martes, abril 14, 2026
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Hoy, 14 de abril, 95 años de la persecución religiosa contra los católicos por parte de la Segunda República Española y del Frente Popular (1931-1939): el odio comunista, masónico y la destrucción de la belleza del arte católico

La historia de España en el siglo XX registra uno de los episodios más brutales de persecución anticatólica de la Europa moderna. Durante la Segunda República (1931-1939), y de forma especialmente salvaje bajo el Gobierno del Frente Popular desde febrero de 1936 y en la retaguardia republicana de la Guerra Civil, miles de católicos —obispos, sacerdotes, religiosos y laicos— fueron asesinados por odio a la fe. 

Esta violencia no fue un “exceso revolucionario” casual, sino el fruto deliberado de un odio ideológico alimentado por el comunismo y la masonería, que veían a la Iglesia católica como el principal obstáculo para su proyecto de revolución atea y laicista. 

Al mismo tiempo, se desató un ataque sistemático contra la belleza sublime del arte católico, ese patrimonio de fe y cultura que encarnaba siglos de genio español y cristiano. Iglesias, retablos, imágenes y bibliotecas de valor incalculable fueron incendiados y profanados, en un iconoclasmo que buscaba borrar no solo la fe, sino la propia belleza como expresión de Dios.

El odio masónico y comunista: raíces ideológicas de la persecución

La Segunda República nació impregnada de un laicismo agresivo impulsado por la masonería. Numerosos dirigentes republicanos —incluidos presidentes del Gobierno como Manuel Azaña y muchos diputados de las Cortes Constituyentes— pertenecían a logias masónicas. Estas promovieron activamente la separación Iglesia-Estado, la disolución de la Compañía de Jesús, la prohibición de la enseñanza religiosa y la expulsión de las órdenes. 

Los masones veían en la Iglesia el baluarte del “oscurantismo” y del antiguo régimen, y su programa laicista —inspirado en los principios de la Ilustración anticristiana— buscaba sustituir la fe católica por una “religión de la razón” y el Estado secular. 

Como documentan estudios históricos, la masonería española actuó como fuerza de presión ideológica para secularizar la educación (con la “Escuela Única”) y marginar a la Iglesia de la vida pública.

Este anticlericalismo masónico se fusionó con el odio comunista y anarquista, más radical y violento. Marxistas, anarquistas de la CNT-FAI y comunistas del PCE veían la religión como “el opio del pueblo”, un instrumento de opresión que había que destruir para construir la sociedad sin clases. 

La propaganda revolucionaria —periódicos como Solidaridad Obrera o emisiones radiofónicas— incitaba abiertamente a “eliminar la raza de los curas” y a no dejar “ni un escarabajo ensotanado”. Sectores extremos del socialismo y el comunismo identificaban a la Iglesia con el enemigo de clase. 

Este odio se desató plenamente tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936: entre esa fecha y julio, se multiplicaron los atentados contra templos y sacerdotes. 

El alzamiento del 18 de julio de 1936 provocó el colapso del Estado en la zona republicana, donde comités revolucionarios (dominados por anarquistas y comunistas) tomaron el control y ejecutaron una auténtica “revolución social” anticatólica.

No fue violencia espontánea: fue un terror organizado, sistemático y motivado por el odio ideológico. Como señaló el historiador Antonio Montero Moreno en su obra clásica, se trató de un martirologio sin precedentes recientes en la Iglesia universal.

Las cifras del martirio: un holocausto en nombre del comunismo y la masonería. En apenas tres años —y sobre todo en los meses de julio a septiembre de 1936— fueron asesinados 12 obispos, 1 administrador apostólico, 4.184 sacerdotes seculares y seminaristas, 2.365 religiosos y entre 283 y 297 monjas. Miles de laicos católicos murieron también por su fe, aunque las cifras exactas son difíciles de precisar.

En la diócesis de Barbastro (Huesca) se exterminó al 81 % del clero: el obispo Florentino Asensio Barroso y decenas de sacerdotes y religiosos fueron fusilados en masa. Estos asesinatos se acompañaron de torturas, profanaciones y humillaciones sádicas, todo en nombre de la “revolución proletaria” y el laicismo masónico.

La destrucción de la belleza del arte católico: un ataque a Dios y a la cultura española. El odio no se limitó a las personas: se dirigió con furia contra la belleza del arte católico, que los revolucionarios veían como símbolo de “opresión” y “fanatismo”. 

Miles de iglesias, conventos y ermitas fueron incendiados o saqueados. Retablos barrocos de inigualable esplendor —obras maestras de Pedro de Mena, José de Mora o Alonso Cano—, pinturas renacentistas, esculturas góticas, custodias de oro y plata, y bibliotecas con incunables y manuscritos medievales fueron pasto de las llamas. En Málaga, por ejemplo, ardieron casi todos los templos, perdiéndose para siempre esculturas como el Nazareno del Dulce Nombre o el Crucificado de la Buena Muerte, joyas del barroco español. 

En Madrid, la catedral de San Isidro —un verdadero museo— fue incendiada, junto con bibliotecas enteras de jesuitas y capuchinos que contenían decenas de miles de volúmenes irreemplazables. 

En Barcelona, Valencia y otras ciudades, imágenes sagradas fueron decapitadas a hachazos, crucifijos profanados y altares convertidos en escombros. Los revolucionarios no solo mataban sacerdotes: quemaban la belleza que estos representaban, en un acto de iconoclasmo que buscaba borrar la huella de Dios en el arte y en la historia de España.

Esta destrucción no fue “daño colateral” de la guerra, sino un objetivo ideológico. Los comités comunistas y anarquistas ordenaban explícitamente la quema de iglesias para “purificar” el territorio de la “superstición católica”. 

El patrimonio artístico español —expresión suprema de la fe y la identidad nacional— fue atacado con el mismo furor que los propios fieles.

En comparación con las persecuciones romanas, la II Republica tuvo un odio más concentrado y destructivo. Los historiadores estiman que, desde Nerón hasta Diocleciano (siglos I-IV), el número total de cristianos martirizados en el Imperio Romano no superó las 2.000-5.000 personas en tres siglos. Fueron persecuciones episódicas y locales. 

En España, en solo unos meses de 1936, se superó ampliamente esa cifra solo entre el clero, con una crueldad y sistematicidad sin parangón. Como escribió Montero Moreno: “En toda la historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos”.

La Iglesia ha beatificado a más de 1.800 de estas víctimas, reconociéndolas como mártires in odium fidei (por odio a la fe) y su sangre clama justicia del Cielo. Esta persecución fue el resultado de un odio cultivado durante décadas por ideologías totalitarias —comunismo ateo y masonería laicista— que no toleraban la belleza de la fe católica ni su arte sublime. 

Hoy, casi noventa y cinco años después de la proclamación espuria de la II República, recordar estos hechos no es revanchismo: es rendir homenaje a la verdad y defender la memoria de miles de inocentes que murieron por ser católicos y por custodiar la belleza que el odio quiso destruir. España y la Iglesia universal no pueden olvidar este capítulo. 

La fe y el arte católico, que tanto esplendor dieron a nuestra historia, fueron atacados precisamente porque representaban lo más elevado del espíritu humano: la unión con Dios. Su destrucción fue un crimen contra la belleza misma, perpetrado en nombre de una ideología sin Dios.

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