Escasas calendas ha, principiando septiembre. Vladimir Putin y Xi Jinping en la Gran Muralla. Micrófono al desgaire, abierto. Tediosa verborragia sobre la inmortalidad y cómo la biotecnología podría llevar a los seres humanos a vivir hasta siglo y medio. Putin, pasados los setenta, especula sobre el hecho de que los trasplantes de órganos repetidos podrían permitirnos «quizás incluso alcanzar la inmortalidad». Xi Jinping, de la misma edad que el nuevo zar de las rusias, le responde a Putin: «Antes, era raro llegar a los 70, pero hoy en día, a los 70, sigues siendo un niño». Putin, de 72 años, responde: «Con el desarrollo de la biotecnología, los órganos humanos se pueden trasplantar continuamente, y las personas pueden vivir cada vez más jóvenes, e incluso alcanzar la inmortalidad». Kim Jong Un, poco más de cuarenta tacos, también presente, no habla: sonríe, sin más. Recordemos que Putin es un devoto seguidor de Nikolai Fyodorovich Fyodorov (1828-1903), defensor de la extensión de la vida mediante métodos científicos, intentando obtener, estación termini, la vida eterna y la resurrección de los muertos. El cosmismo ruso, precursor, y que a la vez fue un evidentísimo antecedente del transhumanismo. Otrosí: un discípulo de Fyodorov, el filósofo y teólogo Vladimir Soloviev, reclamaba una teocracia universal bajo un zar ruso, para acelerar el “largo y difícil pasaje de la humanidad de la humanidad-bestia a la humanidad-Dios”. Pues eso: Putin, Xi Jinping, Trump, Kim Jong Un y el falsario delirio de las élites por alcanzar la «inmortalidad». Remedando transformarse en inmortales semidioses. Juas. Descargando la mente en un avatar, por ejemplo. O criogenizándose. Un poseyendo un doble digital. Oligofrénicos, pues.

El inmortal genio de Jardiel
Dudo mucho que esta purria dizque gobernante haya leído a Enrique Jardiel Poncela, concretamente su mejor obras tras Eloísa está debajo de un almendro: Cuatro corazones sin freno y marcha atrás. Los personajes obtienen la inmortalidad. Y, luego, revierten, ingeniosa y jocosamente, tal hecho. Una obra maestra, cáustica, incisiva y muy divertida. Transformando un deseo universal en una condena, mostrando que la vida sin fin no es nada apetecible y que solo trae completo (e irreversible) hontanar de incurable angustia. Un presunto don convertido en indecible horror.

Jardiel utiliza la inmortalidad, además como pretexto: la inmortalidad no es más que una excusa para hablar de la vida longa, vida que se dilata, pero vida que, afortunadamente, se detiene. Vivir, antagonista de durar. Vivir plenamente como antídoto de la deshumanización cuando todo se eterniza y del innegociable anhelo de poner punto y final a la existencia, por mucho que deseemos vivir para siempre. Presunta paradoja. Supuesta aporía. Pero todo, al fin y a la postre, tan lógico.
En fin.

