En las últimas horas, el caso Jeffrey Epstein ha vuelto a estallar como una bomba de relojería, provocando una cascada de dimisiones entre figuras que hasta ayer se presentaban como pilares de la excelencia global. El presidente del Foro Económico Mundial, Borge Brende, ha anunciado su renuncia inmediata tras revelarse sus vínculos con el depredador sexual convicto.
Este diplomático noruego (otro noruego), que ha pasado años pontificando sobre ética empresarial y «sostenibilidad» en Davos, se reunió en múltiples ocasiones con Epstein, incluyendo cenas de negocios y comunicaciones por correo electrónico que ahora salen a la luz gracias a documentos del Departamento de Justicia de EE.UU.
¿Cómo es posible que alguien que dirige una organización que se presenta supuestamente y engañosamente para «mejorar el estado del mundo» mantuviera lazos con un criminal depredador y torturador de menores? Esta dimisión no es precisamente un acto de nobleza, sino una huida desesperada y cobarde ante el linchamiento público, revelando la podredumbre que subyace en estas cumbres de élites autoproclamadas.

Pero no es el único que ha dimitido en las últimas horas. El premio Nobel de Medicina Richard Axel, codirector del Instituto Zuckerman de Neurociencia en la Universidad de Columbia, ha renunciado a su cargo tras admitir su «amistad» de más de una década con Epstein, noticia que publicó este miércoles el New York Times. Axel, laureado en 2004 por sus trabajos sobre el olfato y el cerebro, no solo visitó la mansión de Epstein en Manhattan en repetidas ocasiones, sino que actuó como intermediario para que el pedófilo accediera a círculos académicos de élite, incluyendo recomendaciones para hijos de asociados. En su declaración, Axel califica su relación de «error grave de juicio», pero ¿dónde estaba ese juicio cuando Epstein ya había sido condenado en 2008 por prostitución de menores? Este hombre, al que se ha erigido como genio científico y modelo para generaciones de estudiantes, ha traicionado la confianza de la comunidad académica. Su renuncia llega tarde y huele a maniobra para salvar la cara, mientras deja un rastro de dudas sobre cómo el dinero sucio de Epstein pudo infiltrarse en instituciones como la Universidad de Columbia.

Y para rematar esta tríada de hipocresía, Lawrence Summers, exsecretario del Tesoro bajo la presidencia de Bill Clinton y expresidente de Harvard, ha dimitido de su puesto como profesor emérito en la misma universidad. Summers, una figura clave en la economía neoliberal de los 90, mantuvo contactos por correo electrónico con Epstein hasta apenas meses antes de su suicidio en 2019, incluso después de que el financiero fuera expuesto como un depredador sexual. Este economista, que ha asesorado a gobiernos y ha sido voz autorizada en foros internacionales, ahora se ve obligado a abandonar Harvard al final del curso académico. ¿No es irónico que alguien que diseñó políticas económicas para «el bien común» ignorara las alarmas éticas sobre un hombre acusado de tráfico sexual? Su dimisión confirma lo que muchos sospechaban: que las élites financieras y políticas han usado sus posiciones para encubrir alianzas tóxicas.

Estas dimisiones forman parte de un patrón que expone cómo se nos ha estado engañando durante años. A estos individuos se les ha presentado internacionalmente como ejemplos a seguir: Brende como visionario global, Axel como genio humanitario y Summers como sabio económico. Han desfilado por conferencias, universidades y medios, predicando moralidad mientras ocultaban sus nexos con un monstruo como Epstein. ¿Cuántas veces hemos oído elogios de la prensa y la política a Davos como faro de progreso, o a Harvard como cuna de la excelencia? Ahora sabemos que detrás de esas fachadas hay corrupción, nepotismo y, peor aún, indiferencia ante el sufrimiento de víctimas vulnerables.
La sociedad ha sido manipulada para idolatrar a estos «líderes», ignorando que su poder se sustentaba en redes oscuras financiadas por el abuso. Estas renuncias deben ser el inicio de unas investigaciones exhaustivas, procesamientos judiciales y una revisión profunda de cómo las instituciones protegen a los corruptos poderosos. No podemos permitir que se nos siga vendiendo que estos personajes son intocables. El caso Epstein es la prueba irrefutable de que las élites están podridas, y es momento de que paguen por ello.
(Por Lourdes Martino)

