En menos de dos meses, el presidente Donald Trump ha reescrito el mapa del petróleo mundial con dos movimientos muy polémicos: la operación militar contra Irán, que culminó en la muerte de Alí Jamenei, y la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, seguida del control estadounidense sobre su vasto sector petrolero. El resultado es predecible y, para Washington, ventajoso: los precios del crudo se han disparado un 10% en 48 horas, con el Brent rozando los 80 dólares por barril y el WTI en 72. Pero lejos de ser una crisis, esto parece una victoria estratégica para Estados Unidos, el país que más gana en este tablero de ajedrez global.
El detonante principal es Irán. Desde el 28 de febrero, los ataques estadounidenses e israelíes han paralizado al régimen teocrático, pero también han encendido las alarmas en el Estrecho de Ormuz. Irán, con sus 3.3 millones de barriles diarios, amenaza con cerrar la «autopista del petróleo» —por donde fluye el 20% del suministro mundial—. Ataques a buques, misiles sobre el Golfo y un tráfico de petroleros en pausa han elevado el «premio de riesgo» a niveles de guerra. Analistas de Wood Mackenzie advierten: si Ormuz se bloquea por semanas, el barril podría tocar los 100 dólares. Para Europa y Asia, dependientes de importaciones, es un golpe al bolsillo: gasolina más cara, inflación galopante y fábricas paradas.
Venezuela, en cambio, actúa como contrapeso. Tras el ataque del 3 de enero, EE.UU. «gestiona» el país: ventas de 80 millones de barriles ya en manos estadounidenses, licencias para Chevron y Exxon, y un flujo hacia refinerías del Golfo que procesan su crudo pesado como nadie. Producción que languidecía en 1 millón bpd podría subir a 1.4 millones en dos años, según JPMorgan. No es inmediato, pero suma oferta controlada por Occidente, debilitando a la OPEP y a rivales como China, que perdieron su proveedor barato.
¿Quién sale ganando? Estados Unidos, sin duda. Como mayor productor mundial (13.7 millones bpd) y exportador neto, los precios altos son un bálsamo: boom en el esquisto, empleos en el Cinturón Energético, y miles de millones en ingresos fiscales. Empresas como Exxon y Chevron ven sus acciones subir; Wall Street lo celebra. Geopolíticamente, Trump ha logrado: neutralizar a Irán y «recuperar» Venezuela (reservas más grandes del planeta) para el «interés americano». Como dijo el secretario de Energía Chris Wright: «Cada barril producido se venderá, y lo haremos a nuestro favor».
Los críticos hablarán de imperialismo y riesgos: gasolina a 3 dólares el galón en EE.UU., recesión global. Pero la resiliencia estadounidense —producción doméstica, reservas estratégicas y eficiencia energética— la hace inmune. Mientras China compite por crudo alternativo y Europa paga facturas altas, Washington dicta los términos. En un mundo donde el petróleo sigue siendo rey, Trump ha jugado su mejor mano: controlar el tablero para que EE.UU. siempre gane.

