Por Alfonso de la Vega
(Dedicado a San Isidro)
Se ha puesto de actualidad en defensa del pueblo español el lema de la “prioridad nacional”, muy criticado por demagogos, globalistas y mercenarios de todo jaez. Pero otra cara del problema de tales invasiones descontroladas es el de su relación con un futuro subordinado a la IA. Un asunto que tal como se está produciendo debiera poner los pelos de punta aunque que no está siendo tratado en toda su peligrosa dimensión.
La IA no viene solamente a cambiar el modo de producir, viene a tocar el núcleo del orden contemporáneo que es el trabajo, el sueldo, la familia, el propio Estado y la idea misma antropológica de humanidad o política de pueblo. Se obvia la cuestión fundamental que no sería tanto el qué hará la máquina, sino el quién la controlará cuando cientos de millones de seres humanos empiecen a sobrar dentro del sistema que antes los necesitaba. No es una especulación ociosa. Tampoco es una fantasía, es una realidad de la que el poder prefiere no hablar, por ahora. Pero que está ahí como amenaza fantasma apunto de materializarse con consecuencias potencialmente catastróficas.

En efecto, la IA y la robotización abren hoy una etapa histórica distinta. No se trata de otra evolución de la técnica, ni de una herramienta más para hacer las cosas mejor o más baratas. Ni aún menos lo del robot como una modernización de la leyenda de San Isidro según la cual un ángel labraba la tierra mientras él rezaba. Es mucho más inquietante: se trata de toda una mutación del orden económico, social y político con la posibilidad concreta de aumentar la producción con cada vez menos trabajo humano. Cuando el tinglado descubre que puede soportar su producción sin necesitar a la fuerza laboral convencional, la situación deja ya de pertenecer al mundo de la organización de la empresa, de la economía para y entra de lleno en el terreno de la sociología y de la política, especialmente cuando se instrumente una segunda fase del proceso de deshumanización; la robotización.
Nos encontramos con que los principales movimientos políticos actuales no parecen comprender la naturaleza de lo que pasa y menos de lo que pueda pasar si no se encauza a tiempo. O si acaso lo comprenden lo ocultan del debate público. La izquierda tradicional continúa con conceptos propios del siglo XIX: capital y trabajo, fábrica y obrero, sindicato y salario. Todo queda obsoleto e inútil cuando el capital ya no necesita trabajo humano masivo para producir. La socialdemocracia responde con subsidios, regulaciones blandas y programas de formación que suelen llegar tarde. La derecha liberal mira la transformación como una evolución espontánea del mercado. Si algunos empleos desaparecen, otros aparecerán, el mercado todo lo arreglará. Los movimientos llamados populistas tampoco parecen disponer de una teoría para enfrentar el problema de la soberanía tecnológica. Pues la IA no es solo un tema técnico que deba ser tratado sin demasiados alarmismos. Así, por ejemplo, más o menos se identifican con Trump sin considerar que el senil emperador está sostenido por una peligrosísima emergente oligarquía tecnológica incompatible en la práctica con el movimiento patriótico MAGA. Un fatal error de apreciación porque en el futuro una nación que no controle su infraestructura de inteligencia artificial apenas podrá controlar su cultura, economía, su defensa, su administración o su sistema de energía y comunicación. De modo que las formas o mecanismos de dependencias pueden variar pero no el propio fenómeno.
El enfoque debiera ser distinto si en verdad se procurara el bienestar de la gente. Si realmente se pensara en la sociedad la agenda a tratar debiera ser sería otra: soberanía tecnológica, propiedad de infraestructuras críticas, modos de distribuir la renta ricardiana que genera la tecnología, participación social en la productividad automatizada, las condiciones de trabajo y reducción de jornada. Pero el tema se plantea como necesidad de adaptación individual de lo que venga ya que la culpa de no sobrevivir al cambio recae sobre el individuo, no en adaptar la naturaleza de ese cambio a las necesidades de la gente,
En la teoría política el corolario es que así no puede existir verdadera “democracia” en el sentido aristotélico del término aunque se mantengan ciertas formas pues la actividad política no estaría dirigida al bien común sino al de la oligarquía dominante de la IA. Lo podemos observar de modo claro hoy en EEUU, la promesa fundacional de democracia degradada a plutocracia tras dos siglos y medio de historia. La imagen de la toma de posesión de Trump rodeado de oligarcas tecnológicos que viene a complementar o sustituir en el futuro a la plutocracia clásica es bien reveladora.

Entre los escenarios más amenazantes y peligrosos hay otro más deseable: una forma de post- capitalismo de carácter soberano y social. IA y la robotización serían tratadas como infraestructura estratégica al servicio de la sociedad. La máquina no vendría a declarar inútil al hombre, sino a liberarlo de trabajos degradantes para devolverle tiempo, cultura, arraigo, formación y vida familiar.
La máquina carece de patria, de familia, de memoria, no entiende de “prioridad nacional”, ni tiene compasión ni sentido de justicia. Obedece a quien la diseña, la financia, la posee y la controla. Por eso la pregunta clave no es tanto si la inteligencia artificial será buena o mala. ¿Quién la controla, con qué finalidad, bajo qué autoridad, con qué límites y en beneficio de quiénes?
Pero ¿qué hacer? Hoy no parece existir, al menos en España, una fuerza política resistente que tenga en cuenta estas amenazas para enfrentarlas. La Humanidad se enfrenta un gravísimo desafío. La IA puede usarse para mejorar la vida humana pero también para declarar superflua a la gente común en una nueva forma de maltusianismo fabiano. En este escenario tan crudo aumentará la competencia para pillar paguitas, sopas bobas o fondos de supervivencia que el régimen pueda ir adoptando para evitar una inoportuna rebelión abierta, de modo que las nuevas invasiones lo agravarán. El poder cree que se consolidará gracias al sufrimiento social,
Pero más allá de las pertinentes prioridades nacionales que es preciso instrumentar para intentar sobrevivir como pueblo, nos encontramos ante un tremendo problema de la Humanidad. El que el ser humano deja de ser visto como un hombre, un alma viviente, una criatura con derechos inalienables y termine pasando a ser tratado como dato, costo, consumidor, riesgo, mercancía obsoleta carga o excedente a eliminar mediante reformateo tanto macro como micro, ¿El reino del Anticristo?

