería pedir protección, pactar como Aldama y desvincularse de Zapatero. No olvidemos que son mafiosos con diploma, sin ley ni escrúpulos, que se rigen por el modus operandi de los cárteles.
Se van dando pasos que, por momentos, nos hacen mantener la esperanza de que no todo está perdido y que esta sociedad tiene remedio. ¡Pero estamos tan dormidos! ¡Está todo tan encanallado! Se ha ido creando una burocracia tan laberíntica, unas leyes y normativas tan absurdas, una justicia tan lenta y unas instituciones tan sumamente complicadas y abstrusas, que todo se hace cada vez más difícil. Parece que nos hemos hecho expertos en el arte de la complicación. Muchas veces pienso que hay que derrumbar todo lo que no funciona, que es mucho; basta de apuntalar y de poner remiendos. Muchos nos preguntamos si, una vez Sánchez y los suyos sean despojados de sus poltronas y puestos de privilegio, quienes les sucedan serán capaces de reparar el daño causado. ¿Querrán hacerlo? ¿Sabrán? ¿Serán capaces? ¿Se atreverán? ¿Cómo van a limpiar las instituciones? ¿Cómo van a frenar la entropía existente? ¿Harán la vista gorda como en tantas ocasiones, por eso de, hoy por ti, mañana por mí? Todo esto es muy triste e inquietante. La sociedad debería estar más alerta, ser más rebelde, más exigente, más crítica, no conformarse con el clásico y socorrido “pan y circo”. Pero creo que es pedir demasiado.

