Ford ha decidido dar marcha atrás en su aventura eléctrica en Estados Unidos. La compañía estadounidense ha suspendido la producción del F-150 Lightning, su pickup eléctrico emblemático, y ha anunciado un pivote masivo hacia motores de gasolina e híbridos. Las fábricas estadounidenses, que hace unos años fueron reconvertidas con miles de millones de inversión para fabricar vehículos eléctricos, ahora reorientan sus líneas de montaje hacia modelos de combustión y híbridos tradicionales. Ford asume un golpe contable de casi 20.000 millones de dólares por el fracaso de sus apuestas eléctricas, reconociendo lo que los consumidores ya sabían: los eléctricos no se venden.
Este retroceso es la consecuencia directa de años de imposiciones ideológicas disfrazadas de «transición ecológica». Los vehículos eléctricos, promocionados como el futuro inevitable, han demostrado ser un producto caro, poco práctico y rechazado por la mayoría de los compradores. Las infraestructuras de carga insuficientes, la ansiedad por la autonomía, los precios prohibitivos y la dependencia de materias primas controladas por China han convertido el sueño verde en una pesadilla industrial.
Mientras tanto, en Europa, la Comisión Europea ha tenido que tragarse su orgullo y suavizar el famoso veto a los motores de combustión a partir de 2035. Lo que hace apenas unos años se vendía como una medida «irreversible» para salvar el planeta, ahora se relaja ante la evidencia de que la industria automovilística europea está al borde del colapso. La nueva propuesta permite una reducción del 90% en emisiones, dejando margen para que los motores de combustión sigan existiendo más allá de 2035. Una claudicación en toda regla.
Y aquí llega lo grotesco: Pedro Sánchez, fiel defensor del dogma verde, ha calificado esta flexibilización de «error histórico». Según el presidente del Gobierno español, retroceder en la prohibición absoluta supone traicionar la «sostenibilidad», ese término mágico y vacío que se repite hasta la saciedad para justificar cualquier disparate económico.
«Sostenibilidad», ese palabro que se ha convertido en el comodín de los políticos para no decir nada concreto, pero que sirve para imponer regulaciones asfixiantes, crear chiringuitos, subir impuestos y destruir empleo. Sánchez defiende que la competitividad europea se basa en la «sostenibilidad», como si cerrar fábricas y perder cuota de mercado fuera el camino hacia la prosperidad.
La realidad es bien distinta. Las imposiciones europeas de los últimos años han provocado un desastre industrial sin precedentes. Volkswagen, el gigante alemán, ha anunciado el cierre de plantas en Alemania por primera vez en sus 88 años de historia, citando directamente las bajas ventas de eléctricos y la presión regulatoria europea. Otras marcas han recortado producción, despedido trabajadores y pausado inversiones en eléctricos. La obsesión por forzar una transición que el mercado no quiere ha dejado un reguero de fábricas paradas, miles de empleos perdidos y miles de millones evaporados.
Durante años nos han machacado con la narrativa apocalíptica: o electrificamos todo ya, o el planeta se acaba. Se han gastado fortunas en subvenciones, se han impuesto cuotas obligatorias de vehículos eléctricos y se han demonizado los motores de combustión como si fueran el origen de todos los males. ¿El resultado? Consumidores que siguen prefiriendo coches fiables, asequibles y con autonomía real. Empresas que pierden dinero a espuertas. Y una industria europea que se desangra mientras China domina el mercado con precios imposibles de competir.
El caso de Ford en Estados Unidos y la rectificación europea demuestran lo mismo: las políticas verdes radicales no funcionan cuando chocan contra la realidad. No salvan el planeta, pero sí destruyen economías, empleos y competitividad. Ya va siendo hora de admitir que la «transición ecológica» forzada ha sido un error colosal, impulsado por ideología y no por ciencia ni sentido común. El mercado ha hablado, y los dogmáticos verdes harían bien en escuchar antes de que sea demasiado tarde para lo que queda de la industria automovilística europea.

