Por Alfonso de la Vega
En estos terribles tiempos de violencia y desasosiego conviene reflexionar acerca cuándo se perdió el buen camino o si acaso nunca lo habría habido.
Los pretendidos ideales fundacionales de EEUU han sido arrumbados. El deseo inicial de buen gobierno ha sucumbido a los intereses plutocráticos, especialmente representados por el sionismo. Y después de la traición de Trump y la conspiración para asesinar a Charlie Kirk no parece que MAGA pueda hacer demasiado para evitarlo. Aún nos conmueven las solemnes famosas palabras de Lincoln en el cementerio de Gettysburg: “que decidamos aquí, rotundamente, que estos muertos no prendieron en vano; que esta nación, con la ayuda de Dios, nacerá de nuevo a la libertad ; y que el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparecerá de la tierra.” El propio Lincoln sería asesinado poco más tarde víctima de un complot institucional, como también un siglo después otro esperanzador hito presidencial, JFK.

Tocqueville no va a poder modificar su clásico La Democracia en América añadiendo una quinta parte a su obra para atender los nuevos tremendos acontecimientos actuales aunque con gran lucidez ya advertía algunas posibles dificultades. Le sorprendería que la nueva esclavitud con las consecuencias sobre el carácter que él indicaba se iba a extender también más tarde. Pero entonces, como ahora, “el esclavo es un servidor que no discute y se somete a todo sin murmurar”. Con alguna diferencia, pues muchos esclavos actuales ni siquiera son conscientes que lo son. No llevan grilletes materiales pero sí mentales inculcados machaconamente por los medios de intoxicación de masas en manos de los nuevos esclavistas sin escrúpulos.
Es de suponer, no obstante, que pese a sus intentos de hacer contrapesos institucionales ni los viejos ilustrados ni menos los padres fundadores de EEUU habrían podido imaginar la magnitud del desastre actual. Afortunadamente para ellos ya no pueden contemplar el triste naufragio de sus ideas y realizaciones debido no tanto a un enemigo exterior sino a la traición criminal de sus propias élites. La desolación de una quimera. La República americana fachada de una plutocracia real, otra dictadura más.
Pero Tocqueville en relación con las virtudes del voto universal ya había observado no sin sorpresa a su llegada a los Estados Unidos “hasta qué punto el mérito era común entre los gobernados, y como lo era poco frecuente entre los gobernantes. Es un hecho constante que, en nuestros días, (1835), en Estados Unidos los hombres más notables raras veces llamados a las funciones públicas, y se ve uno obligado a reconocer que así lo ha sido a medida que la democracia ha sobrepasado todos sus antiguos límites… Aunque se admita que la masa de ciudadanos quiere muy sinceramente el bien de su país…el pueblo no encuentra jamás tiempo y medios para dedicarse a ese trabajo y de ahí se deriva que los charlatanes de todo género sepan tan bien el arte de agradarle, en tanto que, muy a menudo, sus verdaderos amigos fracasan en conseguirlo…En los Estados Unidos, el pueblo no tiene odio hacia las clases elevadas de la sociedad; pero siente poca benevolencia por ellas y las mantiene con cuidado fuera del poder… en tanto que los instintos naturales de la democracia llevan a pueblo a apartar a los hombres distinguidos del poder, un instinto no menos fuerte lleva a éstos a alejarse de la carrera política, donde les es tan difícil permanecer siendo ellos mismos y marchar sin envilecerse.”
Una lúcida visión que acaso explique elecciones que representaban sendos anhelos del pueblo americano, traicionados de una u otra forma por los intereses plutocráticos que el sistema enmascara y representa.
Para algunos la democracia en vez de un instrumento teóricamente dirigido al buen gobierno no dejaría de ser una especie de religión en la que habría que creer a base de fe. Pero su invocación más o menos demagógica como mantra vacío de contenido sirve al poder para legitimar su dominación social. E incluso resultaría compatible con otras creencias de carácter religioso como las que parecen tener una enorme influencia en la política estadounidense actual. Una de ellas es lo que se ha venido en llamar el sionismo cristiano, relacionado con el «dispensacionalismo» de tristísima actualidad hoy.

Este movimiento fue planteado por primera vez por el predicador anglo irlandés John Nelson Darby en el siglo XIX. Darby llegó a una hacer la distinción entre pasajes de las Escrituras que van dirigidos a la Iglesia y aquellos otros que son para Israel. El dispensacionalismo sería popularizado en Estados Unidos por el abogado sudista Cyrus Scofield en su Biblia Anotada de Scofield. Decía que entre la Creación y el Juicio final habría siete eras distintas que marcarían la forma en que Dios trata con el hombre y que dichas eras eran el marco en el que se explica el significado del mensaje de la Biblia. También se debería a Darby el origen de la teoría del “rapto secreto”, la cual postula que Cristo se llevará súbitamente de este mundo a la Iglesia, antes de que tengan lugar los juicios de la Gran Tribulación. Las creencias de los dispensacionalistas sobre el destino de los judíos, y el restablecimiento del reino de Israel, los ubican en un lugar prominente del sionismo cristiano: «Dios puede volver a injertar a Israel», una creencia que sustentan en su interpretación de profecías del Antiguo Testamento. También afirman que Dios en sus planes de bendecir a Israel no se ha olvidado de ellos, sino que así como está mostrando un favor especial a la Iglesia, de igual forma levantará un remanente de Israel para dar cumplimiento a todas las promesas dadas.
Las teorías sobre la escatología cristiana planteadas por Darby coincidían con teorías similares dentro de la escatología judía como las de Kalischer, fundador de un movimiento mesiánico judío. Los seguidores de Kalischer sostenían que los judíos debían buscar activamente acelerar la llegada del Mesías inmigrando masivamente a Israel y construyendo el Tercer Templo de Salomón en Jerusalén donde se encuentra hoy día la mezquita de Al-Aqsa, que deben destruir. Se trata de uno de los lugares más sagrados para el Islam pues fue allí desde donde Mahoma realizase su viaje a los cielos montado sobre la misteriosa cabalgadura Al-borak. No importaría el precio para acelerar el resultado. Y vemos que, en efecto, parece que para algunos no importa el precio.
Otro personaje similar fue el predicador Charles Taze Russel, quien postulaba abiertamente la necesidad de que los judíos inmigraran en masa a Palestina. Para ello Russel le se carteaba con Edmond de Rothschild y Maurice von Hirsch. Otro predicador, William E. Blackstone, también promocionó durante décadas la inmigración judía a Palestina como un prerrequisito para que se cumplieran las profecías bíblicas. Sus esfuerzos culminaron en la publicación de la Petición Conmemorativa de Blackstone que pedía al entonces presidente de los Estados Unidos, Benjamin Harris, y a su secretario de Estados, James Blaine, que tomaran medidas “para devolver a los judíos el territorio de Palestina”. Entre los firmantes de esta petición se encontraban los banqueros J. D. Rockefeller y J. P. Morgan, o el que fuera otro Presidente de los Estados Unidos, el siniestro enemigo de España William McKinley.
Aunque hoy la influencia política del sionismo es común a ambos partidos, el Partido Republicano se encuentra muy influido por los sionistas cristianos. El sionismo cristiano estadounidense recibe muchos nombres, algunos los llaman “partidarios del Armagedón” otros se refieren a ellos como el “AIPAC cristiano”. Con Mesías o sin Mesías, Trump a las órdenes de Netanyahu sin declaración constitucional de guerra previa ha agredido a traición a otra nación soberana, de modo que ahora nos encontramos al borde de un Armagedón de consecuencias imprevisibles. MAGA relegada, la política imperial norteamericana supeditada a los intereses del sionismo.
Sin embargo, más allá de aspectos político económicos, es justo reconocer que hay judíos honrados tanto en el ámbito laico como religioso que se oponen al sionismo como algo contrario al verdadero judaísmo tradicional. Como también sucede con los antiguos anhelos traicionados del origen de EEUU.

