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El fin de la cruz

Cuentan que Jesús dijo una vez -Deja que el niño se acerque-, que era como decir -No temas la inocencia- (O como dijo Sócrates, con otras palabras, -No temas reconocer que no sabes-); porque reconocer que no sabes lo que no sabes, es lo que te hace humilde, lo que te libra de la locura de creer.

¿No es curioso que, siendo el cristianismo la religión de la inocencia (del perdón), sus jerifaltes eligieran un símbolo de castigo como es la cruz? ¿Sería porque su interés era provocar miedo y no amor? ¿Pudo ser que el mensaje que querían propagar aquellos obispos adoradores del sol, fuera -No hagas lo que hizo Jesús, o te colgaremos-?

La crucifixión que padeció Jesús no tuvo nada de especial pues es la misma que padeció y padece cualquiera que opte por decir la verdad, y no es un suplicio que imponga Dios sino aquellos que pretenden censurarla, condenando al ostracismo a quién la practica (Para los griegos era la peor pena que se puede imponer).

Porque, cuando dices la verdad, a veces se ofendan los que tienes a la derecha, y a veces los que tienes a la izquierda; igual que, a veces se ofenden los creyentes, y otras los ateos (que también son creyentes) ¡Y todos acaban retirándote la palabra! Esa es la verdadera crucifixión; la otra es simbólica, pero solo pueden entenderlo quienes ven a Jesús como un hermano y no como un extraterrestre con superpoderes, que es como muchos lo ven, por obra y desgracia de aquellos obispos traidores.

El único superpoder que tenía Jesús era la valentía para seguir diciendo la verdad, a sabiendas de que podía ser castigado por ello. ¿Era acaso masoquista? No, como no lo son todos los que siguen siendo perseguidos por decir la verdad. Ninguno de ellos busca la cruz pero todos están dispuestos a llevarla con gusto, si es el precio que hay que pagar por seguir siendo libres, porque no es libre quién teme ser crucificado por decir la verdad.

Jesús demostró no tener miedo, y por eso se dice que venció a la muerte (A la muerte civil, que es la que más temen aquellos que no se sienten libres). Son todos esos muertos de miedo los que, al escuchar la verdad gritan -¡Blasfemia!- pero en el fondo piensan -¡Quién tuviera su valor!- Y tan pronto como lo piensan, empiezan a tenerlo.

Con afecto, al Dr. Fin.

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