Por Alfonso de la Vega
El 17 de enero la Iglesia celebra la festividad de San Antonio Abad, considerado el fundador de la vida eremita cristiana. Nació en Egipto en el año 251 de nuestra era y murió a loas 105 años. Muy joven se retiró al desierto donde viviría en soledad. Sus restos mortales sufrieron varios traslados hasta acabar en Francia, llevados por los cruzados desde Constantinopla. San Antonio es famoso por sus visiones que se asocian a su capacidad de visitar el plano astral, en lo que se ha llamado las tentaciones de San Antonio, y también a la enfermedad del ergotismo, o intoxicación producida por la ingesta de cereales infectados con el esclerocio del cornezuelo del centeno, (claviceps purpúrea). La Orden de San Antonio lo combatió durante la Edad Media suministrando cereales sanos no afectados y cuidando a los enfermos. En la iconología cristiana se le suele representar acosado por demonios o ciertas entidades del mundo astral inferior. Así en el cuadro de la tentación de San Antonio de El Bosco que se halla en el museo Del Prado o bien en un tríptico de Grünewald en Inseheim, donde el santo parecería mostrar sus manos agarrotadas e incluso gangrena en la punta de los dedos, síntomas del ergotismo avanzado.

Ahora bien, este asunto posee relación con actividades espirituales más lejanas de extraordinaria importancia para la cultura occidental. Me refiero los famosos Misterios de Eleusis que se celebraron durante casi dos mil años en este santuario o centro espiritual cerca de Atenas. Durante sus celebraciones se hacían representaciones místicas basadas en las descritas por Homero en su Himno a Deméter del mito de Perséfone, símbolo del alma caída en la materia, y su madre rescatadora, la diosa Deméter. Pero además, según descubrimientos recientes de Wasson, Hofmann y Ruck el “kykeon” o pócima sagrada empleada en ellos como una especie de sacramento poseía propiedades enteogénicas gracias a su contenido en corezuelo de centeno, en su variedad del Paspalum, gramínea que se cría silvestre en las llanuras áticas. Los alcaloides enteogénicos hidrosolubles como la ergina o la ergonómica del cornezuelo empleado por los sacerdotes de Eleusis sería el desencadenante de la visión beatifica indescriptible y transformadora que cada año experimentaban cientos o miles de iniciados, los llamados “epoptes”. Una visión directa de lo sagrado de tal importancia radical que originaba un antes y un después en sus vidas.
Y otra sorpresa, el LSD descubierto por Albert Hofmann cuando investigaba en los laboratorios suizos de Sandoz tiene una estructura molecular muy parecida la del cornezuelo. El LSD fue luego utilizado de modo ilegal sin consentimiento ni de Hofmann ni de Sandoz y desde luego inmoral por la CIA para sus siniestros experimentos criminales de control mental conocidos como MKUltra. También formaría parte de una subcultura de liberación que se agotaría en sus propias contradicciones americanas.
Este asunto nos recuerda un importante problema moral como es el empleo del conocimiento, bien para intentar abrir las conciencias dormidas como decía Antonio Machado y ayudarlas a abrirse a la espiritualidad o, al contrario, de modo demoniaco, para someter, avasallar y embrutecer a la gente. El mismo doble uso político y cultural que nos planteaba Aldous Huxley en dos de sus novelas más famosas. En Un mundo feliz, el “soma” es empleado como instrumento de alienación y esclavitud para hacer soportable una sociedad tiránica a sus víctimas. En cambio, en su testamento literario, La Isla, Aldous nos propone el empleo de una sustancia enteogénica como el “moksha” que en sánscrito significa liberación, para ayudar al despertar espiritual y promover la libertad.
Rene Guenon explicaba que lo que caracterizaba al mundo moderno era la pérdida del sentido metafísico de la existencia. Que los logros materiales de Occidente se habían realizado con ese tan alto y lamentable coste. Sin embargo, en ese mismo mundo moderno son muchos los investigadores metafísicos que por curiosidad, especulación científica o por no resignarse a la desesperación espiritual hoy tan frecuente, buscan alternativas y el propio sentido de la vida. Unos de ellos son los llamados psiconautas, los investigadores con sustancias enteogénicas características de las antiguas tradiciones del mundo chamánico o de ciertas religiones. Criticados por los que consideran este camino un atajo peligroso o acaso virtual o engañoso, sin embargo sabemos que el empleo de sustancias enteogénicas forma parte de casi todas las tradiciones religiosas e iniciáticas de la humanidad a lo largo del tiempo.
Cabe rescatar de cierto semi olvido algunos textos de los primitivos historiadores españoles de Indias como la Historia general de las cosas de Nueva España de fray Bernardino de Sahagún o las obras sobre Botánica americana de Francisco Hernández. O los Ritos antiguos de sacrificios e idolatrías de los indios de Nueva España de fray Toribio de Benavente y el Libellus de hierbas medicinales Indias de Martín de la Cruz. Junto a otros tales como el Manual de ministros de indias para el conocimiento de sus idolatrías y extirpación de ellas de Jacinto de la Serna, la Crónica mejicana de Fernando de Alvarado o la Historia de las Indias de Nueva España de Diego Durán.
Por su parte, en sus ensayos Las Puertas de la percepción y Cielo e infierno, Huxley describe sus propias experiencias visionarias asistidas con la mescalina, principio activo del peyote, cactus sagrado de los huichol y de composición bioquímica muy similar al del cornezuelo del centeno y a la LSD. Explica que aunque desconocía el comportamiento fisiológico de esta sustancia en el cerebro parece ser que causaría cambios o perturbaciones en el grupo de enzimas que regula su funcionamiento. De este modo, el cerebro disminuiría su eficacia para focalizar la mente en problemas vitales concretos necesarios para abordar nuestra supervivencia como criaturas y se permitiría la entrada en la conciencia de otros sucesos mentales no necesarios para la misma. Pero haciendo patentes fenómenos espirituales o estéticos que pasarían desapercibidos en estado de vigilia. Además de sustancias como la mescalina, la fatiga extrema o ciertas enfermedades pueden tener también efectos enteogénicos. Lo mismo que el ayuno extremo o la permanencia en grutas o lugares oscuros. En estos casos se trataría de la pérdida del nivel habitual de ácido nicotínico, que actúa como inhibidor de las visiones. Por eso muchos ascetas recurren a ambos procedimientos: su aislamiento en cuevas, en las famosas Tebaidas, o el ayuno. Su motivación sería doble: hacerse perdonar sus pecados y tratar de inducir la experiencia visionaria. También el castigo o sufrimiento que puedan infringirse mediante, por ejemplo, cilicios u otras disciplinas, podría generar adrenalina, componente de fórmula química parecida a la mescalina.
Sin embargo, ese tercer empleo, el que algunos llaman lúdico o experimental, no asociado a ningún culto o liturgia sagrada debe abordarse con mucha precaución porque según afirman visionarios con capacidad criptestésica además de otros viajeros astrales entidades perjudiciales que pueden, en determinadas circunstancias si la vibración es muy baja adherirse a su cuerpo astral e introducirse en nuestro plano físico.
La Tradición nos enseña que en el Cristianismo la Mística debe ir asociada a la Ascética. Y la figura de San Antonio es un ejemplo. Mantener nuestra vibración personal en alta frecuencia con la práctica de las virtudes y el pensamiento positivo es fundamental.

